El Gato con Botas: El Último Deseo 2 – El Precio de la Libertad 

El Gato con Botas había vencido a la Muerte. Había recuperado su novena vida, reconectado con Kitty Patitas Suaves y encontrado una nueva familia en Perrito. Ahora, con una segunda oportunidad en sus patas, navegaba rumbo a Muy, Muy Lejos para reencontrarse con sus viejos amigos, los ogros reales y, quizás, con su antiguo rival, Shrek.

Pero la vida del Gato nunca ha sido tranquila. La fama lo precede, y donde hay una leyenda, hay quienes buscan desafiarla. Apenas pusieron un pie en el reino, ya eran el centro de atención. Los rumores de su victoria contra la Muerte habían viajado más rápido que el viento, atrayendo la atención de poderosos enemigos… y de un ser que conocía su pasado mejor que él mismo.

Mientras el Gato disfrutaba de su nueva vida sin miedo, una sombra del pasado acechaba en las calles de Muy, Muy Lejos. Alguien que había esperado años por este momento. Porque, aunque la Muerte lo había dejado ir, otros aún querían reclamar lo que creían suyo: el alma del Gato con Botas.

Sin darse cuenta, su última vida ya estaba en peligro. Y esta vez, no habría una estrella de los deseos para salvarlo.


El barco llegó al puerto de Muy, Muy Lejano en una cálida tarde dorada. Las gaviotas volaban sobre los mástiles mientras los ciudadanos del reino se agrupaban en el muelle para ver llegar a los recién llegados. Gato, con su característico porte arrogante, saltó del barco con un giro acrobático, aterrizando con elegancia en el suelo empedrado.

—¡Ah, Muy, Muy Lejano! ¡Hogar de grandes héroes, épicas aventuras y, por supuesto, un pequeño y modesto ogro llamado Shrek! —exclamó, ajustándose el sombrero.

Kitty bajó tras él con un salto ágil, mientras Perrito tropezaba al intentar seguirlos.

—¿Crees que Shrek estará feliz de vernos? —preguntó Perrito, moviendo la cola emocionado.

—¡Por supuesto! —respondió el Gato—. Bueno… tal vez. Quizás. De hecho, ahora que lo pienso, la última vez que lo vi, amenacé con hacerle sombra con mi heroísmo…

Kitty resopló.

—O sea, que podríamos ser bienvenidos con abrazos… o con una puerta cerrada en la cara.

Gato se encogió de hombros con una sonrisa confiada y comenzó a caminar hacia la ciudad, sin notar que en los callejones oscuros, unos ojos lo observaban con atención.

Esa noche, tras un reencuentro con Donkey y una cena llena de cuentos exagerados sobre sus hazañas, Gato se separó del grupo para dar un paseo por las calles silenciosas. Amaba la noche. La calma, la brisa fresca y el sonido de sus propias botas resonando sobre el empedrado le recordaban sus días de juventud.

Pero entonces, lo sintió. Una presencia. Un escalofrío recorrió su espalda. No era la Muerte… pero era algo muy parecido.

—Mucho tiempo sin verte, viejo amigo… —susurró una voz desde las sombras.

Gato se giró en un instante, desenfundando su espada con reflejos felinos. Allí, de pie bajo la tenue luz de un farol, estaba un gato negro de pelaje lustroso y ojos verdes resplandecientes.

—¿Quién eres? —preguntó Gato con el ceño fruncido.

El otro gato sonrió, mostrando colmillos afilados.

—¿No me recuerdas? Solíamos correr juntos, antes de que te convirtieras en leyenda. Antes de que fueras el famoso Gato con Botas.

Gato entrecerró los ojos. Algo en esa voz le resultaba familiar, pero no podía ubicarlo en su memoria.

—Debes disculparme, he tenido muchas aventuras y muchos enemigos. Si buscas venganza, ponte a la fila.

El gato negro soltó una risa oscura.

—No busco venganza. Busco lo que me robaste.

Antes de que Gato pudiera reaccionar, la figura se movió a una velocidad sobrehumana. Su espada voló de sus patas, chocando contra una pared, y un segundo después, el otro gato estaba a su lado, sujetándolo por el cuello con una fuerza inhumana.

—Tienes algo que me pertenece, Gato con Botas.

Gato forcejeó, pero la presión en su garganta lo hacía difícil.

—No sé de qué hablas… —logró decir con dificultad.

El gato negro lo soltó de golpe, dejándolo caer al suelo.

—Tu última vida.

El silencio se hizo en la calle. Gato tosió y se puso de pie lentamente, sin apartar la mirada de su misterioso oponente.

—Explica eso, pero que sea algo que no me haga darte una patada en el hocico.

El gato negro sonrió.

—Antes de que te convirtieras en leyenda, éramos dos. Un dúo de forajidos. Pero un día, hiciste algo que no debiste. Me vendiste. Literalmente. Me entregaste para salvar tu propio pellejo.

Gato sintió un nudo en el estómago. Ahora lo recordaba.

—No puede ser… ¿Eres… Sombra?

El gato negro inclinó la cabeza.

—Al menos tienes buena memoria.

Sombra había sido su compañero en sus primeros días de aventuras. Eran inseparables… hasta que Gato, en una situación desesperada, lo había entregado a unos mercenarios a cambio de su libertad. Había pensado que nunca lo volvería a ver.

—Yo… pensé que habías muerto —dijo Gato en voz baja.

—Casi —respondió Sombra—. Pero sobreviví. Y mientras tú te convertías en leyenda, yo aprendí otros trucos. Trucos que me permitirán hacer lo que la Muerte no pudo: quitarte esa última vida.

Gato tomó su espada y se preparó para pelear.

—Si quieres mi última vida, tendrás que pelear por ella.

Sombra sonrió.

—Eso es exactamente lo que planeo hacer.

La pelea comenzó con un destello de acero y furia felina. Gato con Botas estaba acostumbrado a ser el más rápido, pero Sombra era igual de veloz, si no más. Cada golpe, cada giro, cada zarpazo era respondido con una precisión inquietante.

Pero Gato no estaba solo. Kitty y Perrito, alertados por el ruido, llegaron corriendo justo cuando Sombra estaba a punto de dar el golpe final.

—¡Nadie toca a mi gato! —gritó Kitty, lanzándose a la pelea.

Perrito, aunque pequeño, mordió la cola de Sombra con tanta fuerza que lo distrajo por un segundo. Gato aprovechó la oportunidad y, con un salto acrobático, desarmó a su enemigo.

Sombra cayó al suelo, jadeando.

—Esto… no ha terminado —dijo con una sonrisa temblorosa.

Gato se acercó, pero en un parpadeo, Sombra desapareció en las sombras de la ciudad.

Gato guardó su espada y suspiró.

—Parece que esta última vida va a ser más interesante de lo que pensaba.

Y con eso, su nueva aventura apenas comenzaba.

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