Hace pocos días, más precisamente el mes pasado, escribí sobre David Lynch. Miento: escribí sobre lo que David Lynch nos hizo en la cabeza haciendo cosas de David Lynch. Miento: escribí sobre Terciopelo Azul y lo que David Lynch hizo haciendo las cosas que David Lynch hace sobre nosotros. Suena enrevesado, pero como toda película de Lynch, algo de enrevesado tiene que tener (así sea una humilde nota, en un humilde portal sobre cine). Y lo que es más raro todavía es que después de escribir sobre Lynch, Lynch, como en una película de él (de muertos que viven en fantasías, de muertos que atraviesan el purgatorio como en un viaje de hongos), se murió. Murió Lynch, Señores. Y hoy, dos días después, el cine es otro. No hay más cine de Hollywood tal y cómo lo conocimos quienes nacimos en los años ochenta. El cine postmoderno está muerto. No sabemos qué tendremos, pero no será lo mismo. Por eso, por su muerte, me dieron ganas de escribir unas palabras sobre su última gran obra maestra: la tercera temporada de Twin Peaks.
Las aventuras de una blonda
Todo comenzó con Marilyn Monroe. La vida de la diva, ícono absoluto del cine dorado de Hollywood, era demasiado buena como para que nadie hubiera pensado en hacer una biopic: blonda eterna, estigmatizada por el vapor debajo de su pollera, emocionalmente complicada, expuesta al qué dirán y hallada muerta en condiciones sospechosas y oscuras. ¿Quién mejor que el David Lynch de fines de los 80 para una tarea semejante? La adaptación se llamaría The Goddess, y la idea no era de Lynch, sino de Mark Frost; un veterano businessman de la televisión, responsable de tiras de pistoleros y de policías que, en cierto modo, estaban en las antípodas de la estética que el director de Eraserhead había creado, como un modo de rediseñar todos los géneros, desde la comedia hasta el terror, anclados en el imaginario popular norteamericano.

La película sobre Marilyn, sin embargo, no prosperó (una verdadera pena). Y si bien Lynch siempre consideró la anécdota como un modo de afianzar la amistad con Frost, con quien escribió una comedia delirante sobre una enorme burbuja de saliva que sale de una computadora y altera la personalidad de la gente —llamada con justa razón One Saliva Bubble, y que, como varios otros proyectos de Lynch, no llegó a filmarse—, hay mucho de Marilyn Monroe en Laura Palmer: una chica tan puritana y ejemplar como callejera y perversa, contenida por un marco familiar conservador y atraída por las luces de neón de los cabarets, atravesada por mil traumas pueblerinos; la chica de provincias cautivada por la gran ciudad. Algo de todo eso resonó en la cabeza de Lynch cuando, de golpe, le vino la idea de la serie. “Un día estábamos con Mark charlando y tomando café en un bar, y de la nada, tuvimos la imagen de un cuerpo muerto en la orilla de un lago”, le dijo David Lynch al periodista y crítico Chris Rodley para su libro David Lynch por David Lynch, que Cuenco del Plata distribuyó en librerías en una nueva edición. “Era Laura”.
La imagen no podría resultar más banal y simple. ¿Cuántas novelas, películas y series comienzan con el mismo disparador policial? Aparece un muerto y alguien tiene que resolver el enigma. No era el caso: la imagen de la cabeza de Laura Palmer, rodeada de un celofán de plástico transparente, pálida y etérea, como un cuadro de Leonardo da Vinci, se convirtió en un ícono visual que auguraba la última década del milenio, y cambiaría no solo a una generación de televidentes, sino que crearía una nueva manera de concebir el formato televisivo. Tanto para Lynch como para Frost, el misterio no estaba en la muerte de su aparente protagonista, sino en la caja de resonancia social: cómo una muerta podía desenmascarar a un pueblo entero. La serie que imaginaban Lynch y Frost, y que pitchearían ante unos incrédulos ejecutivos de la cadena ABC, por la que obtendrían total libertad para filmar un piloto de una hora y media, poco y nada tenía que ver con lo que resultó ser. Apenas tenían esa idea y la sana convicción de que serían rechazados en la primera reunión que tuvieran.
La venta debió ser una escena en sí misma. Podemos imaginar a Frost, centrado y educado, hablando de su proyecto como una mezcla entre la soap opera, el policial blanco de detectives y el policial noir con muertes violentas, cabarets, motoqueros, aserraderos y adolescentes enamorados; mientras que Lynch pensaba en caballos irrumpiendo en un living, un enano hablando para atrás en una habitación roja o un gigante capaz de definir el destino del mundo. Twin Peaks fue aprobado por ABC y salió al aire en abril de 1990. La serie que Lynch y Frost imaginaron mientras tomaban café y comían cherry pies era su manera de reinterpretar el relato social norteamericano y mezclarlo con el formato televisivo de herencia inglesa de series como The Fugitive y La Dimensión Desconocida.
Veintisiete años después de aquel estreno, la serie que marcó el camino para la nueva televisión que se consume diariamente en todo tipo de plataformas, y que influenció productos tan disímiles como Breaking Bad, X Files, The Bridge y True Detective, estrenó, en el año 2017, una tercera temporada. Después de generar un festival llamado Twin Peaks en el pueblo donde se filmó, Northwest Passage, y que la gente diera la vuelta al mundo para comprarse una cherry pie en el puesto de una señora que vive ahí, después de dos temporadas de 29 capítulos en total, y una película posterior llamada Twin Peaks: Fire Walk With Me, que pretendió revelar el misterio sin llegar a aclararlo, la intriga por la muerte de Laura Palmer sigue tan intacta y compleja como en aquel entonces.
Valía la pena hacer una temporada más para, por supuesto, mantener el misterio irresuelto.

El hombre de otro lado
El universo Lynch es un gran atractor de preguntas, incluso ahora, después de su muerte por un efisema pulmonal, tras décadas de fumar un cigarrillo tras otro. De todos modos, la pregunta más importante no es por el significado profundo, superficial o lineal de sus películas, sino algo más simple y práctico: ¿por qué tardaba tanto en filmar? ¿Por qué un tipo con la imaginación y el talento de Lynch tardó casi diez años en ponerse detrás de una cámara? Desde Inland Empire (probablemente su película más “independiente” desde su ópera prima) Lynch apenas pudo algunos videos de bandas que él solo conocía, filmar su reporte metereológico o pequeños micros audiovisuales con los que parece probar nuevos formatos digitales. También tuvo una plataforma “documental” llamada Interview Project, que duró algunos capítulos en los que entrevistaba a “gente normal” en pueblos del interior de los Estados Unidos, sonorizados con su característico ruido blanco de fondo.
Algo habrá pasado, algún mensaje cósmico o bien alguna asociación libre, de esas que el Agente Especial Cooper tenía para resolver sus casos, que un viejo ejecutivo de ABC, Gary S. Nevin, presidente de programación de la cadena Showtime, decidió volver a una nueva temporada de Twin Peaks. Lynch y Frost venían barajando la idea desde 2012, sobre todo porque en la misma serie se hacía mención al hecho de que Cooper volvería en 25 años (la imagen de un Cooper avejentado en el episodio 3 de la primera temporada, resolviendo el caso en el futuro, fue uno de los grandes cliffhangers de la serie, para que, después, al episodio siguiente, ¡Cooper se olvidara del sueño!). Faltaba escribir el guion, algo que le llevó a la vieja dupla un período de un año y medio.
Otra pregunta que siempre surge cuando se habla sobre el director de Terciopelo azul es sobre su famoso proceso creativo. ¿De dónde le vienen las ideas? Ni él mismo lo sabe. Pretendió explicarlo en su librito (best seller de autoayuda) Atrapa al pez dorado. Allí habla de su método de meditación trascendental, en el que logra capturar peces profundos en diversos niveles del inconsciente. Cómo convierte ese pez dorado en una idea sigue siendo un misterio. Cuando filmó Inland Empire, aquella pesadilla digital sobre el purgatorio con Laura Dern como protagonista, un grupo de documentalistas registró su proceso creativo en un documental llamado Lynch (2007) y su forma de pescar esos peces dorados tenía muy poco de convencional; era un tirano en el set, con una visión muy clara y una forma muy poética de dirigirse a los actores. Allí se lo puede ver en pleno rodaje como un verdadero déspota: acomplejado, nervioso, lenguaraz y, por momentos, descontrolado.
Así fue cómo se puso cuando las 400 páginas del guion de la nueva temporada de Twin Peaks parecían correr el mismo destino que su adorada, mítica y jamás filmada Ronnie Rocket o su biopic salvaje sobre Tom Waits. Cuatrocientas páginas son un ladrillo de papel compacto, lleno de textos, dibujos, croquis y bocetos, en donde Lynch seguía indagando en el misterio de Laura Palmer, pero también incluía nuevos personajes, al mismo tiempo que tenía que sacar, por causas naturales, a otros. Catherine Coulson, la mítica actriz que interpretaba a la Señora del Leño (Log Lady), una vieja que llevaba aupado un tronco como un bebé del que recibía codificados mensajes que ella descifraba en pequeños haikus, falleció hace unos años. Cuando las tensiones por correcciones y cambios de presupuesto llegaron a un nivel de ruptura en 2015, Lynch tuiteó en su cuenta que abandonaba el proyecto.
Nevin, sin embargo, no quería hacer la serie sin Lynch. Junto a Levine, otro ejecutivo de la cadena Showtime, contaron para la revista Variety cómo es negociar no solo con un cineasta reconocido, sino con el director de cine más surrealista desde los tiempos de Buñuel y Dalí: lo visitaron en su casa de Los Ángeles y llevaron galletitas para una merienda. Cada uno dijo qué pretendía del otro y acordaron que la nueva temporada tendría 18 capítulos. Lynch aseguró que con la plata que él pedía haría la serie sin moverse ni un centavo del presupuesto. Se dieron la mano, terminaron de comer las galletitas y cada uno se fue a su casa.

Un regalo todos los días
Si bien el rodaje de la serie fue uno de los más comentados en redes sociales y de los más anunciados por cuanto portal de cine hay en la web, se filtraron muy pocas imágenes muy pocas imágenes en su momento. La edición estuvo cerrada con candado. Circula por redes un video con Angelo Badalamenti, el músico emblemático que ayudó a definir el leitmotiv de la serie, y que vuelve a ponerse al servicio de Lynch, con quien no colaboraba desde Mulholland Drive. Poco antes de su estreno, se conoció un teaser, en donde se veía, por fin, al errático Kyle MacLachlan con su traje negro y su sobretodo, el peinado a la gomina y su eterna taza de café aguado, encarnado en la piel brillante de Cooper.
Entre el viejo elenco aparecían otros personajes míticos interpretados por actores cuyos derroteros, después del estreno de la serie, nunca estuvieron del todo claros. Sherilyn Fenn interpretó nuevamente a Audrey Horne, quien tuvo un amorío con el Teniente Cooper e intentó penetrar las puertas del hotel que ocultaba una red de trata de su padre. Por ese papel, Fenn terminó posando desnuda en la portada de Playboy y, años después, desapareció del mapa para reaparecer en la serie CSI. Madchen Amick reincidió como Shelly Johnson, uno de los tantos comic reliefs que tuvo la serie, y Ray Wise volvió a encarnar el papel de Leland Palmer, el padre maníaco depresivo de Laura. Las bajas son varias y significativas: no estuvo Lara Flynn Boyle (la prima doppelgänger de Laura) ni Joan Chen, aquella pata china que había desencadenado un amor tortuoso alrededor de un aserradero.

Hubo, sin embargo, nuevas adhesiones. La hermosa y eterna Laura Dern tuvo un papel, lo mismo que Naomi Watts, Ashley Judd, Tim Roth y Robert Forster, entre una lista de créditos de más de ¡200! personajes, incluido el mismo David Lynch, que vuelve a interpretar su viejo personaje, el jefe Gordon Cole, que apenas escucha y tiene que andar con un audífono. La nueva serie cobró dimensiones tan míticas que cada tanto se filtró alguna información extraña: que Lynch volvería a filmar en 35 milímetros (no es cierto), que las locaciones llegaban hasta Baja California, ampliando aún más el rango de posibilidades que la muerte de Laura Palmer daba a la pequeña comunidad de Twin Peaks. Y que, por supuesto, Cooper volvería a comer su cherry pie en “el lugar a donde los pies vienen a morir” y tomaría su café “tan negro como una medianoche sin luna”.

De todos los rumores que circularon alrededor de la serie, hubo uno terrible: el posible aislamiento de Lynch del medio cinematográfico. Quizás cansado de no encontrar un mercado para sus películas, o de girar y girar de productor en productor buscando financiación, dio a entender a la revista Variety que, así como varios de los grandes directores actuales (Scorsese o David Fincher) están apuntando sus cámaras hacia la televisión y las nuevas plataformas, él tampoco estaría tan alejado de esa tendencia, algo que, en cierto modo, anticipó en los 90 y ayudó a rediseñar cuando se anunciaba un nuevo capítulo de Twin Peaks: “Las películas están atravesando un mal momento ahora, porque las únicas que se ven en los cines son comerciales. Las películas artísticas y los lugares en donde se proyectaban están desapareciendo. Uno quiere que se proyecten en una buena sala, con buen sonido, utilizando todos los recursos técnicos de los que se dispone hoy en día para crear un mundo. Es duro, después de años de trabajo, no poder verla en cine. Pienso que la televisión es el nuevo lugar para hacer un cine más artístico, y está bien que así sea”.

Ese nuevo panorama que Lynch auspiciaba en 2017 se ha convertido, con su muerte, en una realidad irrefutable. El hombre que reinventó el cine de Hollywood, combinando la alegría de Federico Fellini, la puesta en escena de Alfred Hitchcock y la estética pictórica de Francis Bacon y Salvador Dalí, ha fallecido. Su partida se siente como lo que ocurre en el capítulo 8 de la última temporada que logró filmar: una bomba atómica que estalla en este desierto que nos queda, el desierto de lo real. Nos queda a nosotros —o no— la capacidad de reinventarlo.



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