Ha nacido Bob Dylan | A Complete Unknown (James Mangold, 2024) 

Oh, no. El comienzo de A Complete Unknown, la biopic de Bob Dylan protagonizada por Timothée Chalamet, amenaza con otro pase de superficialidad hollywoodense. Esto no es spoiler porque está en el trailer: el jovencísimo Dylan llega a la Nueva York de 1963 en la parte trasera de una camioneta, entre los bártulos de una familia anónima. Por supuesto, viene escribiendo; sus papeles, su libreta diminuta, su guitarra a la que rasguea apenas puede como en un acto reflejo, serán leit motiv de la película. Pero en esta producción de Mangold, la fidelidad al arquetipo del cantautor trashumante, el mito viviente de la música popular norteamericana, es menos un fin que un medio; menos una cárcel narrativa que una oportunidad para explorar el misterio que rodea (y siempre rodeará) al genio de Dylan.

En los días en que A Complete Unknown se estrena en Argentina, los avances incluyen el tráiler de Better Man, la extraña biopic de Robbie Williams. En él, la voz del ícono pop británico dice que, como su historia no es como la de los demás, se tomó la decisión de contarla con un giro fantástico: en lugar de un actor, o de él mismo, interpretando el papel del chico que se volvió una estrella juvenil y luego una figura global a inicios de los 00’, quien asume el papel protagonista es un simio generado con técnica CGI. Habrá que esperar el estreno para ver qué efectividad cinematográfica tiene eso, pero el contraste es notorio con A Complete Unknown. Más allá de las diferencias de talla entre los personajes retratados (Williams fue una popstar de enorme éxito, Dylan es un artista clave de la cultura moderna, además de Premio Nobel), el enfoque de Mangold es realista: los escenarios, el vestuario, el diseño de producción, apuntan a la reposición de toda una época.

El arco narrativo de la película abarca desde la llegada de Dylan a Nueva York, en 1961, hasta 1965. Son solo cuatro años, pero las transformaciones que ocurren en el período podrían abarcar más de una década. Dylan llega como un peregrino, en busca del hospital donde yace Woody Guthrie, su ídolo. Enseguida se abre camino, porque el ángel protector de Guthrie (pequeña pero excepcional participación de Scoot McNairy) es nada menos que Pete Seeger (Edward Norton, justificadamente nominado a mejor actor de reparto por la Academia). Seeger, una figura a menudo soslayada en la mitología dylaniana, se yergue como guía y promotor del talento que muestra Dylan apenas puede. Es una suerte: Seeger es una figura muy respetada dentro de la nueva escena del folk estadounidense, un puente entre la tradición y los nuevos valores del género, y un activista por las libertades y los derechos civiles. De los arquetipos que personifican Seeger (el artista comprometido, racional) y Guthrie (el irreverente, fiel a sus impulsos y ciertamente irracional, puesto que sufre una enfermedad neurológica), Dylan formará el suyo: un cantautor comprometido con su música y su tiempo, pero irredento ante cualquiera que intente encasillarlo.

Las cosas pasan rápido, porque así sucedía el tiempo en los ‘60. A diferencia de la fallida I’m Not There (Todd Haynes, 2007), A Complete Unknown tiene la virtud de remarcar que más allá del juego de máscaras que Dylan practicó durante toda su carrera, todas estas cosas le pasaron a la misma persona. Es decir, si vamos a hablar de transformaciones, dejemos claro que para que suceda se tiene que tratar del mismo ente; sino, lo que ocurre es una sucesión de personas distintas (donde termina una, comienza la otra), no transformaciones. Y si Haynes decidió remarcar la capacidad de Dylan para la metamorfosis utilizando cinco actores diferentes para interpretarlo, es porque no supo enlazar la idea nuclear de lo que ha guiado la conducta del autor de Like a Rolling Stone: la vida no se trata de hallar tu verdadero yo, sino de crearlo. Mangold, en cambio, subraya las transformaciones de una forma más naturalista. A través de los cambios de aspecto, por supuesto (sutiles, pero definitorios), pero sobre todo por la exposición de su protagonista a la era que le tocó vivir y las personas con las que se cruzó. Como David Bowie, Bob Dylan es un vampiro: un artista que logró decodificar, extraer y luego inocularse a sí mismo rasgos, tendencias y coloraturas de su entorno. Así, el elenco que forman los mencionados Guthrie y Seeger, más Sylvie (Elle Fanning, en un papel inspirado en la primera novia neoyorkina de Dylan, Suze Rotolo, activista y pintora), Joan Báez (Mónica Barbaro), Bob Neuwirth (Will Harrison) y Johnny Cash (Boyd Holbrook) no son solo parteneires de la genialidad de Dylan, sino también fuentes. Personalidades de las cuales el personaje principal se irá nutriendo para continuar su camino.

Primero la escena folk del Greenwich Village, más tarde la curiosa convergencia de radicalidad política y el éxito pop en medio de la Beatlemanía, y por último la gran transformación con la traición necesaria: el personaje le exige a Timothée Chalamet cambios profundos pero casi invisibles. El joven actor se gana su nominación al Oscar: logra mostrar la manera silenciosa en que operan estos cambios, con una actuación hecha a partir de detalles, gestos mínimos. El montaje de Mangold es rápido, sucinto, y se corresponde con la parquedad característica de Dylan (estamos hablando de alguien que no fue a la ceremonia en que se le otorgó el Nobel de Literatura, y que lleva 40 años ininterrumpidos de gira mundial sin dar notas). Chalamet logra transmitir la sensación de que, pese a sus pocas palabras, siempre está pasando algo detrás de la mirada cansada de Dylan.

El enfoque sobre la música es sobrio y también naturalista. Ahí está el disco con el soundtrack de la película para comprobarlo. La performance de Chalamet es muy buena, si pensamos en el desafío al que se enfrenta: reproducir las actuaciones de una de las voces más importantes de la historia de la música pop. Y si sale airoso es por el propio mérito, claro, pero también por el arrullo que le preparó Mangold. A diferencia del disco, en la película la interpretación de las canciones no es completa. Son escenas donde Dylan está componiendo, grabando, ensayando o actuando; pero son pasajes que no superan el minuto y medio, en promedio. Aunque no sea un musical, la película logra que las interpretaciones musicales narren y al mismo tiempo eleven la intensidad sensorial frente a la pantalla.

La sensación final, cuando el Dylan de Chalamet toma una vez más la ruta para seguir su propio camino, es que hemos visto crearse un nuevo ícono. De aquí en más, el desafío será doble para quien se vea ante la tarea de interpretar a Dylan en la pantalla. Eso no significa que la película penda de la actuación de Chalamet. Por el contrario, A Complete Unknown salta los debates sobre su verosimilitud y su rigor histórico con auténtica ilusión cinematográfica. Mangold y su equipo entendieron que ser fieles al biografiado no implica linealidad temporal ni la compulsión contemporánea a “iluminar los rasgos humanos” de nuestros ídolos (¿a quién le importa eso?). Más bien, supone entender la conducta que los llevó a ese lugar; una conducta que es troncal a su arte y que sí, puede convertirse en puro cine.

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