Un Para Siempre Fugaz 

Recordó sus primeras charlas cuando el amor emergía en medio de tantas miradas como grandes olas, intentó precisar cada palabra que dijeron con la excusa de hablar del mundo y sus alrededores dejando que toda conversación desembocara siempre en insinuaciones románticas, se decían cuanto se gustaban sin pronunciarlo.

-¿Cuánto es para siempre?- Preguntó ella.

-Para siempre en el lenguaje de la tierra es hasta que las raíces de la semilla que acabamos sembrar crezcan, florezcan y permanezcan aquí incluso después de nosotros- respondió él.

-Para siempre en términos cósmicos significa la vida misma del universo y de todo lo que lo rodea, una memoria ancestral e infinita en una eterna danza sideral que obliga a contemplarla, a imaginar, es una invitación a soñar y a volar…- agregó ella.

Continuó él -Es una armonía de sonidos que nace con ese sentimiento que atraviesa en un deleite de todo aquello que nos identifica y nos conmueve, en la absoluta certeza visceral que nos acerca a nosotros mismos y a aquello que produce ese vibrar interior, desafiando el tiempo llevando nuestros pensamientos a lo vivido, y traslada nuestros anhelos mirando el futuro con ilusión, es una pausa en el tiempo, es mojar las arenas para que dejen de caer…-

Ella comparó su amor con ese para siempre, lo comparó con lo que fue y se estremeció de nostalgia.

A veces el para siempre es solo un recuerdo.

Sentía que ya nada era igual, se sentaba a leer sola debajo de la sombra del árbol producto de aquella semilla que plantaron juntos en aquellos días de paseo cuando sus manos se buscaban tímida e instintivamente, ese roce casual provocaba una explosión interna en ambos, eran dos microcosmos que ardían, morían y volvían a nacer con solo mirarse. En aquel entonces el árbol crecía cada día mas fuerte como reflejo de ese amor, tenia raíces profundas, su tronco era solido y de el se desprendían largas ramas cubiertas por hojas de una gran variedad de colores, parecía un arcoíris, era como si se nutriera de ese sentimiento, lo habían bautizado como suyo.

Ya no elegía los libros con tanto interés, se llevaba uno para intentar distraerse mientras esperaba su regreso, se recostaba sobre el césped hojeando las primeras paginas esforzando la atención sin embargo su mente se perdía en él, en otras ocasiones se quedaba dormida rememorando esos días llenos de colores cuando hacia todo con extrema delicadeza para impresionarla, al hablar sus palabras brotaban como agua, ella amaba perderse en ese manantial de sabiduría y escucharlo sin interrupciones, sintió que la tomaba de la mano y la llevaba a dar una vuelta por el abismos de sus pensamientos, todas las noches bailaban, ya no le tenia miedo, poco a poco fue olvidando aquellas noches que despertaba asustada de madrugada al escuchar sus rugidos.

La entrega era la combinación perfecta entre el instinto del deseo animal y la fineza de un príncipe, una alquimia de texturas y sabores acrecentaban las ganas, se buscaban para amarse, todo era mágico, lo demás dejaba de tener sentido y se detenía el tiempo allí, se decían te amo con besos, caricias y gemidos, incluso con los silencios que envolvían el momento cuando quedaban recostados exhaustos y desnudos, él le dibujaba un corazón en su espalda.

A veces el para siempre puede quedar grabado a fuego en la piel…

Se quedó dormida debajo del árbol intentando evadir esos pensamientos que confirmaban su temor, había dejado de amarla.

Ella no supo precisar en que momento las diferencias tomaron entidad y comenzaron a ocupar sigilosa y lentamente un espacio entre los dos, era como si deambularan en silencio por todos los rincones del castillo esperando la oportunidad para inmiscuirse, y aunque al principio hayan sido pequeñas permanecieron ahí pacientes aguardando y alimentándose de cada instante en que los lazos de ese amor estaban distraídos.

-¿En que momento la cotidianidad paso a ser una batalla por ver quien tiene la razón?- se preguntó sin llegar a una respuesta.

El amor que sentían había quedado en medio de un fuego cruzado entre la rutina y los reproches, era el rehén de la monotonía instalada que llego de forma impertinente como una tempestad que arrasa con todo y no deja nada en pie, como el viento de invierno que barre las hojas caídas y deja una fría brisa en el ambiente al pasar, las noches ya no eran las mismas, ahora era ella quien deambulaba en la soledad del castillo ya sin ilusión, sabia en el fondo que él nunca iba a volver. Extrañaba a la Bestia.

Tenia días de furia en que llegaba a odiarlo, los vivía como ráfagas de fuego cargadas de rabia que le hervían la sangre como mareas de lava que incineraban cada centímetro de su ser dejando cenizas de alguien que alguna vez por el poder de ese amor estuvo en paz con el mundo, negar que ya todo había terminado le provocaba estallidos de cólera y notar la insensibilidad con la que él asumía que ya todo había concluido la dejaba sin fuerzas, al recuperar la cordura volvía a la clama y entendía que ya no tenia sentido luchar por una relación donde solo es uno el que ama, reconocía su derrota, la impotencia como quien lucha solo contra mil ejércitos la invadía repentinamente dejándola sin aire y aparecía el llanto cargado de angustia como la que se tiene cuando se llora por alguien que ya murió hace tiempo y no dijo adiós.

A veces el para siempre es una despedida que duele.

Nuestro árbol muere solo en el jardín, le faltaba la vitalidad que absorbía de las risas de los enamorados, permanecía inmóvil mientras era sacudido por el viento sin piedad, parecía quebrarse y a veces podían escucharse los crujidos que sonaban a lo lejos y el eco los traía como lamento con la tristeza de un niño huérfano que llora en total desamparo y vulnerabilidad, tampoco era envidiado por el resto de los seres por haber sido el favorito, fue el lugar donde convergieron tantas formas de vida, de ilusiones y de cantos, lo habían olvidado, hoy era solo una sombra, todos sentían lastima por el pero sin embargo los animales ya no vivían en su tronco, las aves preferían evitarlo, sus ramas que parecían querer tocar el cielo ahora se veían como dos hombros cansados, viejos y rendidos, algunas casi secas acariciaban el piso, allí permanecía estático cubierto por un manto de orfandad que lo abrazaba y lo acompañaba a morir de melancolía cada día un poco mas, un torrente de hojas multicolor caían como lagrimas sin control por todo el jardín desbordando aquel paisaje de dolor y de abandono, cada hoja contenían las memorias de lo vivido, eran las promesas que se habían hecho con tanto fervor y que hoy no significaban nada, ni siquiera poseían la nobleza misma del valor de la palabra, todo había sido devastado por el desamor. Lo odió tanto por eso. A veces el para siempre es solo una semilla y su fruto es solo una ilusión, pensó Bella mientras se marchaba.

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