Déjenme empezar confesando algo: No vi La trampa (2024) por el suspenso ni por el thriller ni por Josh Hartnett, lo hice por la escena del concierto ya que, en tan solo unas semanas, asistiré a mi primer concierto masivo en Bangkok. Sí, el primero de toda mi vida. Es difícil de creer, ¿no? He ido a un club de música en vivo, pero nunca a un estadio repleto con más de 10.000 fanáticos. Naturalmente, estuve haciendo todos los preparativos: buscar consejos para conciertos, comprar barritas de luz fluorescentes y, básicamente, intentar asegurarme de que la experiencia sea tan épica como la imaginé.
Por lo tanto, cuando escuché que La trampa presentaba un concierto visualmente asombroso como parte de su trama, no me pude resistir. Y, en lo visual, el concierto no decepcionó. Las escenas de interpretación de Lady Raven (Saleka Shyamalan) son, sin duda, lo mejor de la película, con iluminación deslumbrante y el tipo de público que tiene una energía que me da escalofríos. Por un momento, incluso podía imaginarme a mí misma ahí, gritando y agitando mi barrita de luz fluorescente como una verdadera fanática.

Pero luego, el concierto terminó o, en realidad, el resto de la película comenzó. Ahí es donde las cosas empezaron a derrumbarse.
La trampa no tarda ni un segundo en revelar su gran giro: Cooper Abbott (Josh Hartnett), el aparentemente templado padre que acompaña a su hija adolescente a un concierto, en realidad es el famoso Carnicero, el mismísimo asesino que las autoridades intentan atrapar. Sin embargo, esto no es una gran sorpresa. Manoj Nelliyattu "M. Night" Shyamalan (el padre de Saleka Shyamalan) presenta tantas pistas desde el principio, como las miradas nerviosas de Cooper frente a una cantidad inusual de policías y su comportamiento extrañamente defensivo, que para cuando la película confirma oficialmente su identidad como el antagonista, uno se encuentra diez pasos adelante.
Desde ahí, el suspenso se desvanece. La película se adentra en un lento juego del gato y el ratón, con el Carnicero que intenta ser más listo que la policía y el público mientras pretende que su hija no descubra su oscuro secreto. ¿La tensión? Escasa. ¿Lo que está en juego? Es lo suficiente para mantener un poco de nuestro interés. Incluso el enfrentamiento culminante, en el cual Lady Raven es parte del plan de escape de El Carnicero, parece no tener vida. No hay ninguna sensación real de urgencia o peligro. La toma final, una leve insinuación de que El Carnicero tal vez escape de la justicia otra vez, se sintió más indiferente que sorprendente.
La idea detrás de la película es oro: un asesino serial convierte un gran concierto en su trampa, una premisa con un gran concepto que deja espacio para drama psicológico y giros inesperados. Es innovador, cinematográfico y clásico de Shyamalan.
Pero, como ya hemos visto muchas veces en sus películas, las cosas se arruinan en la ejecución.

Volvamos a Sexto sentido (1999), la película que hizo que todos conozcan su nombre. El sorprendente giro funcionó porque la historia que se desarrolló hasta llegar a ese punto se escribió muy bien, estaba emocionalmente fundamentada y tenía un ritmo meticuloso. Pero, en alguna parte del camino, Shyamalan se volvió un prisionero de su propia fórmula. Comenzó a depender tanto de los "grandes giros" que el resto de su historia comenzó a sufrir.
Por ejemplo, hablemos de Señales (2002). Tiene una premisa fascinante: alienígenas que invaden un pequeño pueblo. Pero ¿la solución? El agua los mata. ¿De verdad? O La aldea (2004), en la cual el aterrador contexto del siglo XIX resulta ser un moderno experimento de cosplay. Y no me hagan hablar de El fin de los tiempos (2008), en la cual plantas asesinas fuerzan a los humanos a suicidarse (sí, leyeron bien). El problema no son solo los giros, sino también el camino que nos lleva a ellos. Con frecuencia, Shyamalan presenta problemas con el ritmo, la lógica y el desarrollo de los personajes, lo que tiene como resultado películas abrumadoras y sin sentido.
En La trampa, tenemos todos los ingredientes para una gran película: una premisa asombrosa, un contexto visualmente increíble y un protagonista fascinante. Pero sin la tensión narrativa o la profundidad emocional para respaldarla, la película termina sintiéndose como un espectáculo vacío.
Entonces, está es mi conclusión: el genio creativo de Shyamalan es innegable. Tiene un don para idear conceptos que llaman la atención y que exigen una adaptación cinematográfica. Pero necesita con desesperación un sólido equipo de escritores que lo ayude a unir la brecha entre la idea y la ejecución, alguien que pueda fortalecer sus guiones, desafiar sus instintos y asegurarse de que el segundo acto no se vea forzado.

La trampa me recordó por qué amo y odio el trabajo de Shyamalan. Se anima a soñar en grande, pero, con frecuencia, esos sueños se pierden en los detalles de la narración torpe y el ritmo desequilibrado. En lo personal, me limitaré a conciertos reales por ahora, nada de asesinos seriales ni vacíos argumentales, solo música, luces y alegría pura sin filtro.
Pero hey, si Shyamalan alguna vez quisiera hacer una película sobre un concierto sin la parte del asesino, me encantaría verla porque realmente le dio en el clavo con las partes musicales de su hija en La trampa.

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