Fernández y la nada. El Dependiente (1969). 

El Dependiente es un retrato descarnado de la mediocridad. Ningún personaje de la película tiene nombre. Ni a Fernández, ni a las Plasini, ni a Don Vila los llegamos a conocer del todo. Estanislao tiene nombre, pero se le niega el apellido por su discapacidad. La identidad está limitada por el contexto y por los rasgos de los personajes.

A simple vista, Fernández y la señorita Plasini son seres humanos comunes. Personas corrientes que habitan cualquier pueblo de Argentina. Sin embargo, la voz narradora que abre la película nos introduce al mundo interior del protagonista: lo único que conoce son las 4 paredes que arman la ferretería. Conoce a Plasini de casualidad: él mismo confiesa que solo pasaba por ahí por estar haciendo un reparto con la chatita, esta funciona como una extensión móvil de la ferretería. De hecho, en su segunda visita a la casa de las Plasini, Fernández se fustiga por la posibilidad de ser descubierto por un auto que pasa por la calle: “¿Qué va a pensar Don Vila?” se martiriza pensando. Don Vila vive para el negocio, y así también debería hacerlo (lo hace) Fernández.

Fernández solo expande su horizonte de esta manera, y las Plasini intentan hacerlo a través de él. Innumerables veces se escucha la pregunta “¿Y la calle? ¿Cómo está la calle?” Fernández suele repetir la pregunta, como haciendo tiempo hasta que se le ocurra que decir: él no es el indicado para responder eso. La hija obliga a la madre a quedarse encerrada, que añora poder volver a caminar por las calles del pueblo. El canal que encuentra para escaparse es la radio. Sin embargo esta también está limitada por la señorita Plasini, que tras la muerte de su padre ha asumido un papel de cabeza de familia. Critica a su madre por el gato, no la deja maquillarse ni tampoco mostrar a Estanislao. La relación de la señorita con su padre es de mucho apego, muy diferente a la de la señora, que recuerda con más escepticismo a su esposo. Para cerrar el círculo, la cámara se mueve de la fotografía del Señor Plasini a la cara de Fernández, mostrando lo parecidos que son. Un plano muy interesante de ese encuentro refleja la sombra del protagonista sobre la silla reclinable que pertenecía al difunto, como señalando su reemplazo, justo después de pedir la mano de la señorita.

La razón de la existencia de Fernández es esperar la muerte de Don Vila para ocupar su lugar. Los pueblos sostienen esa ilusión de la ralentización del tiempo en comparación a las grandes ciudades; o quizá de ciclicidad; o incluso de permanencia. La voz en off nos dice que: “Don Vila vió en él al niño que había sido y Fernández en Don Vila, al viejo que sería.” La única sonrisa sincera de Fernández aparece cuando cree que Don Vila falleció, para ser interrumpido por la voz del anciano pidiendo que lo ayude a abrir la ferretería. La otra escena donde esboza felicidad se puede escuchar en su voz, cuando Don Vila le dice que es lo único que le queda: está imaginando un futuro donde reemplaza al anciano y hereda la ferretería. Entre esto y la similitud física al padre de la señorita Plasini, no le queda nada de su propia existencia a Fernández. A él no le importa, se mueve entre el servilismo y la inmoralidad de desear la muerte de su empleador. De hecho, a la muerte de Don Vila, la corona de flores que (suponemos) corresponde a Fernández dice “Su Empleado”. Un ser sin identidad.

Cuando Don Vila realmente muere, Fernández reacciona con sorna. Una vez afuera de la ferretería, se larga a correr mientras la cámara lo sigue. Este traveling emula al que acompañó al protagonista cuando creyó que el anciano había fallecido. La diferencia ahora es que Fernández corre, como queriendo avisar de la muerte de Don Vila antes que este tenga tiempo de resucitar. Ese miedo también está presente en el entierro de Don Vila: Fernández intenta apurar el proceso mientras que la señora Plasini lo interrumpe repetidas veces.

El epílogo muestra un panorama desolador, y Fernández lo ve exactamente como nosotros, la audiencia. Su primer contacto con la vida como “dueño” de la ferretería es una reprimenda de la señorita Plasini, que ha tomado decididamente el lugar de Don Vila. Fernández, condenado a una repetición incesante de “una ramita de perejil”, de preguntar si hay pedidos para salir un poco del encierro con la chatita, de ponerle un poco más de sal a la sopa; decide romper el círculo y salir por arriba: un suicidio/homicidio silencioso, al que a nadie del pueblo le importa o le importará. Más importante es escuchar a la banda tocando en la plaza, que no ocurre todos los días.

Párrafo aparte para el laburo con la cámara de Aníbal Di Salvo. En un tiempo en el cual la tecnología era una limitación importante, la habilidad técnica permite cerrar con ese traveling que nos muestra el adentro y el afuera de la ferretería sin montaje. Hablando sobre esta secuencia, Favio cuenta: “[...] cuando me metí ahí tenía un sueño, era prolongar la muerte de ellos dos [...] unificar la muerte de ellos dos dentro del sótano. Luego salir con la cámara [...] recorrer toda la ferretería, posteriormente salir, y hacer un recorrido por el pueblo.” Di Salvo le dijo, “se puede” y el resto es historia (o película).

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