Triste, solitario y final 

El director italiano Luca Guadagnino vuelve al tema del amor que siempre aparece en sus películas, con su particular estilo de crear controversia (por la osadía y la sensualidad con que suele filmar las escenas que atañen al sexo); pero esta vez en el marco del melodrama romántico, que ya había abordado en la película que le dio proyección internacional: Llámame por tu nombre (2017). Pero Si en Llámame por tu nombre se trataba de una historia de iniciación en el deseo homosexual y en el desencanto del primer amor, aquí se trata de la búsqueda desesperada del amor, cuando se está en el otoño de la vida.

Como en aquella, el material de partida es literario. Aquí se trata de Queer, novela escrita por el escritor estadounidense William Burroughs, representante de la llamada generación beat. Se trata de una de las primeras obras del escritor (escrita entre 1951 y 1953, pero publicada en 1985), que fue concebida como secuela de su novela Yonqui (1953) y que quedó inconclusa, pues su autor abandonó el manuscrito al considerar dudoso que pudiera ser publicada, en ese momento, debido a su contenido de temática homosexual.

Queer (2024), dividida en tres partes, sigue fielmente a la novela homónima en sus dos primeras partes; pero es en su tercera parte donde se aprecia la apropiación del material por parte del director y la apertura a una mayor libertad creativa.

La primera parte, titulada ¿Qué te parece México?, nos presenta al protagonista y desarrolla su encuentro con un amor de madurez que lo va a marcar por el resto de su días. Lee (Daniel Craig) es un escritor, expatriado de los Estados Unidos por su adicción a la cocaína y la heroína (que allí está penalizada), que se halla en la ciudad de México a fines de los años cuarenta. En el comienzo, lo vemos frecuentar, con su característico traje de lino blanco, diversos bares y advertimos su desesperación e insistencia por ligar con jovencitos gays. El flechazo se da en la calle, en el cruce de miradas que traba, al otro lado de un amontonamiento de hombres arengando una riña de gallos, con el joven ex-combatiente Eugene Allerton (Drew Starkey), que trabaja a tiempo parcial como periodista.

A partir de allí, vemos a Lee perseguirlo, trabar cierta amistad, conquistarlo y consumar un fogoso primer encuentro sexual. Tras ello, Allerton se presenta en lo sucesivo para él como esquivo e indiferente, lo cual acicatea el deseo de Lee, tornándolo desesperado. Pero en rigor, Lee no experimenta un apetito pasajero hacia Allerton, hay algo de la ternura y del compañerismo que busca frenéticamente consumar con él; en suma, busca un amor correspondido. Este afán por lograr una conexión íntima y significativa se cifra en esos fantasmales brazos suyos que ansían acariciarlo mientras lo está conociendo, que pueden leerse como proyección imaginaria de su anhelo interior.

A más evasión por parte de Allerton, se verifica más demanda de presencia y de amor por parte de Lee, que comienza a resultar asfixiante y repulsivo. El desengaño amoroso precipita a Lee a un consumo de alcohol y drogas que va increscendo y que lo torna en un viejo decadente, patético y desagradable, que persigue a Allerton buscando su atención y las migajas de su amor. Esta actitud se corona en la escena en la cual Lee se presenta ante él, en el bar que suelen frecuentar, totalmente borracho y drogado; para terminar desplomándose a sus pies, tras enunciar “Quiero comunicarme contigo, sin hablar”. Se trata de un angustioso llamado a un otro que lo sostenga, mientras que la adicción va al lugar de anestesiar el dolor del rechazo de amor, que le es insoportable.

En términos de la puesta en escena es interesante señalar por un lado, la marcada artificialidad de los escenarios, lo cual se hace más evidente en el paisaje que se ve detrás del ventanal del departamento de Lee. Esto trasmite la insinuación de una atmósfera de irrealidad y extrañamiento (que se va a acentuar en la segunda parte y a dar de lleno en la tercera), que da cuenta de la alteración perceptiva que acompaña a Lee, debido a sus múltiples adicciones. Y por otro lado, la estilizada estridencia del color rojo en el pasillo y la habitación del hotel donde se dan los encuentros sexuales, evoca al hotel en que se cita reiteradamente la pareja imposible en In The Mood For Love (Wong Kar Wai, 2000). Este rojo pasión sanguinario, marca el pathos de Lee en su impotencia por lograr una conexión íntima con aquellos jóvenes con quienes se liga.

La segunda parte se titula El viaje de dos compañeros y es el viaje que emprenden juntos hacia Sudamérica (específicamente a Ecuador), donde vemos manifestarse a pleno la decadencia física de Lee, a partir de sus crisis de abstinencia a las drogas y su necesidad de procurarse sustancias para contrarrestar dicho efecto; lo que convierte en la antítesis de lo seductor y lo deseable. Allí se vuelve para él más acuciante su afán de experimentar con lo que los nativos llama yagué (ayahuasca), que (según leyó) potenciaría la sensibilidad telepática. Es así que realiza averiguaciones hasta dar con la doctora Cotter, una mujer estadounidense que se ha radicado en la selva, y que realiza investigaciones con dicha planta. Se plantea aquí el cuestionamiento a la cultura el consumo capitalista con que los occidentales se acercan a esta experiencia, buscando efectos recreacionales; en contraposición con el valor sagrado que la ayahuasca tiene para los nativos como medicina ancestral.

La tercera parte es La botánica de la selva, que no se encuentra desarrollada en la novela, y es aquí donde se quiebra abiertamente el realismo para entrar en una narrativa de tipo onírico-surrealista. Llegados hasta la choza donde habita la doctora Cotter (Lesley Manville), ambos personajes realizan la experiencia de tomar el brebaje de yagué. Y aquí se palpa lo que Lee reitera varias veces a lo largo de la película: “no soy queer, soy incorpóreo”, punto que se cifra en esa alucinación donde en el vómito expulsan sus corazones, y en una experiencia de despersonalización de los cuerpos que los fusiona en uno. Esto puede leerse en la línea de la dimensión espiritual del amor, en tanto la palabra de amor resuena tocando y disolviendo el cuerpo del narcisismo, pero también en la línea del llamado amor-fusión.

La telepatía tan buscada por Lee es la capacidad hipotética de transmitir y recibir pensamientos entre personas sin la intervención de los sentidos. Se trata de la idea de un amor que apunta a la fusión con el partenaire, de dos que constituyen un uno completo y absoluto en una experiencia de goce que rechaza todo limite y que como tal, solo puede conducir a la muerte de uno de los partenaires o de los dos. Esto lo intuye muy bien Allerton y es por eso que tras la experiencia alucinógena, decide regresar inmediatamente, aunque lo inviten a continuar la experiencia. Y es así que el desvanecimiento abrupto de Allerton en el sendero de regreso de la selva, cifra desde lo visual el fin de la relación entre Allerton y Lee. El viaje por tierras desconocidas y el viaje alucinógeno, expresa entonces el viaje interior que realizan ambos personajes, donde lo que se constatará (que es con lo que tendrá que vivir Lee de ahora en más) es el dolor de que no hay dos que puedan complementarse para constituir un uno.

El epílogo es el regreso de Lee, dos años después, a Ciudad de México, errando en la nostalgia de reencontrar a Allerton, pero éste según le dice su viejo amigo Joe Guidry (Jason Schwartzman), se ha ido hace seis meses con otro hombre. Lee vuelve al viejo hotel de sus amores y tendido en la cama lo añora dolorosamente. La escena onírico-surrealista que sigue, donde lo mata "jugando" a ser Guilermo Tell (como mató a su esposa Joan), da cuenta de cómo el amor puede fácilmente trocarse en odio (como modo de separarse del fantasma del recuerdo del amor no correspondido), y también de que cuando Burroughs concibió esta novela se encontraba esperando el juicio por el homicidio accidental de su esposa.

La secuencia siguiente presenta a un Lee avejentado, con traje oscuro, su bastón, su sombrero y el talante melancólico (claro homenaje a las imágenes de Burroughs de su vejez, ya que el personaje de Lee puede considerarse como un alter-ego de él), que continúa fijado a ese amor en tanto irremediablemente perdido, hasta su último aliento de vida.

Guadagnino refirió que una de las influencias más importantes de su película es The red shoes (Michel Powell y Emeric Pressburger, 1948). Y esto es notorio tanto a nivel de las formas como a nivel del contenido. Desde lo formal, se vinculan por el quiebre del realismo (por irrupción de lo fantástico surrealista y por la artificialidad de los escenarios en ambas), por la elección de una música más moderna que la de los años en que acontece la acción, (lo que permite leer su resonancia en el presente) y por la fuente literaria de partida (aquí se trata del cuento homónimo de Hans Andersen, 1845). En cuanto al contenido, si en Las zapatillas rojas, este objeto de deseo atrae y captura toda la vida de Victoria, en Queer apreciamos como Allerton se vuelve para Lee una desesperada obsesión que lo obnubila, neutralizando otros intereses, al modo de la adicción.

Queer puede entenderse, como aquella, como un melodrama romántico (en cual la música extra-diegética adquiere un lugar narrativo fundamental, acompañando bellamente las emociones de Lee), pero es también un sentido homenaje a la escritura discontinua y disruptiva que impulsó William Burroughs. Además, en nuestra época signada por la soledad, nos permite reflexionar sobre la dificultad para establecer vínculos amorosos donde el partenaire pueda ocupar un lugar otro que el del tóxico (tanto en su dimensión compulsiva como rápidamente desechable), y que en cambio, pueda ser la apertura a soportar el malentendido, el desencuentro y la diferencia, propias de su dimensión de alteridad.

Con Queer Guadagnino acierta al optar por una narrativa apoyada principalmente en lo visual y logra que su película se traduzca en la conmovedora experiencia poética de lo decadentemente bello.

LIGHT

Ilumina y aumenta su visibilidad — ¡sé el primero!

Comentarios
Tendencias
Novedades
comments

¡Comparte lo que piensas!

Sé la primera persona en comenzar una conversación.