
En este film con tono francés, pero con escenario en la ciudad de New York tenemos la historia de un gran “perdedor”.
El cine romántico nos ha acostumbrado a finales felices en los que los protagonistas terminan juntos, superando cualquier obstáculo en nombre del amor. Sin embargo, Amantes de 5 a 7 nos muestra una historia diferente: un amor que, aunque intenso, está condenado a ser efímero y claro mucha de su belleza proviene de ese hecho.
La peli nos cuenta la historia de Brian Bloom (Anton Yelchin), un joven escritor que lleva una vida monótona y ordinaria, su carrera como escritor apenas está despegando y pasa sus días escribiendo, buscando su propia voz en el mundo de la literatura, las negativas no son un problema para él, son papel tapiz que le recuerdan que el progreso no es lineal.
Una tarde, durante uno de sus paseos por la ciudad, conoce a Arielle Pierpont (Bérénice Marlohe) una sofisticada mujer francesa que resulta ser mayor que él y que, además, está casada con un diplomático francés.
La conexión entre ambos es inmediata, y aunque en ocasiones parece haber un choque cultural, para ellos se transforma, más bien, en un intercambio cultural y la película usa todos estos elementos representativos de la cultura francesa y obviamente norteamericana para mostrarnos cómo ambos mundos se van volviendo de a poco uno solo. Al principio Brian no concebía la idea de que una relación con una mujer casada pudiera funcionar, Sin embargo, en la cultura francesa que Arielle y su esposo siguen, las relaciones extramatrimoniales son aceptadas siempre y cuando se hagan con ciertas reglas, como, por ejemplo, horarios de visita, apariciones en público, entre otras cosas.

La realidad de Brian se va transformando a medida que la relación con Arielle se va desarrollando. El amor que Arielle siente por él, lo va cambiando, es un amor que lo hace sentir más seguro de sí mismo, que lo hace apreciar la vida desde otra perspectiva. Conforme avanza la historia, Brian comienza a sentir que el horario y las reglas ya no son suficiente, lo que siente por Arielle es más que un simple romance de cinco a siete. Y aunque sabía que rompería todas las reglas del acuerdo con Arielle, decide comprarle un anillo y le pide ser su esposo, un padrastro para sus hijos, el hombre que camine siempre a su lado.
Arielle por otro lado, es una mujer circunspecta, encantadora, diplomática por, sobre todo. Muestra un aire distendido y al mismo tiempo elegante y delicado. Su amor con Brian la vuelve más humana que Diosa, sin dejar de serlo. No es hasta el momento cumbre de la historia que podemos ver un poco desde la perspectiva de Arielle, su amor por Brian, y cuando él decide pedirle que huyan juntos, ella lo considera, porque en efecto todo ese amor desmedido y distendido que siente Brian por ella, Arielle lo siente por él. Por primera vez en su vida, le confiesa a Brian, se siente enamorada… No es que no ame al padre de sus hijos, es sólo que es un tipo de amor diferente. También sopesa el hecho de tener que separarse de sus hijos, cosa por la cual no está dispuesta a pasar, pues rompería a su familia, rompería su palabra, su promesa.
Con el corazón roto, Brian entiende cada palabra que Arielle ha dejado en esa carta de despedida y acepta el hecho de que debe dejarla ir. Eso también es un acto de amor. Gracias a las buenas relaciones con Arielle y su círculo social, Brian logró ganar una amiga y además una editora, quien lo anima a que convierte todo su dolor en algo más que un corazón roto.

Brian no se queda con Arielle, pero consigue su voz y las palabras adecuadas para escribir su primer libro, una novela titulada “La Sirena”. Con estas palabras deja plasmada su historia de amor con aquella sofisticada pero dulce mujer que le enseño que existen tantas otras maneras de amar a alguien, y que en su memoria para su amor permanecerá perfecto en el tiempo. Entonces en la escena final tenemos la respuesta a esa única pregunta que le queda a Brian, si para Arielle él también permanecería perfecto (?).
De manera delicada, Arielle se saca el guante de la mano para dejar ver los dedos de sus manos, especialmente el dedo anular, entonces Brian tiene su respuesta. El anillo que le había dado aquel día estaba justo en su dedo, como una promesa silenciosa, un secreto agridulce que ambos llevarán hasta el día que mueran. Brian no se quedó con la mujer de sus sueños, ni Arielle con el hombre de los suyos. Pero ganaron profundidad y una eternidad.





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