Este puede ser el último texto de 2024 o el primero de 2025, según de qué lado del planeta usted lea estas líneas. Y me pareció que lo ideal en un año donde inicié este camino observando y analizando comedias y comediantes era terminarlo con Will Ferrell, el último gigante de la comedia norteamericana. Gigante no sólo porque mide más de 1,90, gigante porque tiene además una mirada única sobre la comedia que contamina todos los lugares en los que aparece (podríamos hacer otro artículo sólo con los cameos geniales que ha protagonizado: listo, desafío aceptado) hasta contagiar todo con su amor por lo absurdo, por aprovechar su cuerpo fuera de norma y tratar de meterlo a presión en entornos estructurados como un bebé que intenta meter a la fuerza un cubo donde va un círculo en esos juegos para que los niños aprendan sobre formas y frustraciones (no, el cubo no entra donde va el círculo). Pero nótese que en la construcción discursiva era más importante lo de último que lo de gigante, porque Ferrell fue el que mejor aprovechó ese período en el que la comedia norteamericana no dejó de sacar hits uno tras otro. Una cosa que me llama la atención es que en la charla con Jerry Seinfeld en Comedians in cars getting coffee (Iden), Ferrell se mostraba como alguien que no miraba mucho cine. Permítame dudar: no sólo como comediante y guionista, sino además como productor, Ferrell tiene una visión que además se ancla en lo histórico, en la redefinición de clisés que hablan de un pasado del género y de una forma de narrar. Ferrell la subvierte, la pone patas para arriba. Alguien que no ha mirado no podría hacerlo, no sabría cómo. Por lo tanto vamos a recomendar una serie de películas del actor -que caprichosamente son siempre cinco- obviando su colaboración con Adam McKay que dio las obras indispensables, pero también las más conocidas.

Una de sus comedias que me hacen reír a carcajadas es Deslizando a la gloria (Blades of glory) de Josh Gordon y Will Speck, una comedia que se mezcla con un gran subgénero del cine norteamericano como son los relatos deportivos. La película se centra en dos rivales acérrimos, despojados de sus medallas de oro de patinaje sobre hielo, que tendrán que aprender a trabajar como dueto cuando por un hueco legal sean aceptados en la competencia de parejas. La película tiene una de las virtudes del cine Ferrell: fabrica un universo y sus reglas, las vuelve concepto, y alrededor de eso construye una historia con su propia lógica. Ferrell, que a partir de su personaje de actor porno aprovecha el costado más lascivo de su humor, edifica una gran dupla con Jon Heder y hay unos villanos geniales interpretados por Amy Poehler y Will Arnett, lo que incluye una persecución con los patines sobre hielo puestos que es un delirio hermoso. Deslizando a la gloria tiene además un uso desopilante de I don’t want to miss a thing, la súper balada de Aerosmith.
Así como Ferrell tuvo un momento de gran creatividad, también atraviesa desde hace algunos años la misma crisis que buena parte de la comedia norteamericana con la corrección política. En esa etapa menos interesante de su cine, aparece una verdadera gema: Operación Casino (The house) de Andrew Jay Cohen en la que construye otra gran dupla, en este caso con Amy Poehler. Ambos interpretan a una pareja que funda un casino ilegal en el sótano de su casa cuando pierden el dinero para la beca universitaria de su hija. La película es una escalada humorística y sarcástica sobre la avaricia, el materialismo y cuanta cosa podamos adjudicarle al capitalismo, pero sintetizada en el sótano de una casa y en un grupo de vecinos entre codiciosos y viciosos. Un chiste recurrente en la película es la incapacidad de Ferrell para sacar cálculos matemáticos, algo que se vuelve desopilante con el correr de los minutos. Pero además contiene un personaje desaforado de Jason Mantzoukas, humorista desaforado por excelencia, y un cameo de Jeremy Renner que es de lo más divertido e imprevisible. Y es una gran parodia al cine de gángsters.
Esta es más conocida, pero no menos genial: Guerra de papás (Daddy's Home) de Sean Anders. Un detalle: ninguna de las películas de Will Ferrell citadas en este texto se estrenaron en cines argentinos, salvo esta Guerra de papás y su secuela, un poco inferior pero igual de interesante. Claro, estamos en los límites de la comedia familiar y el inclasificable humor de Ferrell queda acotado a una lógica más previsible para distribuidores y exhibidores de cine. Una cosa interesante de toda esta camada de comediantes es la manera en que han intentado relacionar su humor con diferentes géneros. Aquí Ferrell la emprende con la comedia familiar (como en la segunda lo haría con la comedia familiar navideña) para encontrar atajos que permitan traficar sus propias ideas. La película es bien básica: un hombre que intenta que sus hijastros lo quieran y la crisis en la que ingresa cuando entra en escena el padre biológico, interpretado por Mark Wahlberg, con quien Ferrell había trabajado y hecho gran dupla en Policías de repuesto (The other guys). Guerra de papás, por lo tanto, apela al humor físico, al chiste de porrazo, para inmediatamente pasar a algunas zonas menos cómodas para un espectador no del todo entrenado en el humor ferrelliano. Premio especial para el jefe interpretado por Thomas Haden Church, personaje que rompe cada escena en la que aparece.

Tal vez no sea la mejor de Will Ferrell, pero Dale duro (Get hard) de Etan Cohen es una comedia súper interesante para ver cómo se pensaba el humor en la era pre-censura progresista. Ferrell interpreta a un millonario que es condenado por fraude y enviado a prisión. Como preparación para ese proceso le pide consejos al personaje interpretado por Kevin Hart, por el sólo motivo de ser negro. La película se mete en la lógica de su protagonista, un blanco racista, y no la suelta. Es claramente muy incómoda y encima recurre a algunos de los chistes más gruesos sexualmente hablando de la filmografía ferrelliana. Luego entra en un terreno moralista y se cae un poco a pedazos, pero toda esa sucesión de chistes de fascista culposo que cree estar siendo progresista son una delicia. Y Ferrell se somete sin ninguna culpa. Y Coen es el guionista de la obra maestra Una guerra de película (Tropic Thunder).
Cerramos este texto con Casa de mi padre (Idem) de Matt Piedmont, la más inclasificable de la inclasificable filmografía de Will Ferrell. La película es como un culebrón mexicano, incluso está hablada en castellano (y hay que escucharlo a Ferrell como Armando Alvarez). Casa de mi padre mezcla una trama familiar con unos narcos y tiene a Gael García Bernal y a Diego Luna como los dos grandes embajadores del cine mexicano puestos a satirizar cada lugar común de cómo los norteamericanos piensan lo latino. Alucinaciones, un tigre y el “Puma” Rodríguez cantando en el cameo más deforme de la historia del cine. La película está coescrita por Harper Steele, guionista decididamente border que logró una sociedad y amistad con el actor, que se puede apreciar en el hermoso documental Will & Harper (Idem), donde se comprenden aún más algunas locuras que surgen de tan frondosa imaginación. Steele es guionista de Festival de la Canción de Eurovisión: La historia de Fire Saga (Eurovision Song Contest: The Story of Fire Saga) y trabajó con Ferrell en Saturday Night Live! (Idem), donde colaboraron en algunos de los sketches más recordados.
Hasta aquí llegamos con estas recomendaciones ferrellianas de fin de año (o de comienzo de año, ya saben…), las cuales pueden dar lugar a futuros textos en los que hablemos específicamente de cada una. O de algunas otras. Porque si hay algo que genera felicidad es ver a Will Ferrell haciendo comedia, creando, inventando cosas que el género no había visto y a las que su ojo único convierten en la humorada más desaforada, salvaje, sensible y creativa que existe.



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