Un grotesco singular 

Leo de un tirón Un brindis por San Martiniano, un librito reciente que transcribe el discurso que Albert Serra pronunció para inaugurar las fiestas de San Martiriano en Banyoles (Girona), de donde es oriundo el cineasta catalán. Es un pregón en el que partiendo de sus conexiones estéticas y espirituales con la Fiesta, Serra aprovecha para fluir entre la autobiografía, las anécdotas y un ensayo de definición de su singularidad estética. Es muy genial y muy emocionante este librito, que me dejó en un estado de felicidad después de leerlo. Lo editó la editorial Hurtado & Ortega en Cataluña, dentro de una colección de concepto muy curioso (y aire oulipiano) que consiste en publicar libros con algún número en el título y asignarle a dicho título ese número en la colección, lo que le asegura así permanecer abierta e incompleta hasta el fin de los tiempos. Al de Serra (un brindis) le corresponde entonces el número 1.

¿De qué le habla Serra al pueblo que se prepara a vivir esta fiesta, una de las más tradicionales y populares del territorio de Cataluña? El cineasta empieza por algo muy concreto, tomando dos elementos que se desprenden de la superficie misma del contexto en el que le toca hablar. Está la fiesta y está Banyoles, dice Serra, y esas son dos cosas que han influido enormemente en mi vida. De Banyoles Serra extrae la importancia del ritmo (esta tampoco es la palabra exacta, es algo más elemental y profundo) de la vida de la ciudad chica como contraste a las formas que tiene la gran ciudad de organizar la vida del individuo. “El corazón de la gran ciudad es caótico y su fundamento psicológico, la intensificación de la vida nerviosa, la sucesión rápida, ininterrumpida, de impresiones externas e internas que son difícilmente gestionables para una persona, para un individuo”. Esta descripción se podría simplificar por otra más rotunda que Serra toma de Houellebecq: son máquinas de destruir el amor. De esta vida nerviosa y la incapacidad del individuo para gestionarla se promueve con mayor energía el tedio, enemigo absoluto de Serra (que en otra parte dice de alguna de sus películas que más allá de buena o mala, por lo menos no era aburrida). Serra, gran lector (comparte la idea de que ser rico es poder comprar todos los libros que uno quiera e idolatra al diseñador de modas Karl Lagerfeld por haber poseído la biblioteca personal más grande de Europa), dialoga en estas ideas con algunos escritores notables de la ciudad como Georg Simmel y Walter Benjamin, cuya lectura tiene asimilada y puede evocar sin detenerse a rastrear la cita. Serra vuelve a su biografía para concluir que el secreto durante su vida como habitante de Barcelona y sus ocho años como estudiante de sus universidades debe haber sido que en dicho tiempo nunca se relacionó con persona alguna dentro de sus claustros. De verdad nunca, nadie: se dedicaba a leer y a aparecer en la facultad apenas si había que rendir exámenes (la historia del azar por el que finalmente obtiene su título de Filología, en la que Serra ve una fábula sobre la resolución, es hilarante).

¿Y qué le ofrece Banyoles, la ciudad chica, a un individuo de las ambiciones radicales de Serra? Para volver soportable el tedio, el spleen, la gran ciudad inventa la razón, y esta razón de la gran ciudad convierte las relaciones “en unas relaciones más bien intelectuales, es decir, marcadas por el interés. Las personas se transforman, se vuelven indeferenciadas y se las valora solo por su prestación objetiva”. En los pueblos esto es diferente porque desaparece esa necesidad de gestión de la vida nerviosa y esto permite el desarrollo de otro tipo de emoción: “Esa es la gran diferencia, esas relaciones intelectuales basadas en el interés contrapuestas a las relaciones emocionales basadas probablemente en pulsiones irracionales, más esenciales, más instintivas, más soberanas, que son propiamente las formas de relación de la vida en los pueblos”.

Del reconocimiento de esta batalla entre el afán de precisión y ordenamiento racional de la vida en las grandes ciudades (cuyo Dios se llama para Serra economía monetaria) contra otra fuerza más pulsional, instintiva, posibilitadora de relaciones más profundas, surge como bandera la figura de la fiesta, “esta perturbación que suponen las fiestas, que es el elemento lúdico”. Serra nombra al elemento lúdico como un núcleo esencial de sus horizontes estéticos y de sus formas de aspirar a invocarlo en el ámbito específico del cine surge algo así como una explicación de su teoría estética. Que por otra parte es bastante clara, ya que Serra la comunica con algo de estrategia lógica (y aprovecho este paréntesis para recordar la pasión de Serra por el ajedrez y recomendar su extraordinario texto sobre la partida Kramnik-Anand de 2009, publicado en La Vanguardia). Hay una posibilidad material, la de las tecnologías digitales que le permitieron en un inicio rodar y editar con escaso dinero, hacerlo por uno mismo y por fuera de las grillas tradicionales de rodaje, abriendo el rodaje a esas otras formas de fraternidad asociadas al ánimo lúdico. Y hay una ambiciosa idea sobre el concepto de ficción, a la que la especificidad del cine (su particular encabalgamiento con la realidad) le da una fuerza singular, y cuya metáfora es la noche, lugar que significa para Serra una posibilidad de discontinuidad con la vida diurna, aparición de nuevas relaciones e individuos que se revelan radicalmente otros a los que identifican con su imagen pública durante el día.

El digital le permite a Serra poner al rodaje del lado del derroche y este derroche acaso permita que el rodaje sea la noche, conjurando el cine bajo el “paraguas psicológico nocturno”. La ambición que introduce Serra en la ficción, tradicionalmente entendida como una representación de la realidad en la pantalla, una representación que organiza esa realidad de maneras acotadas y del que resultan sus “imágenes de dos dimensiones”, es una inversión en ansias del anhelo por que sea en cambio la vida de la pantalla la que escape de ese marco y se introduzca a su regreso en la vida (recuerda como anécdota lo difícil que fue para todos los involucrados en la película volver a la realidad luego del rodaje de Liberté, y la curiosidad de que ocho de ellos terminaron con sus parejas). El cine al que dice aspirar Serra no es la imagen de dos dimensiones de la ficción convencional sino en sí mismo “una forma de generar realidad”, sostenida en el espíritu lúdico y concebida como un acto estético y político, “subversivo en el fondo, hecho de elementos inaceptables dentro de la normalidad, por extravagantes en el comportamiento o por inmorales, y eso solo se puede hacer dentro de la burbuja del rodaje”. ¿Vendrán de ahí entonces los rasgos más perdurables, difíciles de nombrar de sus películas, la misteriosa naturaleza y textura de su presencia, su imprevisibilidad constante, sus diálogos entre fraternos y delirantes, esos viajes y encuentros (“caminos fantásticos y arabescos hechos de una mezcla de gracia natural y melancolía”, según los describió una vez Álvaro Arroba) de un magnetismo que no necesita ordenar sus ritmos ni esclarecer su contexto?

Todo esto puede resultar un poco teórico y Serra no es de los que sientan vergüenza por hablar de la fuente conceptual de su cine. Pero al fin y al cabo lo que más se disfruta del libro es cómo este ensayo estético no deja de formar parte de las cualidades que uno también pondría del lado del elemento lúdico. El encanto está en cómo este pregón que ahora nos llega por escrito es capaz de preservar en sus especulaciones estéticas y biográficas la vitalidad del discurso oral y espontáneo. Aquí también se trazan los arabescos que hacen fluir lo sofisticado y lo humorístico en un mismo movimiento.

Y como dije al principio, es también un libro muy emocionante. Después de leerlo, me quedó la idea de que Serra debe ser un tipo que cuando se encariña con alguien debe ser un amigo de fierro, y que no deberíamos olvidarnos que al final es un pícaro de pueblo. No estaba preparado para verlo desembocar en una verdadera carta de amor a Lluís Carbo, uno de esos individuos comunes de la vida de Banyoles que se terminó convirtiendo en un miembro inolvidable de la troupe creadora de sus películas. Para los que empezamos a ver cine en el siglo XXI será difícil disociar su presencia de la imagen que nos hagamos del Quijote, a quien encarnó en Honor de cavalleria y cuya presencia en ella nos permite además creerle sus teorías a Serra, sin ser del todo el Quijote ni del todo Lluis Carbo es una presencia que irradia otra realidad. De apenas una pieza del anecdotario aparentemente legendario de Carbo (y cuya cumbre parecen haber sido dos visitas al Festival de Mar del Plata), Serra toma una última idea importante, una imagen y una celebración del tipo particular de grotesco que expresa que “solo se llega lejos con el elemento lúdico y con el concepto de lo festivo cuando esta frontera se desdibuja un poco y permitimos, entre todos y con un espíritu de fraternidad, que eso suceda”. En la anécdota de la que se desprende esta idea hay una escultura de Lluis Carbó atravesado entre los cipreses del Club de Tenis de Banyoles, y que Serra con deber cívico le propone erigir al alcalde. La concreción de la estatua tampoco es indispensable porque en este libro ya la esculpió la literatura, pero qué gracia sería verla cuando al fin asistamos a San Martiriano.

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