La curiosidad del bien 

Hace diez años hubo un asesinato. Hace algunos menos, se hizo una película sobre este.

El largometraje cautiva por sus actuaciones, por la familiaridad de las calles y la forma de hablar que nos distingue a los rosarinos; todo en la elegante belleza del blanco y negro. Sin embargo, sus espectadores, dispuestos en ronda y listos para el debate, suelen destacar, de esta narrativa, el hecho de que se desarrolle desde la mirada de los malos.

Umbral cuenta la angustia y desesperación de un grupo de vecinos que, frente a un hecho confuso, decide hacer justicia por mano propia, matando a quien habría robado una cartera.

En Azcuénaga.

En Azcuénaga, Rosario.

En Azcuénaga, Rosario, en 2014.

En Azcuénaga, Rosario, en 2014, a un chico nacido y criado en los 90.

Durante el encierro que deben guardar tras el linchamiento y con la sirena de policía que los busca de fondo, los personajes discuten, se ladran y gruñen desentendiéndose de lo perpetrado. Comienzan a repasar el hecho: qué había dicho cada uno; quién le había pegado y con qué; quién, más fuerte; quién, en la cabeza; quién no había hecho nada para detener a los otros. Como estrategia, dan detalles de sus vidas personales, sobre sus familias o sus soledades, intentando justificar por qué merecen salir airosos de esa situación. También se habla, no sin razón, de blanco y de negro, ya sin referirnos a la fotografía…

Todos esos diálogos, brutales, reflejan lo que Hannah Arendt supo sintetizar como “la banalidad del mal”. Gente con miedo que cumple órdenes de exterminio. Gente que teme por los suyos y que defiende lo que le dicen que hay que defender. Gente común y silvestre.

Pensemos, entonces, ¿por qué esta película es diferente? Si ya hemos visto infinidad de películas de guerra, de asesinatos, de violaciones y de robos en las que, como los gobiernos autoritarios de los que habla la filósofa, nos dicen por quién debemos tomar partido.

Pensemos, entonces, en la curiosidad del bien: desde los primeros segundos de cualquier film, nos explican quiénes son los malos. Esto es abonado por la identidad del director; validado por una producción y avalado por el circuito cultural en el que se gesta. Además, como siempre, es teñido por la época en la que lo vemos pero, sobre todo, es orquestado por quienes se encargan de hacernos llegar ese bolo de realidad masticada que constituye una película.

Pensemos en todo lo que vimos, en las listas interminables de lo que “tenemos” que ver y de lo que no vale la pena. Pensemos, ahora, en la imposibilidad de reflexionar sobre lo que nunca nadie nos mostró, en todas esas formas de entender el mundo que no sabremos que existen, en todas esas películas de la periferia que podrían hacerse desde los ojos de aquellos enemigos de los “buenos”.

Al final, lo que asusta en esta película no es la perversidad de los asesinos como protagonistas de la historia, es reconocer que todos, en determinadas circunstancias, podríamos ser los malos. Por acción o por omisión. Por causa justa, por justos sin causa o, peor, con causa ajena. Bajo órdenes de superiores que nos hacen ver (o no) tales o cuales realidades o películas, que vienen a ser más o menos lo mismo.

En memoria de David Moreira.

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