Brady Corbet, director de El brutalista, entiende que la arquitectura y el cine son “formas de expresión artística que requieren una cantidad extraordinaria de participación de otras personas, colaboración y mucho dinero”, por lo tanto, comportan procesos similares. La arquitectura será uno de los elementos clave en el desarrollo de este proyecto fílmico.
El brutalismo, estilo arquitectónico del que deriva el nombre de su filme, surgió en la década de 1950 en Reino Unido, como parte de la reconstrucción de posguerra. Se caracteriza por despojar a sus estructuras de todo diseño decorativo y dirigirse a lo esencial, trazar la identidad de una estructura sin ornamento ni oropel. A su vez, evidencia los materiales de construcción de forma cruda, habitualmente hormigón o ladrillo expuesto, aunque también pueden aparecer el acero, la madera y el vidrio; por lo general es monocromático, evitando la pintura; asimismo, se destaca por sus formas geométricas angulares -algo que ya encontraremos desde el propio afiche de la película hasta sus créditos iniciales-.
Corbet logra convencernos -sin decirlo, sin utilizar esa argucia narrativa que vemos tantas veces- de que los hechos relatados en su filme están basados en una historia real. Es tal la complejidad y la naturalidad que logra, y la convicción con la que narra, que nada parece ser producto de la mera ficción. Sin embargo, lo es. László Tóth, su personaje central -¡y vaya si es central en esta historia!- no existió como tal, si bien está basado en dos arquitectos judío-húngaros contemporáneos: Marcel Breuer y Erno Goldfinger (también fueron considerados, como inspiración, otros arquitectos y diseñadores, como Paul Rudolph, Ludwig Mies van der Rohe, László Moholy-Nagy y Louis Kahn).
Tampoco el edificio en torno al cual gira buena parte de la acción de El brutalista existe como tal. Está basado en el complejo arquitectónico desarrollado por Marcel Breuer en Collegeville, Minnesota, finalizado en 1961. Con la posibilidad de albergar hasta 1.700 personas, consta de una iglesia, una biblioteca, una ala de dormitorios, un departamento de ciencias y un centro de investigación ecuménica. En el distrito de Doylestown, Pensilvania, donde se desarrolla parcialmente la trama del filme, no existe ninguna iglesia ni edificación de estilo brutalista similar a la que proyecta y construye László Tóth para la ficción.
László Tóth (un monumental Adrien Brody), nuestro brutalista, es un judío-húngaro sobreviviente de la Shoá, más específicamente, del campo de concentración de Buchenwald, quien llega a los Estados Unidos en 1947 y se dirige a Filadelfia, la mayor ciudad del estado de Pensilvania, a encontrarse con su primo Attila (Alessandro Nivola), único pariente al que puede recurrir en busca de la indispensable ayuda inicial para comenzar una nueva vida en “el país de las oportunidades”. El inicio del filme ya nos dejará claro que nada será sencillo para László: lo seguiremos estrechamente -entre cuerpos y maletas que se atraviesan, se pechan, se amontonan, intentan respirar, intentan ver la luz- desde la bodega hasta la cubierta del barco; al llegar a ella se topará con el símbolo: la Estatua de la Libertad. La alegría será tan inmensa como ella; sin embargo, esa “libertad iluminando el mundo” no aparecerá nunca en su verticalidad habitual: la veremos invertida, la veremos de costado, la veremos moverse, inestable. El mundo de László no se verá iluminado, la libertad no será tan ancha como imaginaba.
Más allá de su alegría inicial, también por la noticia de que su esposa Erzsébet ha sobrevivido y se encuentra en Europa, junto a su sobrina Zsófia, esperando noticias suyas, las primeras impresiones sobre la vida de su primo en aquel país lo desestabilizan aún más: posee una empresa con un nombre falso, el mismo por el que se hace llamar, un nombre “norteamericanizado”, se ha casado con una mujer católica, ya no asiste a la sinagoga... A esto se sumará el lugar del que dispondrá aquel para que László se aloje dentro de su casa o, mejor dicho, su negocio, y el tratamiento que le otorgará como empleado de su firma de elaboración de muebles. Para el recién llegado ya nada es como era -nazismo, holocausto y después-, ni lo será. Los inconvenientes con su inescrupuloso pariente se incrementarán.
László Tóth es un arquitecto egresado de la renombrada e innovadora Casa de la Construcción Estatal, o como se la conoce habitualmente: Escuela de la Bauhaus. Antes de que el Tercer Reich entendiera que sus obras eran “poco germánicas”, lo alejara de su profesión y posteriormente lo enviara a un campo de concentración, sus trabajos ya habían tenido cierta repercusión en Europa, por lo que con algo de investigación se podían hallar fácilmente referencias a sus obras. Esto es lo que encuentra un extraño y enigmático multimillonario con aires de intelectual que, tras negarse a pagar un trabajo de rediseño espacial en su mansión, realizado por Tóth para la empresa de su primo, volverá sobre sus pasos, reconocerá su valía, lo resarcirá y lo seducirá para trabajar para él en un tremendamente ambicioso proyecto comunitario en memoria de su madre.
A través de los contactos que le otorga su poderío económico, este hombre llamado Harrison Lee Van Buren (un exquisito Guy Pearce) logrará agilitar los trámites para que su esposa y su sobrina puedan reunirse con László. Asimismo, le otorgará la dirección creativa de ese proyecto en el que invertirá una fortuna. László asumirá la empresa como la oportunidad de realización y crecimiento que estaba esperando. Parte de su vida -en términos de tiempo, en términos de salud, en términos de dignidad- quedará inscripta en él. Su involucramiento trascenderá los límites del dinero, de lo laboral, de lo profesional. Sus heridas diseñarán los planos, establecerán los pilares del lugar y tallarán el hormigón.
Para ese entonces, László Tóth ya es un heroinómano. Soportar la carga del trauma en un lugar que a su vez le resulta inhóspito no es una tarea sencilla. Se ve discriminado, le hacen sentir que molesta -hasta su propia familia lo rechaza-, no logra vivir su judaísmo con la libertad que pretende, la idea de la conversión le resulta una afrenta, el progreso económico se tarda... A ello sumará la noticia, recién al verla, años después de su llegada, de que su esposa, debido a la osteoporosis ocasionada por el hambre, ya no camina. Incluso su sexualidad se verá afectada (detalle nada menor en el que Corbet repara con acierto en más de una ocasión, algo infrecuente en el cine que involucra a sobrevivientes de lo atroz), lo que dificultará aún más el vínculo con Erzsébet (Felicity Jones cumpliendo su rol acertadamente); vínculo ya condicionado tanto por el tiempo transcurrido como por las dolorosas experiencias acumuladas.
La epopeya se define como un poema extenso que relata las hazañas de un héroe o algún hecho sobresaliente en un estilo noble y excelso, en el que suelen intervenir elementos sobrenaturales o maravillosos. También como un conjunto de acciones y trabajos memorables dignos de ser cantados/contados de forma épica. Esa es la forma y el tono que elige Brady Corbet (Scottsdale, Arizona, 1988; Vox Lux: el precio de la fama, La infancia de un líder) para contar El brutalista, un filme dividido en dos partes [“El enigma de la llegada (1947-1952)” y “El intenso núcleo de la belleza (1953-1960)”], con una obertura y un epílogo (ubicado en 1980), y que cuenta con un Intermedio, tanto en su versión cinematográfica como en su versión para la pantalla chica.
El héroe elegido es László Tóth y las “hazañas” relatadas abarcarán más de 30 años de su vida, años a los que podríamos sumar los referenciados como parte de su pasado. Sin embargo, y este es uno de los aspectos a destacar de El brutalista, esta no será una historia de resiliencia y superación como las que solemos observar, esta será una historia dura, oscura, dolorosa, de profunda tristeza por momentos. “El país de las oportunidades” también será el del acoso, la segregación, la necesidad de ocultamiento, la vejación. Aquí, la épica también dará lugar a la intimidad y al sufrimiento, no todo irá en ascenso, aun estando en construcción. Los retrocesos y el estancamiento formarán parte del proceso. La vida misma.
Sin duda, Corbet hace una apuesta audaz, poco convencional, poco habitual -su propia duración lo demuestra-, y allí reside gran parte de su valor. El brutalista es imprevisible en muchos pasajes, es enigmática, es laberíntica. Tal vez peque de demasiado racional en toda su estructuración y le haya dejado poco lugar a la emoción, algo que quizá comparta con el estilo arquitectónico sobre el que trabaja. Tal vez peque de solemnidad en otros tramos. Pero hay cierta extrañeza, cierto misterio que la vuelven atractiva y honda. El brutalista nos incomoda y ello siempre es necesario para cuestionarnos. Sin duda, Corbet apunta a la grandeza, aquí no hay falsa modestia, ni modestia. En buena parte, lo logra; en otros momentos, asoma reiterativo y parece regodearse en su pretenciosidad.
Pero aquí todo está en edificación: la “América” moderna está en construcción, la nueva vida de László Tóth está en construcción, el Estado de Israel está en construcción -y aparece como el único refugio posible ante tanto desasosiego y menosprecio alrededor-, el complejo edilicio comunitario, con soberbia cruz incluida, se encuentra en permanente construcción... La igualmente gigante banda sonora de Daniel Blumberg lo reflejará a cabalidad: escucharemos los golpes, los encastres, el movimiento de los hombres, los hierros, las soldaduras, el hormigón, el tránsito, las frustraciones y la esperanza. El amor parece haber quedado en un rincón; tal vez logre hacerse espacio. Tal vez no.

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Ficha técnica
Título original: The brutalist
EE. UU./Reino Unido/Canadá, 2024, 214 min.
Dirección: Brady Corbet
Producción: Brady Corbet, Nick Gordon, Andrew Lauren, Trevor Matthews, Andrew Morrison, Brian Young
Guion: Brady Corbet, Mona Fastvold
Fotografía: Lol Crawley
Música: Daniel Blumberg
Edición: Dávid Jancsó
Elenco: Adrien Brody (László Tóth), Felicity Jones (Erzsébet Tóth), Guy Pearce (Harrison Lee Van Buren), Joe Alwyn (Harry Lee), Raffey Cassidy (Zsófia), Stacy Martin (Maggie Lee), Isaach De Bankolé (Gordon), Alessandro Nivola (Attila)




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