Plano secuencia a la carta

Con el precedente dado por la película El chef (2021), actor y director -Stephen Graham y Philip Barantini- se reencuentran en la miniserie Adolescence (Netflix), una nueva colaboración que reitera el uso del plano secuencia y lo lleva a otras posibilidades: temáticas y de pantalla “chica”. Las series son un formato en donde hay mucho por explorar, se vinculan con el largometraje y sin embargo son algo distinto; algo que la dupla evidentemente pensó (y sopesó) al momento de ofrecer a Brad Pitt, aquí productor, la propuesta.
El plano secuencia no debiera ser, necesariamente, el asunto a considerar. Pero es relevante. La pregunta sería: ¿por qué su uso? La elección de la toma sin cortes es el recurso que muchos directores de relieve supieron considerar, para capturar lo que es, en esencia, el dilema cinematográfico: el devenir del tiempo. Aun cuando éste esté condicionado por el encuadre (plano, ángulo, etc.), frente a la cámara sucede el tiempo; y lo que allí acontece debe ocurrir tal como más o menos está previsto -si se trata de un guion que así lo estipule- o también desde la espontaneidad misma de las contingencias -como tantos otros films se ocupan de trabajar-.
En Adolescence hay un trabajo de guion minucioso, dividido en cuatro episodios de 50 minutos ininterrumpidos por ningún corte de montaje. Éste, en todo caso, opera desde otros lugares: internos al cuadro (como también desde el fuera de campo), y a partir de las elipsis supuestas entre capítulo y capítulo. ¿Por qué, entonces, el plano secuencia? Porque obedece a la puesta en escena de la serie, a la organización espacial y simultánea de una progresión argumental, que retrata el devenir sensible de sus protagonistas y logra un tour de force admirable; no solo en ellos, también en los espectadores.
Todo esto, a partir del asesinato de una adolescente por otro adolescente.
¡Las películas no enseñan!

Ahora me permito la primera persona.
Hace pocos minutos veo en la tele, en uno de estos “canales de noticias” (ufff…), un zócalo en donde se lee: “¿Qué nos enseña Adolescence?”, con un psicólogo por panelista. No hay manera. El cine (las series, en su defecto) da tela para cortar a cualquiera. Por un lado, porque parece que es el lugar a discutir por profesionales cuyo saber los legitima para hablar, por ejemplo, de cine (arquitectos, por poner otro caso, que hablaron a rabiar de The Brutalist). No es que no puedan hacerlo, todo lo contario; ¿pero no sería más lógico invitar a gente de cine a hablar, justamente, de cine? O dicho al revés, ¿qué diría un psicólogo si, para hablar del pensamiento de Freud y Lacan, fuera entrevistado un crítico de cine?
Pero además, ¿qué es lo que Adolescence “enseña” o debiera enseñar? Desde luego, no me interesó en lo más mínimo lo que este psicólogo tenía para decir, aun cuando podía ser, claro, de relevancia. Pero no para el cine. De todos modos, según lo supuesto, el hombre en cuestión seguramente detalló lo que la serie “enseña”. Entonces, ¿el cine “enseña”? ¿Qué enseña? Justamente, es éste el lugar desde el cual se validan tantas producciones, supuestamente dedicadas a temáticas “serias” y a lecciones de vida, amor, paz, tolerancia, y tanto más. Una retahíla insoportable por moralista. El cine, afortunadamente, es otra cosa.
Entiendo que esta “enseñanza” es lo que usualmente se proclama como “mensaje”. El bendito mensaje. Eso que, supuestamente, las películas vehiculan para dejar un buen gusto, con sabor a justa lección, a tantos espectadores ávidos por escuchar cómo comportarse ante una sociedad a la que obedecer. Pero el cine, decía, es otra cosa. Eso sí, las películas con “mensaje” existen, son horribles. Como muchos sermones.
Scrollear videos y/o mirar cine
Ahora sí, de vuelta a la tercera persona.
Entonces, y retomando el interrogante: ¿qué tendría que enseñar Adolescence? Nada, absolutamente nada. Y si lo hace -y lo hace-, es por poner en juego una serie de elementos formales con los cuales construye su puesta en escena. Entre estos elementos, destaca el plano secuencia; pero, ¿qué sería de este plano secuencia sin la comprensión espacial y rítmica de los actores y actrices? Hay una correlación entre las partes que asombra, y hacen de Adolescence una experiencia sensorial magnífica. Algo difícil de encontrar, por otro lado, en la mayoría de las series actuales. Puede ser corroborado desde lo siguiente: quien haya visto el primer episodio, seguramente no pudo resistir las ganas de continuar. ¿Para “maratonear”? Claro que no, nada más ajeno a Adolescence. Sino para continuar en la experiencia inmersiva que supone el planteo estético.
Aquí se cuela algo más, porque no hay necesidad de spoilers o cosas así. Es decir, está claro que el niño asesinó a la compañera. No hay nada que develar, lo que habría que saber se sabe desde el inicio; una lección que el gran cine enseñó hace mucho, con Double Indemnity (1944, Billy Wilder) y tanto cine negro como grandes ejemplos. Lo que interesa es otra cosa, es algo más; es, por ejemplo, la indagación del estado emocional de un padre que no puede creer, entender, que su hijo asesinó. Es la constatación misma de quien mira la serie sobre cómo ese niño, que se hace pis encima ante la presencia bestial de la policía en su casa, sería capaz de alto tan aberrante.
O también, ¿cómo es que en el colegio donde asistían asesino y víctima sea habitado por jóvenes aparentemente insensibles al dolor, la violencia, la humillación? Capaces, se los ve, de divertirse y alienarse respecto de lo que significa la muerte de una compañera. No todos, claramente, pero para eso mirar la serie. Otro tanto con las redes sociales, con el hábitat paralelo que procrean, donde lxs pibxs operan desde códigos a los que el mundo adulto no tiene acceso o capacidad de discernimiento, un submundo que ha procreado un ámbito separado de la realidad, con consecuencias que repercuten allí. Entre el hecho cierto y los disparos virtuales, hay una distancia que el cine siempre entendió y trabajó, pero ¿qué es lo que sucede cuando el nivel de análisis de las imágenes desaparece? En otras palabras: ¿qué sucede con la lógica de “scrollear” videos, descartables de antemano? ¿Toda imagen da lo mismo?
¿Qué podría “enseñar” Adolescence?

Esto no es algo que haya nacido con las nuevas tecnologías, venía de antes, con la televisión, con el acuerdo tácito entre lo producido por un medio y sus televidentes, en donde todo era (y todavía es así) posible de ser fraguado y televisado; donde todo parece dar, también, lo mismo: sea el registro de una hecho cruel, como la delgadez lograda por una persona obesa, a la que se hace competir. Es decir, la televisión es un medio donde todo tiene cabida, porque no tiene lenguaje propio. El cine, en cambio, tiene lenguaje. Ahora bien, ¿cuál es el lenguaje de los medios nacientes con la revolución digital? Seguramente muchos, fascinantes, todavía por descubrir; en todo caso, se trata de imágenes que necesitan de un ordenamiento y análisis para su comprensión. La IA vino a polemizar aún más. Bienvenido sea, pero en este sentido y otros, el cine sigue siendo el medio a través del cual poner en consideración tales asuntos. Adolescence lo hace.
Justamente, el programa televisivo al que se aludía, toma a la serie para producir un contenido propio, desde un formato antojadizo que bien podría ser otro; y para hablar de cualquier cosa menos del tema que debiera tratarse: el cine. ¿Entonces?
Entonces, mirar Adolescence. Y dejarse embriagar por su dinámica narrativa, que absorbe y está sabiamente decidida. Para apreciar, así, cuáles son los temas y personajes que cada capítulo elige y observar cómo interactúan desde el marco general de la historia. Y al mismo tiempo, claro, para disfrutar de planos secuencia cuyos desplazamientos obedecen a lo que la acción necesita, sin tomar un protagonismo innecesario, porque los realizadores aprendieron las viejas lecciones: si la cámara se desplaza, debe haber un movimiento o situación interna al cuadro que lo justifique. Y esto es así, durante los 50 minutos de cada capítulo.
Ahora sí: una “enseñanza” que le vendrá bien a quien quiera hacer lo suyo en el cine: sea desde la dirección o desde el guion, pero también desde la no menos importante mirada del espectador.
Leandro Arteaga



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