Aunque su obra ha tenido poca circulación en América Latina, Mohammad Malas es uno de los principales directores del Mundo Árabe, cuyas películas han tenido circulación internacional desde la década del ochenta. Su cine se destaca por la presencia de lo que podrían considerarse personajes marginales (particularmente mujeres y niños) en su lucha contra formas sociales e institucionalizadas de opresión. Al igual que otros directores sirios, la producción de Malas se ha profundizado a pesar de la férrea censura y persecución de intelectuales en su país. Sus largometrajes semiautobiográficos, Ahlam al-madina / Sueños de la ciudad (1984) y al-Layl / La noche (1992), son odas cinematográficas a la pérdida de la infancia (del padre y de la patria; la aldea de Quneitra, donde pasó su infancia, fue capturada por las fuerzas israelíes en la guerra de 1967 y el Golán fue posteriormente anexado por Israel). El tema de la pérdida prevalece en todas sus películas ligado a su lugar de origen que se convirtió para este director en una herida abierta.
Mohammad Malas nació en 1945, y durante su juventud, Siria asumió un papel central en el nacionalismo árabe y la política de la Guerra Fría en la región, unida por un sentimiento de unidad panárabe a pesar de que las raíces de ese sentimiento pueden rastrarse mucho más allá del siglo XX. Como muchos cineastas árabes de su generación, estudió cine en el Instituto de Cine de Moscú (VGIK) entre 1968 y 1974, donde aprendió un lenguaje cinematográfico que desarrolló hasta convertirlo en una lengua vernácula totalmente propia. Allí conoció al escritor egipcio Sonallah Ibrahim, que participó en la película de graduación de Malas Todo está bien, señor policía, ambientada en una celda de una cárcel árabe. Allí el egipcio rememoraba su condena a siete años de cárcel ordenada por el entonces presidente Gamal Abdel Nasser en 1959 por su pertenencia al Movimiento Democrático Marxista de Liberación Nacional. Tanto para Malas como para Ibrahim la filiación a la izquierda árabe confluía con el proyecto nacionalista de la época y un apoyo incondicional a la causa palestina, tema que ocupó muchas de las películas del sirio.
Tras la retirada israelí de su aldea tras 7 años de ocupación, Mohammed Malas filmó una de sus películas más emblemáticas, Qunetra, 1974. Este corto experimental comienza con una reunión de personas que se convocan para ver la ciudad completamente destruida. Las personas sonríen y lloran al volver a su casa. Una joven observa. Camina, corre y recorre las ruinas. La mujer corre y mira a la cámara, como para no perder la atención de la audiencia. La cámara recorre las ruinas. La vemos buscando entre los escombros como si buscara en su memoria. Después de una larga búsqueda, la mujer encuentra una casa, entra y deambula por lo que queda de ella, como si vagara por su pasado. Busca en las casas, abre las puertas, se detiene a observar las paredes. Por momentos la cámara son sus ojos, inquietos, desesperados buscando. Llora. Mira a la cámara. Patea los escombros, los arroja. Improvisa un canasto con una lata para sacar agua de un pozo y de repente aparece una niña frente a ella, una mujer mayor. Tres generaciones de mujeres habitan la desposesión; el pasado, el presente, el futuro.
Le dice a la anciana “¿Te acordás de mí? De cuando era chica. Vos, ¿Dónde vivís?” La anciana hace un gesto cómo que no sabe, o no se acuerda. Tose y tose, no puede hablar. La joven le dice “Vos sos de acá. No te fuiste” La joven insiste, “¿Dónde dormís? ¿Acá? Vení y mostrame”. Descubrimos allí que la mujer es muda y sólo puede expresarse con gestos y sonidos.
En su corto documental Tabaq al sardin / Un plato de sardinas (1997), Omar Amiralay lo entrevista y Malas reflexiona sobre esta película:
“Es verdad que siempre estoy haciendo películas sobre Qunetra y que Qunetra está muy ligada a nuestra lucha. Esta pregunta me persigue, ¿Es esta una película sobre la lucha? ¿O es sobre nuestro cine, que ha estado mayormente preocupado en abordar nuestros dolores internos? Yo prefiero verla como una película sobre la ocupación israelí de los Altos del Golán, sobre la destrucción de Qunetra…”
En las películas de Mohammad Malas hay una constante búsqueda por examinar la memoria personal y colectiva del trauma social y político, así como la desposesión. La búsqueda de justicia en la región se refleja en sus películas donde se retratan décadas de rebeliones contra el despotismo, el autoritarismo y la censura. Su trabajo, junto con el de otros cineastas importantes, como Omar Amiralay, critica indirectamente el abuso de la narrativa nacional de Siria: su legado de expulsar con éxito el colonialismo francés, luchar contra el sionismo y abrazar un nacionalismo laico.
Esta narrativa nacionalista comenzó a desmoronarse a raíz de la llamada “Primavera Árabe” iniciada en 2011, que inspiró y trajo esperanza a la juventud de su país, por muy brutales que fueran las represalias del régimen y a pesar de la evolución de la situación en el país. Tras el inicio de la revolución (en marzo de 2011), Malas salió a las calles de Damasco para documentar las protestas que exigían cambio y libertad en una película que más tarde tituló Silim ila Dimashk / Escalera a Damasco (2013), describiéndola como "un canto de coraje a la juventud siria". En ella, se destaca su propia incredulidad ante lo diferente que resultó la situación en la región de lo que su generación había esperado. Sin embargo, no carece de esperanza. Cree que "esta generación, con todas las herramientas que tiene a su disposición y su amplitud de miras, está preparada para ver a través de las cosas y resistir".
Para este cineasta sirio el cine, es la forma en que aprendemos a recordar y reflexionar sobre el pasado y con ello hacer frente a la disposición natural de la sociedad a olvidar. Ello, porque como sostiene en una entrevista “Todo lo que se olvida, muere”.



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