“No somos nada sin una idea. Por eso digo que desear una idea es poner el cebo en el anzuelo. Deseamos una idea y debemos tener paciencia, lo mismo que cuando pescas. ¿Qué tan profundo va ese anzuelo? Depende del tamaño de esa esfera de consciencia, y el deseo, otra palabra que lo define, es el enfoque. Enfocar algo es un poco como soñar despierto, vienen pensamientos y más pensamientos, y puede que ¡bum!”
En agosto del año pasado, fiel a su estilo, con humor, con picardía, David Lynch nos comunicaba a través de su cuenta de Twitter: “Debo decir que he disfrutado mucho de fumar, que amo el tabaco —su olor, darle fuego a un cigarro, fumarlos—, pero hay un precio que pagar por este disfrute y ese precio para mí es mi enfisema. Me he sometido a varios análisis y la buena noticia es que, a excepción del enfisema, gozo de una salud excelente. Estoy lleno de felicidad y nunca me retiraré”.

Ayer, cinco meses después de aquel comunicado, nos enteramos de la partida del director, que, en efecto, nunca se retiró. Unos años antes, en una entrevista en la que reflexionaba sobre la muerte, Lynch decía que la vida es un continuo y que nadie muere realmente ni desaparece para siempre. Creo que todos, siendo más o menos fanáticos de Lynch, coinciden en que fue un experto en construir universos.
En varias de mis notas, sobre todo al hablar de directores/as, retomo el tema de la búsqueda de la mirada propia. Lynch es el mejor ejemplo para ilustrar esto: creo que sin dudas ha sabido mantenerse fiel a su estilo a lo largo de los años. Si hay algo que podemos afirmar es que casi cualquier persona que ve el primer fotograma de una película de Lynch descubre rápidamente quién está detrás de la cámara. “Seamos fieles a la idea de principio a fin y tendremos alguna esperanza de que la obra funcione como un todo”.

David Keith Lynch nació en Missoula, Montana, el 20 de enero de 1946. Ya de muy joven, el director se interesó por las artes, primero por las plásticas, y al poco tiempo empezó con el cine de animación, realizando cortometrajes experimentales. Hoy parece evidente que Lynch será recordado como uno de los guionistas y directores más aclamados de la industria. Y tiene todo el sentido que su camino haya comenzado con el cine de animación y experimental.
Lynch es uno de esos directores que sobrepasa su filmografía. Sus libros, sus charlas, sus entrevistas. Todo es rico, intrigante y de alguna manera completa su mundo. En todas sus charlas se ha asegurado de militar a la idea como principal dispositivo de trabajo. “A veces me llega una idea pero no la entiendo del todo, aunque me encanta. Y tengo que pensar y pensar en ella. Y un entendimiento acaba llegando. Entonces, tengo una idea que me gusta, veo la forma en la que el cine puede hacerla realidad y la entiendo. Pero incluso para los actores u otra gente del equipo no es tan importante que entiendan todo sino que lo que hagan sea fiel a la idea. Y si se siente correcto, si me parece correcto, basándome en la idea, espero que los espectadores lo sientan igual”.

El creador de Twin Peaks, Blue Velvet, Mulholland Drive, Inland Empire, Lost Highway (entre muchísimos otros títulos) ha sabido como nadie oscilar en el universo de los sueños. Él mismo ha dicho en entrevistas que los sueños son abstractos y que esa lógica se expresa muy bien en el cine, en la imagen y el sonido fluyendo a la vez, en ese lenguaje que puede expresar cosas concretas y hermosas abstracciones como solo el cine puede transmitirlo.
“En mi mente tengo el gran privilegio y la euforia de traducir ideas, ideas que pueden crear un mundo en el que se puede entrar y vivir una experiencia. Vamos por la calle, nos encontramos con un cine, nos paramos, nos sentamos, el sonido es bueno, las luces aún encendidas, la gente aún sentándose. Y de pronto, las luces se apagan, se abre el telón y aquello empieza, podemos entrar en otro mundo que solo existe por esa película. Es algo mágico, llevar a la gente a otro mundo y brindarles experiencias. Es un medio mágico. Ese es el papel de los cineastas en el mundo: hacer mundos nuevos”.



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