Se acerca la temporada de premios y uno de los títulos que empieza a resonar es Emilia Pérez del francés Jacques Audiard, que antes hizo Un prophète (2009), Metal y hueso (2012) y Les frères Sisters (2018). La película arrastra una polémica que promete crecer y que dio su primer puntapié al acumular diez nominaciones para los Golden Globes.
¿De qué se trata?
La película se ubica en México -ya nos explayaremos sobre esto- y la protagonista es Rita (Zoe Saldana), una abogada talentosa que trabaja en una firma reconocida por su labor cuidando los intereses de los criminales locales. Un día es secuestrada por el líder de un cartel que tiene un pedido especial, un desafío único por el cual le prometen un pago millonario.
“Manitas”, este peligroso criminal, quiere hacer una transición y vivir como una mujer. Pero las cosas no terminan con el cambio físico ya que esta decisión cambia la vida de todos a su alrededor y aunque ahora sea Emilia Pérez (Karla Sofía Gascón), contiene en sí misma el pasado de Manitas.
Las polémicas…
Este drama musical tiene muchos problemas, algunos son de orden estético y otros se relacionan con la forma de abordar sus temáticas. Probablemente el mayor de estos problemas y el más tangencial es el idiomático. Las dificultades con el castellano atraviesan desde las actuaciones, pasando por los diálogos y hasta la composición de las canciones.
Las miradas apuntan al blanco más fácil que es la interpretación de Selena Gómez como Jessi del Monte. Es cierto que la actriz hace un enorme esfuerzo por emitir palabras en español y los resultados no son buenos. Esto, por supuesto, afecta la calidad de su actuación ya que hay cuestiones de tono, énfasis y emocionalidad contenida en las palabras que no puede replicar correctamente.
Pero no es la única que está en esta situación, ya que podría ser algo justificado con alguna voltereta de guion, también Zoe Saldana alcanza una mayor fluidez aunque se percibe la dificultad y Karla Sofía Gascón es española por lo cual su trabajo está más apoyado en la réplica de un tono local. Y por fuera de las interpretaciones hay que reconocer que muchas veces los diálogos no son orgánicos y fundamentalmente las letras de las canciones no tienen sentido en nuestro idioma.
Es verdaderamente difícil entender cómo escribieron las letras, cuando se ve el subtitulado en inglés se puede percibir que tiene más sentido allí que en español, donde las frases son directamente incoherentes. Esta dificultad deja en evidencia una suerte de desconsideración para con la cultura que estaban representando, y a esto se le suma que no fue siquiera filmada en México porque el director, según dijo en la rueda de prensa del Festival de Cannes “de pronto vi el carácter concreto de la realidad mexicana: los muros eran demasiado gruesos, las calles eran demasiado largas, había demasiada gente, la luz no me gustaba” y por eso filmó en Francia con decorados.
Si bien la idea de “apropiación cultural” es un concepto en construcción, aún impreciso y con muchas contradicciones, Emilia Pérez sienta una buena base para el debate, sobre vuelve a emerger un fastidio en cierto público por sentir la mirada paternalista europea sobre los latinoamericanos.
Tener una película sobre México filmada en Francia, dirigida por un francés y sin representación mexicana en el elenco nos lleva mínimamente a preguntarnos cómo nadie consideró que esto podía ser problemático, cómo sobrepasaron la autocrítica o la reflexión sobre si era justo hacer esta película de esta forma. Sobre esto, en esa misma rueda de prensa Audiard dijo “es la época la que cuestiona la legitimidad de la gente para hablar de cualquier cosa. Pero yo decido que tengo derecho. Leo la prensa, voy al país, veo las cosas que me disgustan y lo digo, lo canto. Si puedo, lo bailo”.


American fiction tenía razón
Todo esto nos remonta a una película del año pasado que hace un planteo traspolable. American fiction (Cord Jefferson) planteaba a un escritor llamado Thelonious 'Monk' Ellison (Jeffrey Wright) indignado con la fascinación del público por la literatura que estereotipa a la población afroamericana. Incluye en su enojo a aquellos que son afrodescendientes y, según su mirada, contribuyen con este sistema escribiendo historias llenas de lugares comunes que le parecen denigrantes.
Como una especie de manifiesto decide engañarlos a todos y hacerse pasar por un afro convicto que escribe sus memorias, y no importa cuán delirantes sean sus inventos, mientras más experiencias marginales recopile, más éxito le genera. Más allá de que American fiction no llega a ninguna conclusión paradigmática y parece ser una película enredada en su propia encrucijada, el planteo es interesante y expone una dinámica reconocible en los tiempos que corren.
Otro punto que puede contribuir al análisis es retomar el texto ¿qué es la porno-miseria? Escrito por Luis Ospina y Carlos Mayolo, publicado en 1977 como una crítica a las formas de un cine colombiano, pero cuya precisión se traslada hasta la actualidad:
“La miseria se convirtió en un tema importante y por lo tanto, en mercancía fácilmente vendible, especialmente en el exterior, donde la miseria es la contrapartida de la opulencia de los consumidores. Si la miseria le había servido al cine independiente como elementos de denuncia y análisis, el afán mercantilista la convirtió en válvula de escape del sistema mismo que la generó.
(...) Estas deformaciones estaban conduciendo al cine colombiano por una vía peligrosa, pues la miseria se estaba presentando como un espectáculo más, donde el espectador podía lavar su mala conciencia, conmoverse y tranquilizarse”.


No es solo un debate ético
Fuera del debate ético que está generando lo mencionado anteriormente, también es importante centrarnos en la forma de la película y poner nuestra atención en la cuestión estética. Ya dijimos que la barrera idiomática afecta a buena parte de su desarrollo por interferir en actuaciones y en los musicales, pero también cabe decir que que la búsqueda de Emilia Pérez se acerca a lo kitsch y no termina de quedar claro cuán consciente es de este resultado.
Las canciones no riman y se entregan al verso libre mientras las voces desafinan alevosamente, es evidente que esto forma parte de una búsqueda. Se articula además desde la mirada del director con la mezcla de estilos visuales que también contiene la película: por momentos con recursos fuertemente teatrales, otras secuencias más parecidas a la de un videoclip, efectos chirriantes, sombras dramáticas.
La síntesis de Emilia Pérez es pensarla como un gran artificio. Esta artificialidad le sirve como excusa y al mismo tiempo es un argumento más en su contra, todo a la vez. No se la puede tomar demasiado en serio pero pareciera que de pronto es elevada por la percepción del cierto público, la favorita además de cara a una temporada de premios extraña.
Nadie, hasta el momento, recoge el guante de las críticas de parte del público latinoamericano y, en la misma semana, mientras el actor mexicano Eugenio Derbez se animó a criticar la actuación de Selena Gómez, la película recibió una decena de nominaciones y Derbez se dispuso a pedir disculpas luego de que Gómez reconociera que hizo “lo mejor que pudo con el tiempo que tuvo”.



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