El voyeurismo, que es una forma de procuración, no solo lo llevan a cabo quienes espían por la cerradura o algo solo ligado a lo sexual. El contemplar, en tanto ver como otros hacen y gozan (y no tanto) está adquiriendo en la sociedad moderna cada vez más y más terreno. Casi que se podría afirmar que es un mecanismo esencial para el mantenimiento del sistema. Y así como se puede aplicar a la vida, obviamente se puede ver planteado tanto en la realidad en los ensayos de Roman Gubern como en la ficción, en innumerables películas de Hitchcock y de Palma, entre otros.
Pero acá estamos para intentar descomponer la forma en la que le interesa tratar esto al director canadiense Pascal Plante en su tercera película. Aquí el ejercicio es brillante porque no le interesa la cotidiana trama del gato y el ratón, ni de hacer un drama de juicios con los familiares de las víctimas. Pretende preguntarse de alguna forma por el impacto que tienen las imágenes en la gente que las observa, tanto dentro de la película como en la función que tiene el espectador promedio que consume creaciones de este estilo.
Casi que la intención apunta a que uno se cuestione sobre las prácticas turbias que lleva a cabo en mayor o menor medida y que, aunque quizá no esté implicado en su elaboración, sí es responsable tanto dando play, suscribiéndose o pagando un contenido extra que no provee la página, mismo también con un me gusta, como forma de sintetizar que ese contenido le agrada, tanto en el inframundo que supone la Dark Web, pero también se puede trazar ese paralelo con la realidad que nos rodea a nosotros mismos (sin ir más lejos, hace poco se filtraron imágenes del cuerpo de Canserbero sin vida y tenía montones de citas en Twitter y reproducciones).
El canadiense busca esquivar por completo aquellas tramas financieras como podemos encontrar por ejemplo en Hostel II. No habrá tampoco aquí reflexiones biopolíticas sobre los excesos de poder, sino una mucho más inquietante reflexión sobre las relaciones entre soledad y tecnología. Esto representado en la protagonista, quien vemos desde un principio actúa de forma muy estructurada, como si del mismísimo asesino se tratara: buscando mantener su anonimato, asegurándose un asiento en la calle, asistiendo al juicio del asesino todos los días y al mismo tiempo, modelando para campañas publicitarias a la vez que participa de diferentes juegos online para hacer mucho más dinero.
A pesar de toda esta frialdad que se puede notar a simple vista, también vamos a poder salir un poco de la frialdad que supone el thriller y ver el lado más emocional y empático de la joven cuando lleva a cabo una amistad con Clementine, una pasional muchacha que es su antítesis en casi todo, menos en algo que las une: ambas están fascinadas con el caso y con este sujeto. Clementine viene de un pueblo, Kelly-Anne es hija de la gran ciudad. Una no tiene ni donde dormir, la otra se forra de plata con el póker online. Y, aunque tienen edades similares, una es poco hábil con la tecnología, mientras que la otra es nada más ni nada menos que hacker en su tiempo libre.
Y lo que hace su director es para destacar en estos tiempos, porque lejos de las producciones berretas de Netflix que abundan, no quiere que empaticemos con el criminal, nada más lejos que eso: se propone entender que eso que él lleva a cabo puede impactar de alguna forma una obsesión y una intención de generar sentimientos de admiración y una vanaglorización hacia su figura, obviando algo básico como que es un asesino serial. Y todo esto sin necesidad de hacer una oda al gore porque sí y exponiendo la crudeza de las imágenes, esquiva siempre los lugares comunes de lo gráfico, dejando eso en fuera de campo.
Hay algo muy interesante y completamente lúcido que decide hacer Plante y se puede relacionar justamente con lo que hace De Palma en sus obras maestras: la idea del doble, Kelly-Anne transformándose en una de las estudiantes asesinadas y convirtiéndose en el juicio en alguien que termina modificando o interviniendo en este, dejando el rol pasivo que tienen aquellos que forman parte del mismo, haciendo que después gracias a eso pueda hacer justicia por “mano propia”, con sus métodos estrafalarios, pero justicia en fin.
Traté de tocar los temas centrales, pero seguramente queden algunos sin cubrir porque es una película repleta de aristas y que se puede tocar desde diversos lugares. Pascal nos hace reflexionar sobre aquello que decidimos ver como espectadores. En una industria donde el morbo de la sangre y la crueldad es una apuesta segura, se propone desglosar a este auge del true crime y permite refrescar los peligros de la desensibilización. Tensa y hórrida, aún sin mostrar una gota de sangre.




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