Bueno, yo no soy un experto en historias, cuentos, relatos ni películas, pero creo que la razón principal por la que todos buscamos un final especialmente feliz tiene un origen ancestral.
Históricamente, los cuentos que se han venido contando a los niños en los pueblos de generación en generación han servido para avisar de posibles peligros a los que podían enfrentarse, así como para formar en valores. Por ejemplo, el famoso cuento del lobo feroz y caperucita —ambientado en el bosque—, fue creado para advertir a los niños de los múltiples peligros que entrañaba adentrarse en el bosque.
Además, fueron imaginados para intentar ordenar la sociedad por medio de valores positivos —los valores son principios, virtudes o cualidades que guían la actuación de una persona en su caminar por el mundo— relacionados con la generosidad, la amistad, el respeto, la fuerza de voluntad, la honestidad, la valentía, la autoestima, la humildad, la prudencia o la gratitud. Todos ellos contienen una moraleja.
Una moraleja? ¿Qué es una moraleja?
—Sí, efectivamente, una enseñanza. La moraleja es una enseñanza. Tiene que ver con la moral. La etimología de la palabra nos da una pista. Proviene del latín “moralis” “morale” (juicio moral). Por lo tanto, una moraleja es una enseñanza, tras la conclusión de la historia, el relato o el cuento que hemos escuchado.
—Por lo tanto, el deseo de ver en qué queda una película provendría del anhelo infantil de conocer la sentencia moral de la historia, el relato o el cuento que hemos escuchado.
—Elemental, mi querido Watson. Yo estoy convencida de que llevamos en nuestro ADN la programación ancestral del aprendizaje por medio de estos recursos didácticos. De ahí que, cuando empezamos a ver una película, aunque sea un rollo, queremos verla hasta el final para conocer su desenlace, la enseñanza que nos quiere trasladar.
—Y, oye, ya metidos en materia: ¿Por qué crees que todos los cuentos, historias y relatos tienen siempre un final feliz?
—Bueno, no siempre. El famoso cuento contemporáneo de “El patito feo”, escrito por el escritor y poeta danés Hans Christian Andersen, que describe la historia de un patito más grande, torpe y feo que sus hermanitos, pero que al crecer se convierte en un bello cisne, no termina precisamente con un final feliz.
—Sí, es verdad. Me parece recordar que finaliza pasando al lado de su familia, mirándola con desprecio y soberbia.
—Equilicuá. Y ahora viene mi gran pregunta: ¿Cómo te gustaría que terminara mi historia?
—¡Hombre, qué cosas tienes! Pues… ¡Con un final feliz!
—Déjame que te diga que cualquier historia, relato o cuento contiene una trama que describe estereotipos humanos, unos representado al mal y otros al bien; a la envidia o a la generosidad; a la tristeza o a la alegría; al miedo o a la valentía; a la ira o a la serenidad; a la soberbia o la humildad; a la confianza o la desconfianza; a la gratitud o a la ingratitud, todos esos elementos son importantes para describir una trama bien sean con un final feliz o no.


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