¿Qué nos quiere decir Jesse Eisenberg con su UN DOLOR REAL? 

La vida es un viaje. Así estemos quietos o en movimiento, todo lo que hacemos tiene un propósito y un fin de cierta manera. En la segunda película como director de Jesse Eisenberg tras su fallido debut ‘Cuando Termines de Salvar el Mundo’, el actor reconocido por su nerviosa presencia y su desenfrenada forma de hablar decidió plasmar distintas partituras de piano compuestas por el legendario Frederic Chopin que suenan pausada y lentamente durante todo el desarrollo. Ese mismo piano nos indica, casi imperceptiblemente, que los protagonistas se encuentran en un proceso de autoconocimiento y reconocimiento el uno con el otro, a pesar de haber vivido un pasado juvenil prácticamente como hermanos (aunque en realidad son primos). Nunca suena otra música, solo el piano, manteniéndonos a raya, haciéndonos parte del proceso. ¿Cómo afloran las sensaciones encontradas al volver a verse las caras después de tanto tiempo? ¿Eso que se vivió en su momento sólo forma parte de una memoria que no se puede revivir, o se puede encontrar el tiempo para hacer que germine nuevamente y sea el inicio de una nueva aventura familiar?

Kieran Culkin y el propio Eisenberg se ven las caras, y es como si Roman Roy de 'Succession' y Mark Zuckerberg de ‘Red Social’ hayan compartido una infancia en algún universo cinematográfico paralelo. Dos intérpretes que, a pesar de sus limitadas capacidades actorales (o quizás, mejor dicho, de rango actoral), combinan a la perfección lo mejor de este tipo de papeles a los que suelen abocarse. Por un lado, está Benji Kaplan (Culkin), un drogadicto encantador que utiliza la sinceridad como método de defensa personal para excusarse de lo mal que en realidad la está pasando tras la muerte de su abuela. Y por otra parte está David Kaplan (Eisenberg), que es básicamente el actor mostrándose en pantalla tal y como se lo ve frente y detrás de cámara, una persona poco suelta que quiere tener todo planeado con tal de no cometer ningún error, con un sentido de moral altamente controlado y la idea de que emocionarse genuinamente es un lujo que pocos se pueden dar.

La película inicia en el encuentro en un aeropuerto que une a este par antagónicos con el propósito de emprender un viaje a Polonia, más precisamente a la desolada ciudad rural de Krasnystaw, en donde vivió la abuela de ambos antes de viajar a Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial. El tratar de revivir la dolencia de aquella trágica época para Europa les trae recuerdos y sensaciones que no les son propias, pero gracias a ese dolor intentan curar el cómo se sienten al respecto. ¿Quién puede decir que realmente entiende a otra persona que vivió algo indescriptiblemente horrible si nunca lo experimentó? ¿Por qué tratamos de ponernos forzadamente en los zapatos de nuestros ancestros si nosotros no tenemos la culpa de lo que les haya pasado a ellos? ¿Qué ganamos, que perdemos si no lo hacemos?

Con mucha sencillez desde la puesta en escena y un guion sutilmente construido que ayuda a ponernos, paradójicamente, en los zapatos de estos primos, ‘Un Dolor Real’ se siente como la carta de amor del mismo Eisenberg a su “extraña” forma de ser, a no tener que encajar para ser alguien extraordinario (¿un guiño a su papel como Zuckerberg tal vez?), y a reconciliarse con su árbol genealógico. Inspirado por la historia de su abuela polaca, el director nos sumerge en un duelo familiar en donde las palabras callan y los silencios se hablan entre sí. Mientras David anhela ser todo lo que Benji siempre fue, Benji sencillamente vive. ¿Existe alguien que me pueda decir que tiene algún familiar al que envidió (o envidia) sanamente?

Pero la película no se trata de eso. Es más bien un reflejo de que en la vida nada se encuentra realmente preparado, a pesar de los planes que tengamos. Es curioso cómo, a pesar de mostrarse como alguien calculado y meticuloso, David es el último en llegar al aeropuerto en los primeros minutos de aquel reencuentro. Le manda decenas de mensajes a su primo avisándole que está por llegar, que el tráfico está complicado, que el tráfico se tranquilizó, pero él ya estaba ahí hace horas. Incluso le tiene preparado un yogur para que coma antes de que arranque el vuelo (a pesar de que está medio tibio como dice él). Es decir, toda clase de estereotipos son transformados desde el inicio para decirnos que en realidad la palabra no existe como tal. O no debería de existir en tal caso. A lo largo de este simple viaje vemos como el cariño nunca se había desvanecido entre ellos dos, a pesar de existir ciertos rencores: el tiempo nos erosiona, pero jamás nos desvanece.

El estilo visual de Eisenberg que mezcla la crudeza del documental en la visita al Campo de concentración de Auschwitz y la geometría estática de Wes Anderson no son de lo más impresionante, pero es que la historia tampoco lo necesita. La enorme actuación de Kulkin es motivo suficiente para sentir como la naturalidad (y a su vez la naturaleza compleja de su personaje) empapan de calidez la pantalla con diálogos que genuinamente pueden desfibrilarnos de emoción. Definitivamente no es la “feel-good movie” que todos predican en las redes sociales, pero puede que se nos den algunas lecciones de vida al final. Entonces, ¿qué es lo que nos quiere decir Jesse Eisenberg con su ‘Un Dolor Real’? En mi opinión, que lo más importante es el presente.


POR JERÓNIMO CASCO

Publicado el 20 de ENERO del 2025 02.15 AM | UTC-GMT -3

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