"Nosferatu" - 1era parte (Murnau, Herzog) 

En todas las películas de vampiros que vi –las buenas, las malas, las viejas, las nuevas, las yanquis, las inglesas, las mexicanas, las filipinas– existe una escena en la que Van Helsing (o aquel personaje que ocupa su honorable lugar en la historia) debe informarles a sus aterrados compañeros de aventura exactamente contra qué se están enfrentando. Se trata de uno de mis momentos favoritos del cine de vampiros. Es por esto que el efecto que produce ver y oír a Willem Dafoe interpretando las líneas de diálogo originales escritas por Robert Eggers para esta escena puntual, en su recién estrenada versión de Nosferatu, alcanza para justificar la película. En la penumbra que genera la iluminación con velas de la incómoda habitación donde reside el Profesor Albin Eberhart von Franz (Dafoe), Friedrich (Aaron Taylor-Johnson) y el Dr. Sievers (Ralph Ineson) escuchan de su boca aquello que ya no pueden seguir negando: «He visto cosas en este mundo que habrían hecho que Isaac Newton regresara al útero de su madre», dice el Profesor von Franz. «No nos hemos iluminado tanto, sino que hemos sido cegados por la luz gaseosa de la ciencia. He luchado con el diablo como Jacob luchó contra el ángel, y les digo que si queremos domar la oscuridad, primero debemos asumir que existe. Aquí nos encontramos con el portador de la plaga de los no-muertos: el vampiro Nosferatu».

Willem Dafoe en Nosferatu (2024).

Pier Paolo Pasolini dijo que «el mundo es de los valientes, pero lo disfrutan los cobardes», y sin lugar a dudas Robert Eggers se encuentra dentro del primer grupo. La valentía de Eggers, quien previamente había dirigido una película excepcional, una muy buena y una decepcionante –The witch (2015), The lighthouse (2019), The Northman (2022), respectivamente–, se confirmó con su decisión de realizar una remake (la segunda) de una de las mejores películas de la historia del cine. No del cine de terror, del cine a secas. Dirigida por F.W. Murnau, Nosferatu, sinfonía del horror se estrenó en Alemania en 1922. Cincuenta y siete años después, otro valiente (aunque el calificativo le queda corto, y quizás sería mejor llamarlo por lo que realmente es: un loco) se atrevió a realizar una remake de la obra maestra de su compatriota. Nosferatu, el vampiro (1979) es una de las ficciones más importantes de la prolífica carrera de Werner Herzog. Su influencia excede lo cinematográfico, y, en palabras de Herzog, la película funciona como un puente –el reconocimiento de una herencia de la cual enorgullecerse– entre dos generaciones de cineastas alemanas separadas por el período nazi: de un lado los maestros de la década del veinte y del treinta, del otro, los jóvenes realizadores del Nuevo Cine Alemán de los años setenta. Entonces, ni más ni menos, está es la tradición de la que Robert Eggers forma parte a partir de ahora. 1922, 1979, 2024: Murnau, Herzog, Eggers.

Hace más de un siglo que el Nosferatu de Murnau perturba los sentidos de generaciones de espectadores alrededor del planeta. La película ocupa un lugar central dentro del Expresionismo Alemán, aquella corriente cinematográfica que tiene su origen no sólo en la angustia existencial que provocó la Primera Guerra Mundial en el pueblo alemán, sino que predijo también el inminente futuro totalitario que sumiría al país en su período más oscuro. Siegfried Kracauer –autor de “De Caligari a Hitler: una historia psicológica del cine alemán”–, la describió así: «El horror que irradia Nosferatu lo provoca la identificación con la peste. ¿La encarna, o acude a la imagen de ésta para caracterizarse? Como Atila, Nosferatu es un “azote de Dios”, un personaje tiránico, sediento de sangre, una aparición de las regiones donde se confunden los mitos con los cuentos de hadas».

Max Schreck en Nosferatu, sinfonía del horror (1922).

Con sus bosques macabros y neblinosos, sus efectos de fotografía alucinados, su castillo en los Cárpatos, sus puertas que se abren sólo por voluntad del vampiro, su barco embrujado y sus casas en ruinas… Todo esto y más contiene esta historia protagonizada por un joven abogado, su esposa, y un viejo Conde demoníaco. La cual es, lisa y llanamente, una síntesis de “Drácula”, la maravillosa novela de Bram Stoker que los productores de Nosferatu adaptaron sin el consentimiento de Florence Balcombe, viuda y detentadora de los derechos de autor de la obra de Stoker. Hecho que provocaría un juicio, el cual determinaría la quiebra de la empresa alemana que produjo el film, y una orden de destruir tanto las copias como el negativo original de la película. Felizmente la sentencia no se cumplió íntegramente, y diversas copias sobrevivieron en Alemania y otros países de Europa, muchas de las cuales serían rescatadas y preservadas gracias al trabajo que realizó en la posguerra Henri Langlois, fundador de la Cinemateca Francesa y pionero del rescate, la restauración y la conservación de cine mudo. En “Memorias de un cinéfilo: escritos sobre cine (1931-1977)”, Langlois escribe: «Nosferatu es la película muda por excelencia. Ahoga nuestro espíritu crítico, hace aparecer lo desconocido, un universo demoníaco hecho de autosugestión y del pánico que provocan la brujería y el conjuro. Hace que volvamos a ser sensibles a la mentalidad primitiva, al mundo de los espíritus, a las virtudes místicas de los presagios, a la acción de fuerzas malignas inaccesibles a los sentidos, típicas de la mentalidad pré lógica. Resucita en nosotros la creencia en el poder efectivo del deseo. Los espectadores no entienden el espanto que los oprime. No creen en quienes vuelven de la muerte. Sin embargo, no apagarán la luz esta noche a la hora de irse a dormir».

Max Schreck en Nosferatu, sinfonía del horror (1922).

La pregunta que surge es: ¿cómo realizar una remake de una película posiblemente perfecta? Parafraseando a Langlois, se trata de una pregunta típica de una mentalidad lógica (la mía), una falencia de la cual no adolece el gran Werner Herzog, alguien que demostró durante toda su carrera creer en el poder efectivo del deseo. Nosferatu, el vampiro, su versión de la obra de Murnau, no solamente hace honor a la original, sino que utiliza a su favor aquel avance tecnológico que partió en dos la historia del cine. Aquí los actores hablan, y esta es una de las herramientas con que sus intérpretes construyen excelentes actuaciones. El trabajo de Klaus Kinski es soberbio, y su versión del Conde provoca piedad, sin por eso dejar de ser amoral y depredadora. Olvidado en su castillo en ruinas, la maldición del vampiro es soportar una vida eterna de soledad: «Incapaz de morir, el Nosferatu de Kinski debe ser testigo del fin de los tiempos, y nadie puede comprender la absoluta agonía de su separación del resto de la humanidad». La visión del retrato de Lucy (Isabelle Adjani), la esposa de Jonathan Harker (Bruno Ganz), resucita la pasión de Nosferatu por la vida, incluso si es sólo quitarle la vida lo que realmente despierta su entusiasmo. Quizás porque cuanto mayor es la transgresión, más fuerte es el placer que se deriva de desafiar a un Dios que, a pesar de no amarlo, no le permite morir.

Bruno Ganz en Nosferatu, el vampiro (1979).

Pero tal vez lo mejor del Nosferatu de 1979 lo podemos encontrar en la forma en que Herzog introduce temas que son centrales al resto de su obra, como por ejemplo la relación entre el hombre y la naturaleza (o el paisaje, como diría Atahualpa Yupanqui). En este sentido, el viaje que debe realizar Jonathan Harker para llegar al castillo del Conde –a pie, por un largo camino que conduce a un desfiladero atravesado por un rugiente río espumoso, desde donde debe escalar enormes rocas cubiertas de musgo hasta alcanzar una cima que le regala la magia de un atardecer de altura– no sólo tiene un carácter mítico y una atmósfera por momentos surrealistas, sino que pone en escena el profundo deseo que impulsa al personaje. Un hombre solo, contra la naturaleza y lo antinatural, cuya inocencia está a punto de ser consumida una vez llegue a destino. Porque si la condena de Nosferatu es su eterna soledad, la de Harker es precisamente su inocencia, la obstinada confianza en sus superiores, y la fatalidad que conlleva hacer oídos sordos a las premoniciones de aquella esposa que lo ama tanto. Esta es la tragedia del personaje de Harker, que, me arriesgo a decirlo, nunca encontró mejor intérprete que Bruno Ganz.

Dicho esto, llegamos al 2024. Cuarenta y cinco años pasaron desde el estreno de la primera remake. Y si bien hubo grandes películas de vampiros en este lapso –pocas, poquísimas, comparadas con la gran cantidad de basura que año tras año se añade al género– jamás pensé que existiera la posibilidad de que se destinaran cincuenta millones de dólares a la realización de una nueva versión del clásico eterno de Murnau. Porque si bien sabemos que nadie vive para siempre, sí es cierto que se puede morir por una eternidad.

Allá vamos.

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