¿Por qué El brutalista es tan pretenciosa? Spoilers

El brutalista (2024) es una de esas películas que exigen atención y lo hace con un estilo que roza lo absurdo. Desde su elección de cámaras VistaVision hasta su proyección en 70 mm, con una gran obertura e intermedio incluidos, este filme exhibe sin tapujos sus pretensiones como un distintivo de honor. Es grandiosa, audaz y desafiante. Pero ¿eso la convierte en una obra maestra o en un mero ejercicio de exceso cinematográfico? La respuesta es compleja, pero hay algo indiscutible: El brutalista es, ante todo, pretenciosa.

En esencia, la película se siente como una extensa y engreída novela estadounidense trasladada al cine. Teje temas como la inmigración, la adicción, el sionismo, la arquitectura, la desigualdad, la clase social, la violencia y el propio cine, convirtiéndose en un festín de ideas quizá demasiado ambicioso para su propio bien. Parece que los cineastas intentaron condensar toda la historia de la sociedad moderna en una sola película de casi tres horas… y, en cierto modo, casi lo lograron. Pero, en su empeño, El brutalista se acerca peligrosamente a convertirse más en una declaración de principios que en una historia propiamente dicha.

Para algunos, la ambición del filme es su mayor fortaleza; para otros, su mayor debilidad. Hacer una película como El brutalista requiere un nivel de confianza extraordinario, que roza la arrogancia. El director no se conforma con contar una historia: quiere avasallarnos con la magnitud de su visión. Quiere que sepamos que está haciendo algo importante, que su película importa. Y, en ese sentido, el filme se convierte en un ejercicio de autoensalzamiento envuelto en capas de intelectualismo pretencioso.

Tomemos como ejemplo el uso de VistaVision y la proyección en 70 mm. Estas elecciones no son casuales, sino gestos deliberados de grandeza. Gritan: "¡Mírenme! ¡Miren lo importante que es esta película!". Hay algo intrínsecamente pretencioso en filmar una historia relativamente pequeña e íntima con un equipo tan masivo y anticuado. Es como si los cineastas dijeran: "Estamos haciendo cine para la posteridad", aunque el contenido no siempre justifique la forma. No es casualidad que los temas abordados —del sionismo a la adicción— a veces parezcan discursos disfrazados de narrativa. Esto no es solo una película; es una declaración de intenciones.

Pero aquí está la cuestión: El brutalista no puede evitar ser pretenciosa, y eso es precisamente lo que la hace fascinante. En cierto modo, necesita serlo para existir. Sin esa pretensión, su ambición se diluiría. Lo que algunos ven como un exceso innecesario es, en realidad, lo que hace que el filme destaque. Que la película se arriesgue tanto en su estilo, sus temas y su ejecución es lo que la hace vibrante, incluso si a veces tambalea bajo el peso de su propia grandeza.

También es innegable el mérito de la escala de la película, sobre todo considerando su presupuesto relativamente modesto de 10 millones de dólares. Que El brutalista consiga transmitir tal magnitud y ambición con recursos limitados demuestra la determinación de sus creadores por hacer algo monumental, algo capaz de rivalizar con las superproducciones sin contar con el respaldo financiero de estas. Esta dedicación se refleja en cada plano, desde el meticuloso diseño de producción hasta la cinematografía majestuosa, demostrando que una película de bajo presupuesto puede tener un gran impacto emocional si la visión está bien definida.

Ahora bien, ¿esto convierte a El brutalista en una gran película? Eso sigue siendo debatible. Si bien es innegablemente ambiciosa, hay momentos en los que parece esforzarse demasiado por ser profunda, demasiado ansiosa por dejar huella. Su exploración de la clase social, la arquitectura y la violencia a veces se siente forzada, como si intentara abarcar todos los temas relevantes posibles para mantener en vilo al espectador. En última instancia, corre el riesgo de perder su impacto emocional al sobrecargar la trama con ideas en lugar de centrarse en la experiencia humana que subyace en ellas.

El brutalista sabe exactamente lo que quiere ser. No teme su propia pretensión; la exhibe con orgullo. Y aunque eso pueda alienar a algunos espectadores, también es lo que hace que la película sobresalga. El hecho de que se atreva a ser tan audaz y segura de sí misma, de asumir riesgos y proclamar su propósito, es algo poco común en el cine actual. Puede que a veces resulte excesiva, pero ¿acaso no es esa la intención? Es una película que exige atención y, al hacerlo, nos reta a reflexionar, aunque solo sea sobre cuánto desea que pensemos. ¿Es pretenciosa? Sin duda. Y, en el fondo, ahí reside parte de su encanto.

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