Recientemente se estrenó en cines argentinos Implacable (Absolution), la enésima película con Liam Neeson en plan justiciero, aquí como un matón que comienza a tener problemas de memoria y quiere resolver todos sus conflictos, especialmente los familiares, antes de que su cabeza lo disocie absolutamente. Este policial, que parece otro policial más de los tantos que Neeson viene filmando desde Búsqueda implacable (Taken) sin embargo genera nuestra curiosidad por cuanto es una nueva sociedad con el noruego Hans Petter Moland, con quien el actor estrenó en 2019 la comedia negrísima Venganza, uno de los puntos altos en la filmografía última del protagonista de La lista de Schindler (Schindler’s list). Pero lejos del sentido del humor que la dupla imprimió en aquel film y de la violencia caricaturesca que albergaba, Implacable es un policial que se pretende crepuscular, aunque termina siendo aburrido, estirado, repetitivo, sin la más absoluta gracia, incluso caprichoso en la aparición de algunos personajes que parecen estar ahí para sumar algún tipo de conflicto. Uno cree que tal vez el problema aquí sea que la película precisaba un director con timing para las historia de antihéroes nobles, pero Hans Petter Moland está más cerca de un misántropo al que le cuesta expresar en un sentido clásico los conflictos humanos y emocionales. Implacable termina siendo, por lo tanto, absolutamente innecesaria.

Pero como decíamos, Moland estrenó en 2019 Venganza (Cold pursuit), cuyo título en inglés quiere decir algo así como Persecución en frío y que era a su vez una remake de un film noruego, también dirigido por el propio Moland, que se llamaba en el original Kraftidioten (Idem), algo así como El idiota del poder, según el Google Translate. Ese título nórdico, si bien esconde un juicio de valor, es mucho más preciso con el universo que retrata, un mundo de padres vengativos y mafiosos de poca monta que son entre ridículos y absurdos. La mezcla de sangre y nieve nos hace recordar indudablemente a Fargo (Idem) de los hermanos Coen, o incluso a Un plan simple (A simple plan) de Sam Raimi, policiales morales con los que Venganza tiene un lazo fundamentalmente estético, ya que la moralidad de aquellas películas es aquí retorcida en post de rizar el rizo de una serie de movimientos en falso que van dando los personajes. En concreto lo que tenemos es a un padre que se dedica a palear nieve en un pueblo de Estados Unidos y que, tras la muerte de su hijo, comienza a buscar venganza mientras se va metiendo en una trama que involucra a mafiosos, matones y unos nativos que mezclan lo espiritual con lo gangsteril. Los cadáveres se van acumulando descaradamente, los crímenes adquieren cada vez aspectos más absurdos y la película va modificando su tono, divertida, como jugando con las expectativas del espectador que va a ver una de Liam Neeson. Sin dudas que el comienzo, con una cita a Oscar Wilde, no ayuda en lo más mínimo para acomodarse a lo que la película propone.
A partir del éxito impensado de Búsqueda implacable, Liam Neeson consiguió un segundo aire en su carrera cinematográfica, como héroe de acción en la vieja tradición de los vengadores. Claro que luego, a partir de la colaboración con directores como Jaume Collet-Serra o Robert Lorenz, también encontró variantes de ese personaje arquetípico: un tipo recto, aunque sea un antihéroe, un tanto osco, y en ocasiones acercándose a lo crepuscular en el último gran acto de su vida, incluso el inocente hitchcockiano involucrado en situaciones que lo superan. Un tipo de héroe que va de John Wayne a Clint Eastwood, que rozó por momento la vertiente justiciera de Charles Bronson, pero que siempre tuvo la nobleza de entregar más o menos lo que el espectador esperaba. Es cierto que alrededor de Neeson hay una falsa verdad acerca de que todas sus películas son iguales o que persiguen un mismo objetivo. Si bien es cierto que para alguien que tiene una filmografía profusa en esta década y media, con años en los que ha estrenado hasta cuatro producciones, y con nueves películas actualmente en etapa de preproducción, van a haber películas buenas, regulares y malísimas. Si algo podemos cuestionarle al bueno de Liam es que no tiene con la elección de proyectos la misma precisión que para cazar villanos. Pero, como decíamos, en el panorama de películas más o menos parecidas, más o menos cortadas con la misma tijera, más o menos con las mismas intenciones de apuntar al mismo público, Venganza es otra cosa. Y no por ser otra cosa es buena, sino que es buena porque resulta autoconsciente respecto de la tradición que impone y original a la hora de torcer ese destino de descarte que parece precederla.

Como decíamos, Venganza comienza con una cita a Oscar Wilde, con una música machacona, con unos planos contemplativos del paraje nevado, lo que parece introducirnos en un film pretencioso, más cercano a la poética de la miseria que los escandinavos han sabido exportar hacia el mundo. En sus primeros minutos, la película avanza con la presentación de personajes y nos pone a Nels Coxman (Neeson) como un vecino ejemplar que incluso es premiado por su contribución a la sociedad. Un detalle que puede ser una curiosidad, una demostración del humor pavo de Molan o una simple casualidad: el protagonista de la original, interpretado por Stellan Skarsgård, se llamaba Nils Dickman, mientras que Neeson en la remake se apellida Coxman, que suena a coxis de la misma manera que Dickman suena a… Bueno, ustedes saben. En fin, que el buen ciudadano de Neeson más pronto que tarde comenzará a eliminar gente en la búsqueda de descubrir quién mató a su hijo. Esos primeros minutos, que nos preparan para algo mortuorio, rápidamente viran hacia una narración jocosa, de comedia negrísima, que acumula personajes absurdos y situaciones sin sentido un poco como los Coen, pero sin la apuesta por el existencialismo de los hermanos. Lo que hace Molan al poner a Neeson en ese personaje, es divertirse con una versión hiperbólica del padre de Búsqueda implacable, que no para de ocultar cadáveres bajo la nieve, retorciendo la idea angelada de la justificación de la justicia por mano propia. Y ya que hablamos de los Coen, cuando Coxman quede en medio del fuego cruzado de una serie de mafiosos, será como una versión armada hasta los dientes del Dude de El gran Lebowski (The big Lebowski).
De la misma manera que la película de Moland se inscribe progresivamente entre los márgenes del neo-noir, también va ingresando en ese espacio gris donde el gesto requiere cierto freno para no pasar a otro nivel, que es el de la canchereada, el del exceso de cinismo que vuelva imposible la conexión entre el espectador y lo que se cuenta, y donde el autor parece mirar todo desde arriba, con algo de desdén por los personajes. Algo de eso hay en Venganza, con el director dispuesto a hacer una de más hasta en el mismísimo último plano (un chiste divertido pero innecesario), pero también es cierto que la presencia magnética de Neeson (que indudablemente se divierte jugando con lo que su presencia significa) impone otra intensidad, otra lógica, que es la del heroísmo clásico. Si bien su personaje comienza a estar menos presente a medida que avanza la película y el resto no está en su misma sintonía, Moland nunca pierde de vista que es el elemento Neeson el que le sirve para el zigzagueo constante que propone. Sin Neeson, y todo lo que lo precede, la película podría ser otra muy diferente.



¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.