
La era de las biopics. ¿Por qué? ¿Por qué estamos en la era de las biopics? ¿Hace cuánto estamos en dicha era? Por lo pronto, biopic es una palabra que nace de “biographical motion pictures”. Películas (o ya hace varios años también series) sobre personas que existieron y eventos que sucedieron. Esos relatos abarcan a veces la vida entera de dichas personas, a veces relatan determinado suceso que vivieron, que protagonizaron, que los marcó. Es verdad que el tiempo es relativo a como se lo perciba, pero el apogeo de las biopics no tiene más de diez años aunque se siente verdaderamente eterno. Defino aquí auge o apogeo no tanto como una prueba de éxito, si no de tendencia estadística. De mayor cantidad de uso de dicha fórmula en un reducido espectro de tiempo. Es entre simultáneo y posterior al esplendor de la biopic, la popularidad de los largometrajes y las series documentales. Incluso hay casos donde se han estrenado practicamente al mismo tiempo la versión documental de un caso y su adaptación a la ficción (The Staircase, el caso Maria Marta Belsunce, la masacre de Cromagnon, entre otros). Y fiel a mi interés en el vox populi (siendo contradictorio ya que nada es menos popular que decir vox pópuli), quitándome a mí de la ecuación, los espectadores se están cansando de las biopics. Casi como una innata y esencial conducta humana, el comportamiento parasitario también se haya en el mercado cultural, y las producciones exprimen las fórmulas hasta destruirlas. Hasta que se vuelven insoportables. Hasta que los bolsillos de muy pocos se ensanchan y los espectadores se vuelven innecesariamente enemigos.
Decía que elijo removerme de la ecuación porque a mi nunca me apasionaron las biopics. Prefiero la libertad infinita de la ficción. Sin embargo, fiel a la frase de conocimiento popular, “la realidad a veces supera a la ficción”. Debo admitir que a veces vuelve más poderoso un relato el asombro de descubrirlo real. Que habite en ese extraño límite entre lo posible y lo imposible, que lo sintamos practicamente inverosímil, pero que la historia misma nos compruebe que fue real.
Una noche como cualquiera de tantas otras, naufragué por rankings de foros para decidir que serie comenzar. “Mejores series de los últimos 2 años", busqué. Y así fue como llegué al consejo de alguien que afirmaba que la serie sobre la que habla esta nota, merece muchísimo más reconocimiento del que tuvo. Black bird: confesiones de un asesino. ¿Tenía este desconocido razón acerca de esta miniserie acerca de un caso real?
Encerrado con el diablo
Esa fue otra de las traducciones del título de la serie basada en la autobiografía de James Keene In with the Devil: a Fallen Hero, a Serial Killer, A Dangerous Bargain for Redemption. Miniserie, o serie de una sola temporada (en este caso de seis capítulos), que pueden encontrar en Apple TV+.
James Keene, quien en su adolescencia fue un prometedor jugador de fútbol americano, es condenado a prisión por tenencia de armas y narcotráfico. Por su perfil, por su facilidad para negociar y ser respetado, por su encanto y otras tantas aptitudes, un fiscal y una agente del FBI se acercan a Keene con una oferta: quedará libre de su condena si se infiltra en la prisión de Springfield y consigue averiguar la ubicación de varios cuerpos que no pueden encontrar. La aparición de los cuerpos, probarían ante la ley la culpabilidad del hasta ahora acusado. Springfield alberga a los más terribles criminales de Estados Unidos, y para obtener las pruebas deberá acercarse al presunto responsable: Larry Hall. Keene no está convencido de aceptar. ¿Es negocio para él exponerse a estar preso en una cárcel tan peligrosa? Antes de retirarse del primer encuentro, la agente del FBI le deja el archivo del caso a Keene para que la lea y lo recapacite. Tiempo después, luego de finalmente leer la espantosa carpeta y tras un concreto imprevisto familiar, James Keene ya no tiene ninguna duda. Aceptará la misión e intentará que Larry Hall nunca más vuelva a ver la luz del exterior.
Dentro del fenómeno de los documentales, el subgénero de documental policial es probablemente el más célebre. En la gran mayoría de los casos, tanto las películas como las series documentales han respetado la estructura dramatúrgica de la ficción y han comprendido como exprimir así su potencial. El maridaje entre la narrativa de los documentales y las ficciones es incluso una de las explicaciones al éxito del documental. En el caso de la terrible historia de James Keene, se ha elegido contarla a través de una biopic.

La tensión de la propia historia y su contexto, son suficientes como para hipnotizar a su espectador hasta el final. Todos querremos saber qué habrá de suceder tanto con el infiltrado, como con el hipotético asesino. Pero a la vez, algo tan poderoso conlleva una mayor responsabilidad. La magnitud de la historia y el respeto a lo sucedido, demandan que el tratamiento de la ficción esté por lo menos a su altura. Y sí que lo está.
La realización integral del equipo de directores, el guion y todos sus intérpretes, consiguen hacer trascender el relato audiovisual por sobre la historia original. Con un comienzo más parecido al simpático tono de las películas de Guy Ritchie, y luego de una progresiva transformación que refleja la caída al abismo de la vida de Keene, ver los seis capítulos uno tras otro se vuelve inevitable.
Taron Egerton es el actor que interpreta a Keene. Es un joven intérprete que ha siempre defendido su oficio y se ha destacado en los proyectos que protagonizó. Aquí tiene la responsabilidad de ser el termómetro de la experiencia vivida, y es quien le dará valor e importancia a la insoportable aventura. Es quien hará que suframos el secreto de la identidad inventada para sobrevivir en Springfield; quien hará que creamos que es posible que los demás presos lo respeten; quien volverá creíble o no que Hall confíe en él; quien volverá desesperante el clima de la prisión y angustioso el ser el único testigo de secretos que nunca nadie habría deseado escuchar. Y Egerton lo consigue. El arco de Keene es bello, profundo, y es orquestado con la precisión de su intérprete y de la dirección de actores. Sin embargo si hay alguien que brilla para, espero, quedar en la historia del cine es Paul Walter Hauser.

Algunos reconocerán a Hauser por su bellísima y reconocida interpretación en una película sobre otro caso real llamada Richard Jewell (dirigida por Clint Eastwood). Otros lo identificarán por su hilarante personaje en la serie Cobra Kai. Yo le deseo que hasta el día en que se muera, lo reconozcan por la majestuosidad de su Larry Hall. Me surge mientras escribo la pregunta de si importa o no (en el caso de una biopic) el parecido entre el personaje original y cómo es interpretado. Pienso que quizás sí importe cuánto se parece y cuánto no, si respeta la idea del individuo original, dando por sentado que la respuesta estará siempre en el terreno de lo subjetivo. Probablemente el espectador más difícil sea el propio protagonista de los hechos reales, o quiénes lo conocieron en vida. Sin embargo, aún siendo una biopic y siendo un relato basado en hechos reales, la ficción debe ser tratada como ficción. Y al que no le guste, que vea un documental. El relato, la orquestación del mismo, y desde ya las actuaciones, merecen y hasta deben tomarse la libertad de reinterpretar el hecho original. Yo no sé como es Larry Hall, y no me interesó buscar videos que me mostraran como efectivamente hablaba o se movía. Quizás me estoy perdiendo incluso de descubrir que Hauser hizo un retrato minucioso y perfecto del Hall real. Pero no me importa. Es más. Espero que fuera imperfecto, subjetivo, quizás similar pero definitivamente único. Hauser hizo posible que un personaje tan particular sea posible, indescifrable, querible y temible. Cada milésima de segundo del Hall de Hauser en pantalla, es tan magnética como impredecible.

Es curioso. Como una extraña paradoja, muchas de las biopics que conforman el ya mencionado y famoso auge de las ficciones sobre casos reales, mantienen un código actoral alejado al naturalismo que se supondría que tendría que demandar un retrato de hechos reales. Nada es regla, desde ya, pero les invito a buscar una lista de las más populares biopics, y observarán que la gran mayoría se ocupa de subrayar a través de lo estético y de lo actoral su distancia con lo documental. Y por otro lado hace varios años que las historias plenamente ficcionales, inclusive aquellas sobre universos como el de Marvel u otros mundos en apariencia lejanos al nuestro, son narradas con actuaciones más naturalistas y cercanas a su espectador. ¿Será esto una decisión orquestada y premeditada por los creativos de la industria audiovisual? ¿Será algo que sucede de manera inconsciente en el deseo de los narradores y realizadores actuales? ¿Será una idiota observación mía? Todo es posible.
Chesi




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