Prologo
"Renacer en la Arena"
La última imagen que tengo en la cabeza es la de la sangre. No la mía, pero sí la que empapaba el suelo, pintando de rojo el polvo gris. El sonido de los disparos sigue retumbando en mis oídos, aunque ya se va alejando, como si mi mente intentara huir de la muerte, empujándola cada vez más lejos. Los gritos de los que caían se desvanecen con el viento, como ecos lejanos de una guerra que no me pertenece.
El olor a metal y muerte sigue fresco en mi nariz, y me siento… muerta. Pero entonces, como una pesadilla que no se disipa, algo cambia. Es como si el tiempo dejara de existir, como si todo lo que conocí se desmoronara y volviera a reconstruirse en un instante. Y cuando intento respirar, la presión de la realidad me atrapa con fuerza.
Mi corazón late, pero lo hace de una manera que no entiendo. Siento un vacío en el pecho, como si ya no fuera la misma. Ya no soy la Amara que murió en un tiroteo. Ya no soy la misma.
Abro los ojos. La luz me golpea la cara con una violencia extraña. Estoy… en otro lugar. ¿Qué diablos ha pasado? No reconozco este sitio, ni la gente que me rodea. La tierra es dura bajo mi espalda, más fría que lo que recuerdo. El sol quema, pero no de la misma manera. En mi mente, la pregunta se repite como un eco: ¿Cómo llegué aquí?
Me incorporo lentamente, como si los músculos de mi cuerpo no supieran cómo moverse correctamente. Mis manos tiemblan, y me las llevo al rostro, buscando señales de mi antiguo ser. Pero todo es distinto. Todo es diferente.
Hay algo extraño en el aire, una presión inexplicable. Algo que me dice que no es mi cuerpo el que está perdido. Es este lugar. Este mundo.
Me esfuerzo por ponerme de pie. Todo me da vueltas, pero una voz en mi cabeza, fría y clara, me dice: "Muerta o viva, siempre estarás atrapada."
Y en ese instante lo sé. Esto no es un sueño. No es una pesadilla. Esto es real.
Un grito lejano me sacude. El sonido es casi una orden. Me vuelvo hacia la fuente del grito, intentando entender qué está pasando. Me miro las manos. No son las mismas, pero lo son. Todo se siente extraño, pero… mi mente es la misma. La misma de antes, la misma que recuerda lo que sucedió en ese lugar, en ese instante, en mi muerte.
Los disparos aún están frescos en mis recuerdos. Los gritos de desesperación de aquellos que cayeron junto a mí. Pero aquí no hay guerra. No hay caos. Aquí, la guerra es otra, una guerra que me está esperando.
Y no voy a poder escapar.
Capítulo 1: La Cosecha
La primera semana en el Distrito 12 fue una de las más largas de mi vida. ¿Y eso que ya estaba muerta una vez? Aquí, en este mundo de hambre y desesperación, el tiempo parecía estirarse de una manera que ni siquiera había imaginado. Todo era… tan monótono y gris. Las caras, los murmullos entre los pobres, el aire siempre pesado por la falta de esperanza. Mi alma, si es que puedo llamarla así, sigue atrapada entre dos mundos: el que perdí y este que apenas comprendo.
Lo descubrí todo a fuerza de miradas, de observar. Como una extraña que no tiene ningún derecho a preguntar ni a llamar la atención. No me importaba encajar. Pero tuve que aprender rápido a fingir.
Mi nombre, o más bien mi apellido, en este mundo es Amara Blackwood. Al principio me sonaba ridículo. Pero ahora, después de escuchar la mención de mi apellido una y otra vez, he aceptado que eso es lo que soy ahora. O eso dicen.
El distrito huele a humo, carbón y miseria, pero parece que la gente se ha acostumbrado. Los murmullos me siguen cada vez que paso entre las calles polvorientas, pero nunca me atrevo a mirar de cerca. ¿Qué pasaría si me ven de otra manera? Si descubren que no encajo. Si saben que no pertenezco aquí.
Pero hay algo más. Hay un chico llamado Killian. Dicen que es mi hermano. El mismo chico que nunca había visto antes en mi vida, pero que ahora parece estar en todos los rincones de este maldito distrito. Al principio, la gente me miraba con cierta simpatía, pensando que yo había llegado como una hermana solitaria que finalmente vivia con su hermano que no la conoce. Pero no. Killian me conoce. Al menos, no como yo a él. A veces, cuando me lanza una mirada fugaz, noto un atisbo de desconfianza. Como si, en el fondo, supiera que algo no está bien.
Hoy es el día de la Cosecha. Mi estómago se aprieta, aunque no sé por qué. Me dicen que es el día en que las vidas de los niños se deciden, que es el día en que todo puede cambiar, para bien o para mal. Pero, sinceramente, todo lo que quiero es que termine pronto.
Me encuentro en la plaza con todos los demás. Lo que se supone que debe ser una celebración parece más bien una ceremonia de condena. La multitud de rostros vacíos me observa, algunos tan gastados como yo me siento, otros con la esperanza de que su nombre no sea llamado. Mi mente está tan en blanco que ni siquiera noto a los demás tributos.
De repente, la puerta de la arena se abre y Effie Trinket hace su entrada, como siempre, con su sonrisa exagerada y su ropa brillante, aunque por dentro lo único que parece estar presente es la frialdad de la realidad. Se para frente al estrado con su pomposo vestido y su voz perfectamente modulada.
— “Buenos días, Distrito 12. Es hora de la Cosecha,” dice, levantando la mano con una exageración que casi me hace reír. La mujer es tan ajena a todo, que me resulta casi cómica. Pero me cae bien. Al menos es más sincera que muchos de los demás aquí.
Haymitch Abernathy está a su lado, apoyado en el podio, con una copa de licor en la mano, mirando hacia la nada. No tengo que mirar de cerca para saber que está borracho. Su resaca debe ser épica, pero eso no le impide comerse la vida con una apatía increíble.
— “Vamos, Effie. Solo háganlo ya.” Su voz es ronca y apagada, apenas audible.
Effie lo ignora con una sonrisa tensa. Da un par de pasos hacia el estrado, sacudiendo el bol de los papeles. Luego, lo extiende y selecciona uno con teatralidad. Cuando sus ojos recorren el nombre, su expresión cambia, y aunque intenta mantener la compostura, un destello de incomodidad cruza por su rostro. Como si la tragedia de lo que está por suceder no le fuera ajena. Después de un largo silencio, anuncia:
— “El primer tributo masculino… Killian Blackwood.”
No puedo evitar mirarlo. Él. Mi hermano. El chico que apenas conozco, y ahora está destinado a morir. La mirada de Killian se cruza con la mía, y, aunque no le reconozco completamente, sé que, en este mundo, eso significa que estamos conectados de alguna manera. Pero todo lo que noto es una mueca triste en su rostro.
El aire se siente pesado. La plaza se llena de murmullos y susurros. Yo solo me quedo allí, inmóvil, sin decir nada, sin reaccionar.
— “Y ahora, el tributo femenino...” Effie saca otro papel. Mi corazón late más rápido de lo que debería. ¿Y si mi nombre aparece?
— “Amara Blackwood.”
No me lo esperaba. Pero cuando oigo mi nombre salir de su boca, no me sorprendo. En este mundo, nada sorprende. No importa que haya sido reencarnada. No importa si había escapado de un mundo de muerte para caer en otro. Aquí, mi nombre también está marcado. Mi destino, como el de todos, está sellado. Y no tengo opción.
Actuar normal. Ese es el mantra que repito en mi cabeza mientras doy un paso hacia adelante. Tengo que seguir adelante. Aunque lo único que quiero es desaparecer.
Pero hay algo en esta ceremonia de la cosecha que me hace sentir que, quizás, esto es lo que me esperaba. Tal vez todo esto es parte de un ciclo que nunca terminará.
Y en la arena, la muerte siempre será la misma. El ciclo siempre se repite. Y yo… siempre estaré atrapada en él.
Capítulo 2: La Presentación del Carbon
El tren hacia el Capitolio es tan luxuoso como cualquier cosa que haya visto en mi vida. Es como un maldito hotel sobre rieles, con alfombras rojas, ventanas enormes que muestran paisajes que parecen sacados de un sueño, y un servicio que te hace sentir como si fueras importante. Claro, la ironía de que estoy en camino a ser carne de cañón en los Juegos del Hambre no se me escapa.
Mi cabeza está en otro lado, recordando cómo todo esto empezó. La cosecha fue… un espectáculo. Ni siquiera me sorprendió. Ya estaba muerta antes, ¿qué más podría pasarme? Pero ahora, aquí estoy, rumbo al Capitolio, con Killian a mi lado, casi sin decir una palabra, como si ser elegido tributo fuera algo que habríamos experimentado juntos antes. Pero no. Esto es nuevo para él. Para mí, ya es solo un maldito ciclo más.
Mi mirada se pierde por un momento en el cristal de la ventana. Me veo reflejada. La chaqueta negra, ajustada perfectamente a mi cuerpo, parece una capa de carbón sobre mi piel. Y es curioso, porque… en algún sentido, el negro me queda bien. O mejor dicho, me queda divino. Me miro de nuevo en el reflejo y lanzo una sonrisa casi sarcástica. En este mundo de locos, al menos la ropa no está tan mal.
Es más, me encanta. ¿Quién diría que un color tan oscuro me quedaría tan bien?
— “Te ves fantástica, ¿verdad?” escucho la voz de Davina, mi estilista, que entra de golpe en el vagón. Es difícil no notar su presencia. Con su cabello blanco y negro en un peinado impecable, y ese aire de locura controlada, parece que acabara de salir de alguna película de terror elegante. La mujer tiene una actitud arrogante y a la vez encantadora, como si en cualquier momento estuviera a punto de destrozarte con un comentario, pero con un toque de simpatía rara.
— “Sí, me veo divina, lo sé.” Digo sonriendo con una mezcla de orgullo y sarcasmo. Es como si esto ya fuera lo que esperaba. Las demás personas no entenderían cómo puedo parecer tan calmada. Pero yo sí lo sé. Aquí, el espectáculo es tan importante como la pelea por la supervivencia.
Davina sonríe como si me hubiera dado el visto bueno y me asiente. Tiene esa expresión de Cruella de Vil, y la manera en que me mira me hace sentir como si, en este mundo, me estuviera entregando un poder invisible.
— “Te va a encantar el Capitolio. Es todo tan… emocionante. Y tu presentación. Oh, Dios mío, Amara, ¡será histórica!” Davina no deja de hablar, pero a decir verdad, no la escucho demasiado. Yo solo pienso en lo que viene después: la presentación ante el Capitolio. Las cámaras, los trajes, las sonrisas falsas, los aplausos que solo saben a mentiras. Nada de eso me interesa demasiado.
Lo que realmente me preocupa es la maldita arena que me espera después de todo esto.
Después de un largo trayecto, llegamos. El Capitolio se despliega ante mis ojos, tan brillante, tan antinatural, que casi me da náuseas. La ciudad brilla como un sol artificial, todo es perfecto de una manera horrible. Sonríen, hablan, pero todo está vacío.
Nos llevan directamente a los vestuarios. En cuanto entro, me dan un vistazo rápido a lo que voy a usar: una especie de traje negro cubierto de detalles plateados, y me aseguran que todo es para resaltar el "brillo". ¿El brillo? Lo miro de nuevo y no puedo evitar soltar una risa de desdén. En este mundo, la gente realmente cree que todo esto es normal.
— “Davina, ¿me veo como un pedazo de carbón metálico?” pregunto en tono divertido mientras me examino en el espejo. Al ver mi expresión, ella no puede evitar sonreír.
— “No te preocupes, querida. El Capitolio ama el espectáculo. Y te quedas espectacular.” Davina da un par de pasos atrás, y aunque sigue con esa actitud excéntrica, veo un toque de aprobación en su mirada.
Es curioso. Mientras me ajusto el traje, me doy cuenta de algo: el negro nunca fue tan cómodo.
La ceremonia de presentación comienza. Los tributos son lanzados sobre carros de exhibición. Killian, que parece estar completamente fuera de lugar, se mantiene rígido a mi lado. Lo observo de reojo. Hay algo en su postura, en su expresión, que me dice que el chico no tiene idea de lo que le espera. Y yo, aunque ya lo sé, no puedo evitarlo. No puedo dejar de sentirme mal por él.
Llegamos al escenario. Las luces brillan y las cámaras nos enfocan. Sonrío con desprecio. Me imagino que las personas que están observando en todo Panem ven una chica de 14 años, con su familia destrozada, subiendo al escenario como si fuera un maldito espectáculo de carne.
Pero a mí me da igual. Si algo he aprendido en esta vida es que no vale la pena preocuparse por lo que piensan los demás. Lo único que importa es cómo te ves a ti misma.
— "Amara Blackwood, el Distrito 12." La voz de Effie se oye como si estuviera anunciando a una estrella. Y aunque me repugne, hago una reverencia con la mano sobre el corazón, como si esta fuera mi rutina habitual.
Por un momento, mientras todos me observan, la pregunta cruza mi mente: ¿será esto la última vez que lo haga?
Y con una sonrisa mortal en mi rostro, lo supe. Esto es solo el principio.
Capítulo 3: La Entrevista con César
Cuando me empujan hacia el escenario, la luces brillantes y los gritos emocionados del Capitolio me atacan de inmediato. Es como estar en una especie de circo grotesco, donde todos me observan con ojos que brillan de expectación. La cara de César Flickerman aparece ante mí, tan sonriente como siempre, como si nunca hubiera visto un tributo en su vida. En su rostro, una mueca amistosa, pero en sus ojos, la curiosidad insaciable de saber qué tan interesante soy para el público.
— “¡Amara Blackwood, el Distrito 12! ¡Qué placer tenerte aquí!” César exclama, su voz melodiosa y llena de entusiasmo. Me toma por la cintura con una sonrisa amplia, guiándome hacia el asiento que ya me espera frente a él. No me sorprende su cercanía, es su marca registrada: hacer que todos se sientan especiales, aunque en realidad, todos somos solo una diversión momentánea para él.
— “Gracias, César. Estoy tan emocionada de estar aquí. ¡Nunca pensé que iría tan lejos!” Respondo con una sonrisa deslumbrante, dejando que la vulnerabilidad en mi voz se note ligeramente. No mucho, pero lo suficiente como para que la gente crea que yo realmente no quiero estar aquí, como si fuera una niña perdida en medio del horror. Pero la verdad es que soy mucho más astuta que eso.
César se ríe con esa risa falsa que está tan perfectamente diseñada para hacer que todo se sienta más ligero, más sanguíneo, como si nada de esto fuera realmente mortal. Me mira con esos ojos que parecen un océano de emoción.
— “Oh, claro, claro. Nadie quiere estar aquí, pero ¿qué crees? Aquí estamos, ¿no? Tienes la oportunidad de brillar, Amara. ¡Cuéntame un poco de ti! ¿Qué te hace diferente del resto de los tributos del Distrito 12?” Su tono es tan intrigante como si estuviera buscando algo mucho más profundo en mí, como si estuviera tratando de rasgar mi piel con palabras.
Me detengo por un segundo, haciendo que la duda se apodere de mi rostro. La audiencia se calla por un momento, pensando que estoy vulnerable. Es el momento perfecto para mostrar un poco de fragilidad, pero de una manera que no me haga parecer débil.
— “La verdad es que… no soy como los demás tributos.” Hago una pausa, dejando que los ojos de todos se fijen en mí, como si pensaran que diré algo profundo. “No tengo la fuerza física que tiene la mayoría. No crecí cazando o entrenando para esto. Soy del Distrito 12. Lo único que tenía era mi inteligencia, y la suerte de sobrevivir hasta ahora.” Digo las palabras con una sonrisa inocente, como si estuviera confesando algo en voz baja. Mi tono suena tímido, vulnerable incluso, como si todo esto fuera solo un mal sueño del que quiero despertar. Esto hace que el público se sienta conectado conmigo, como si yo fuera solo una chica del pueblo, enfrentándose a algo mucho más grande.
César me observa, y sé que está buscando algo más. Su mirada es calculadora, pero también sabe que estoy jugando con él. Sin embargo, le gusta.
— “¡Vaya, vaya! ¡Un tributo que sabe lo que está haciendo!” dice, riendo de nuevo, como si fuera un juego divertido. Pero lo importante es que ahora, el público me ve como alguien accesible, alguien que no tiene una estrategia de supervivencia aterradora. No soy una amenaza aún.
Puedo ver en sus ojos que he conseguido lo que quería: no soy un monstruo como otros tributos que se ven como verdaderas amenazas. Soy solo una chica, con un toque de dulzura que invita a la protección. Es el equilibrio perfecto entre ser vulnerable pero a la vez inteligente. Como si no tuviera miedo de mostrarme humana.
César sonríe como si lo tuviera todo bajo control, como si ya estuviera contando las monedas que me lanzarán los patrocinadores.
— “¡Qué impresionante, Amara! Sabes, todos en el Capitolio están emocionados de ver a alguien como tú. Pero dime, ¿qué es lo primero que harías si pudieras ganar estos Juegos?”
La pregunta me hace pensar por un segundo. ¿Qué responder? Si digo lo que realmente quiero, los patrocinadores me verán como un peligro real. Pero si soy demasiado dulce, pareceré solo una pieza más del espectáculo.
Muerdo mi labio con una sonrisa astuta, como si fuera una confesión de secretos oscuros que solo yo sé.
— “Si pudiera ganar, César, me aseguraría de que nadie olvidara mi nombre. No por ser una heroína, ni por ser la más fuerte. No. Lo haría porque soy una superviviente. Y para sobrevivir, a veces necesitas algo más que fuerza.” Digo, con un tono casi filosófico, mientras suelto una sonrisa juguetona.
César se ríe, pero esta vez, no es solo una risa falsa, es una risa genuina. Y aunque me está probando, me da lo que quiero: el aplauso del público.
— “Esa es la actitud, Amara. ¡Todos aquí lo amamos!”
La audiencia estalla en aplausos. Son solo aplausos vacíos, pero me siento ganadora. Mi plan está en marcha. He dejado una huella sin parecer demasiado peligrosa, y con suerte, cuando llegue el momento, mis patrocinadores estarán listos.
Me levanto del asiento con una sonrisa, sabiendo que todo esto es solo el principio. Me he ganado a la multitud, y lo que venga después, será solo un juego de supervivencia.
Capítulo 4: El Juego de Sobrevivir
Las semanas pasaron como si fuera una sola. Se sucedieron como una secuencia de flashes, llenos de terror, muerte y frialdad. Seis semanas. Para mí, todo se resumió en la constante lucha por respirar en un paisaje desolado y congelado.
La tundra era un lugar cruel, un campo donde el hielo era tan espeso como la desesperación. Al principio, todo era caos, el choque de los tributos, los gritos de horror, la ansiedad palpable en el aire. Lo primero que aprendí fue que no importaba lo rápido que corrieras ni lo fuerte que lucharas. Aquí, nada tenía sentido. En la arena, todos éramos animales en busca de una salida que nunca llegaría. Sobrevivir era el único objetivo.
Semana 1: La Caída
Mi estrategia inicial fue simple: evitar los enfrentamientos directos. El primer día, el caos se desató en el centro de la arena. Las armas y los abastecimientos estaban al alcance de todos, pero mi instinto me dijo que no debía pelear por lo que ya tenía: comida, agua, una mochila. Esa primera semana, aprendí lo suficiente para darme cuenta de la verdadera naturaleza de los Juegos. Los cañonazos sonaron con una regularidad enfermiza, cada uno anunciando una muerte, recordándome la muerte que dejé atrás. El sonido de los disparos era el mismo. La misma sensación de desesperanza. La misma sensación de inevitabilidad.
Semana 2: Matar o Morir
La segunda semana fue un caos absoluto. Los tributos empezaron a unirse por necesidad, pero no duró mucho. El frío era brutal, y cuando la noche caía, el hielo parecía engullirnos, rodeándonos con un manto de terror. Mi hermano Killian fue una de las primeras bajas que me marcaron. Lo vi luchar por su vida, enfrentándose a otros tributos, pero el clima lo traicionó. Estaba herido, y el hielo, traicionero, lo hizo caer. Un cañonazo resonó en el aire, y mi hermano dejó de respirar.
El impacto fue devastador. Lo había perdido, pero más allá de eso, algo se rompió dentro de mí. No pude llorar. Simplemente me sumí en la frialdad, en la oscuridad del pensamiento. ¿Cómo era posible que el destino jugara con nosotros así? Quizás lo entendí demasiado tarde: la muerte nunca nos deja descansar, ni en esta vida ni en la otra.
Semana 3: La Solitaria
Después de la muerte de Killian, me di cuenta de que no había vuelta atrás. La soledad me envolvía, pero también me fortalecía. Mi única compañía era el crujir del hielo bajo mis pies y el sonido de los cañonazos. Los otros tributos me ignoraban, y yo me mantenía oculta tanto como podía, sobreviviendo con lo que pude encontrar. Para mí, era claro: había que hacer todo lo necesario para seguir respirando, incluso si eso significaba traicionar.
Semana 4: La Realización
Fue en la cuarta semana cuando la verdad se hizo aún más real: ya no era un juego. Aquí la gente no juega, solo sobrevive. Recuerdo esa noche oscura cuando los cañonazos sonaron de nuevo. Cada vez que los escuchaba, me estremecía. El sonido me recordaba a los disparos de mi vida pasada. Las balas que atravesaban cuerpos, las explosiones en la calle. El eco de la muerte era el mismo, y sentí que nunca me liberaría de ella.
Cada vez que moría un tributo, un cañonazo me desnudaba el alma. El dolor era más profundo, como si mi cuerpo ya no pudiese sentirlo. Solo quedaba el vacío.
Semana 5: La Sangre
Mi piel se había adaptado al frío extremo, pero el peligro seguía al acecho. Esa semana, el hambre me estaba desgastando. La gente cayó, una tras otra, como piezas en un tablero de ajedrez. Lo único que me mantenía de pie era la estrategia. Evité confrontaciones directas, pero no pude evitar que, al final, todo lo que importaba era matar o morir. Fue en esta semana cuando me enfrenté a otro tributo y, por primera vez, derramé sangre. No fue por defensa, sino porque era necesario. Las heridas de ese enfrentamiento me marcaron, pero me hizo ver algo: la muerte es parte de este juego.
Semana 6: El Final
Finalmente, la sexta semana fue la culminación de todo: el caos alcanzó su punto máximo. El frío se intensificó, y las condiciones se volvieron aún más mortales. A medida que los demás tributos caían, los cañonazos resonaban más fuertes, como una avalancha inminente de muerte y sufrimiento. La tundra era ahora más que nunca un cementerio helado. Al final, solo quedábamos unos pocos. Los últimos enemigos fueron los más crueles, pero logré superarlos. Sobreviví.
En la ceremonia de la victoria, me dieron una corona de hielo, y aunque el público celebró, sabía la verdad: esto solo era el comienzo. No había final feliz para mí. Los Juegos nunca acaban. La muerte siempre regresa, y lo que había vivido solo era el principio de un ciclo interminable. Como siempre había sido, desde la muerte, hasta mi regreso a esta arena de hielo.
Los cañonazos seguían sonando, y en mi corazón, resonaban con una fuerza devastadora. Era el mismo sonido que marcaba el fin de todo… y el comienzo de algo aún más oscuro.
Esto es como seria si despertara en los juegos del hambre, espero que les guste leerlo.



¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.