Cecilia Spoilers

Ese mareo sutil me invade y me doy cuenta de que me desperté. Siento los ojos inflamados, pero tengo que levantarme. Saludo a papá y a mamá, que están sentados en la mesa, desayunando. Mis tostadas están ahí. A veces me cuestiono por qué como siempre lo mismo. No importa, me gusta. Me da seguridad.

Cuando salgo para ir a la escuela, miro el cielo para ver cómo está el clima. Hay nubes, y esas estrellas ínfimas que se ven a lo lejos sólo cuando el cielo está claro, pero el cielo está relativamente azul, por lo que opto por llevar solamente un suéter.

Subo al auto. Miro por la ventana. Alicia... Ella siempre fue bastante genuina, pero estos últimos años, a medida que crecemos, está cada vez más superficial. Dice "Cecilia" como si pudiera darle un significado a mi nombre. Y si pudiera, sería uno muy desafortunado, porque lo hace con ese tono insufrible. En realidad, no me gusta admitir que me resulta un tanto... irritante.

Brenda, por otro lado, es mi confidente. La adoro. Confiaría en ella cualquier secreto, y realmente me genera paz. Cuando estamos juntas, siento un hermoso silencio interior que no sucede en otras circunstancias. Como ahora, por ejemplo. Mi mente no se calla. Escucho algo raro en la radio de papá, pero no le presto atención.

Cuando bajo en la escuela, me saludan Ali y Bren, como lo hacen usualmente. Hace unos días le planteé a Brenda lo que siento con respecto a mi mamá, pero me convenció de que todo está bien. Ese es su superpoder: tranquilizarme.
—No te preocupes —saltó inmediatamente—. Tu mamá es perfecta, ya lo sabes. Ella haría cualquier cosa por ti, y te ama realmente —terminó, apresurada. Me dijo que se tenía que ir.

A Alicia no se lo conté, porque sé que me habría traído el sentimiento opuesto: ansiedad. Probablemente habría estado de acuerdo conmigo o, todo lo contrario, se habría burlado de mí tan solo para molestarme. Siento que tiene la idea errónea de que soy ingenua o inocente. Y no es así.

Los cálculos no son lo mío, y el álgebra mucho menos. Pero esta asignatura es obligatoria. Nunca voy a estudiar algo que tenga que ver con esto; no nací para ello. ¿De qué trabajaré cuando crezca? Mi pasión más grande de niña era pintar, y creo que así seguirá siendo. De niña era muy apasionada y activa, no sé qué me pasó. De todas formas, no era de esos niños que rompen cosas o hacen berrinche. Era un poco más... ¿relajada? No sé. Hay cosas de esa época que no recuerdo. Demasiadas. Recuerdo pintar en hojas blancas, con témperas, y el olor de las pinturas. Recuerdo comer pasta hecha por... ¿mamá? Creo. Y nada más, realmente. Nunca hablé con mis papás sobre mi nacimiento; me hice más y más introvertida con el pasar de los años. Principalmente por la extroversión de mamá. Siento que eso, incluso si ella no se da cuenta, opaca mi personalidad. No sé cómo decírselo porque lo convertiría en algo más grande de lo que realmente es. Ya no le cuento mis ideas porque sé que no vale la pena. Siempre noté algo raro en mamá. Ella es perfecta, hace todo bien. Cocina de maravilla, su ropa siempre está limpia y tiene una energía muy cuidadora y protectora. Y eso es lo extraño. No tiene esa complejidad que tiene papá, por ejemplo. Nunca la vi enojada. Papá, por otro lado, es muy ingenuo y carismático, pero de vez en cuando me molesta que se deje superar por la influencia de mamá. Es como si no tuviera su propia mente o pensamiento crítico. Creo que lidiar con su salud mental fue algo que siempre se le hizo difícil. En especial desde la muerte de su papá, mi abuelo. En realidad, yo no lo conocí. Murió en el mar junto a mi padre cuando él era solo un niño. Y eso es de lo que hablo. Creo que eso lo afectará para siempre.

Escuchar música que realmente me interpela me hace sentir algo que no puedo explicar. Es un nivel de emoción muy alto, profundo y complejo. La aprecio mejor con mis auriculares puestos porque siento que las notas se introducen en mis oídos y acarician algo dentro de mi pecho. Escucho un sonido que viene de afuera de mi habitación. Me quito un auricular del oído. Son mis papás discutiendo. Suena como que mamá está... ¿asustada? ¿Preocupada? No sé. Escuché que dijo algo sobre Nicaragua... ¿estarán por irse allí de viaje? Tal vez. Se escuchan golpes en la puerta de entrada y mamá solloza. Cuando voy a espiar desde el pasillo para ver qué está pasando, papá parece... ¿confundido? O desconcertado... No entiendo qué está pasando. Está uno de sus amigos, y supongo que él fue quien tocó la puerta. Prefiero volver a mi habitación y evitar la situación.

Mamá no está en casa al otro día. Le pregunto a papá dónde fue y me dice que tuvo un viaje de emergencia, pero sigue actuando paranoico. Es como si algo lo hubiera estado afectando estos últimos días. Probablemente una crisis de la mediana edad, nada de qué preocuparse. O una recaída. Creo. Espero. Esa misma madrugada escucho que alguien sale por la puerta. Lo ignoro y vuelvo a dormir. Se me hace desgastante socializar; todos son muy falsos, hechos de papel. Un caballo que me lleva hacia el horizonte. Viene de un lugar oscuro. El animal me genera mucho cariño, pero se vuelve loco y toma sus propias riendas, yendo a destinos opuestos a los que yo decido. Me da mucho miedo y ansiedad, pero hay algo que me hace confiar más en él que en mí. El sol frente a mi cara quema mis ojos, pero es placentero. En realidad, es confuso. Escucho una voz:
—No hay más verdad ahí fuera que en el mundo que creé para ti. Las mismas mentiras... Y también engaños. Pero en mi mundo, no tienes nada que temer.

Ese mareo sutil me invade y me doy cuenta de que me desperté. Siento los ojos inflamados, pero tengo que levantarme. Papá no está. Lo llamo y no lo encuentro. Esta vez, decido comer huevos revueltos. Abro la ventana. Veo mucha gente arreglando cosas. ¿Habrá pasado algo durante la noche? Se encuentran desarmando columnas, destruyendo paredes. Y, las estrellas... están siendo alcanzadas y derribadas por algunos de ellos. Pero no por mí.

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