De manera emblemática y satisfactoria, Toy Story cerró su tan aclamada franquicia animada (en ese entonces) con su tercera entrega, la cual, para la gran mayoría de nosotros, seguramente nos emocionó, nos hizo reír, nos divirtió. Pero creo que con lo que más me quedo siempre es con la melancolía; las lágrimas al final de la cinta son inevitables para mí.

La escena final, en la que Andy regala los juguetes a Bonnie, nos da un destello de recuerdos hermosos, de las cosas tan maravillosas que logramos hacer tiempo atrás. Logro percibir la nostalgia de los momentos que pasamos junto a otras personas, de las cosas que conseguimos solos, quizás de aquello que nadie sabe que logramos. Me encanta el hecho de que Andy se pone a jugar con ellos una última vez. El tema So Long, sonando de fondo gracias al grandioso Randy Newman, provoca que te adentres no solo en la película, sino en lo que están sintiendo los personajes en ese momento. La alegría que hace años no sentían la volvieron a experimentar.
Asimilo ese momento a cuando he llegado a pasar tiempo con mi familia. Pocas veces estamos haciendo algo todos juntos; la era en la que vivimos no coopera con eso. Y, ya que soy mayor, cada vez que he revisitado la película, el final me deja reflexionando: ¿qué fue lo que hice? ¿Malgasté mi tiempo? Muchas veces pienso que no llegué a aprovechar mi infancia al máximo. Hay muchas cosas que quería hacer y no hice, y muchas otras que quiero hacer ahora, pero ya no tengo tanto tiempo.
A veces pienso que hizo falta que mi papá me cargara más, jugar más con mi mamá a juegos de mesa o incluso valorar más las salidas familiares. Todo eso es lo que me deja pensando el final de esta película, por lo que me es imposible no llorar. Existen ocasiones en las que no he querido verla porque sé que lloraré al final. La película es increíble por lograr transmitir esos sentimientos de una manera tan hermosa como lo es el cierre de un ciclo: el pasar de la adolescencia al mundo adulto, al momento de dejar el colegio y entrar a la universidad. Es una carga que todos debemos afrontar.
Al finalizar el colegio, ya conoces a todos y estás tranquilo en tu zona de confort, pero luego, en la universidad, entras como alguien nuevo, que no conoce a nadie, y tienes que poner a prueba todo lo aprendido para fortalecerte y volverte una mejor versión de ti mismo.

Cuando, en la película, dejan de jugar y se escucha a Andy decir: “Gracias, chicos”, y luego a Woody responder con una voz quebrada: “Adiós, vaquero”, nos ponen en perspectiva el momento cúlmine, donde todo termina, pero donde un nuevo capítulo se abre. La maravilla de lo construido en estas tres películas hace que nosotros le digamos adiós a Andy, entendiendo que todo tiene un final, por más bello que sea, y que, aunque creamos que todo va a terminar al soltar lo que conocemos y a quienes conocemos, debemos comprender, como los personajes, que muchas veces dejar ir es lo mejor que podemos hacer.




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