Entre escenas y realidades 

Todo empezó con un sueño . O al menos eso creyó Elías cuando despertó en medio de una llanura desértica , con un sol ardiente sobre su cabeza y sombrero vaquero sobre la suya .

A su lado , una cantimplora , un caballo que parecía salido de un western, y un cartel oxidado que decía: “Bienvenido a Dustville”.

—¿Qué rayos…? —murmuró, mirando a su alrededor. Lo último que recordaba era haberse quedado dormido viendo su película favorita: Los Forajidos del Oeste.

Al principio pensó que era un sueño particularmente vívido. Pero cuando una bala silbó cerca de su oreja y un jinete encapuchado lo apuntó con un revólver, comprendió que no era una fantasía común. Estaba dentro de la película.

La gente del pueblo lo conocía como "El Forastero", y parecía que todos esperaban que él salvara a Dustville de la pandilla de bandidos que venía arrasando con todo. Cada escena se sentía como una mezcla entre ficción y vida real: el polvo era real, el miedo era real, y también las heridas.

Elías intentó encontrar una salida: buscó cámaras, gritó "¡corten!", incluso trató de salirse del guion. Pero todo seguía como si el mundo del cine lo hubiera absorbido.

Y justo cuando enfrentaba al líder de los bandidos en el duelo final, todo se desvaneció.

Despertó en su habitación. Su televisor estaba apagado. No había rastros del desierto ni del sombrero.

Pero sobre su escritorio, cubierto de polvo, había una bala de plata… con su nombre grabado.

Y entonces lo entendió.

No era solo un sueño ni una alucinación. Era una puerta. Un acceso a otras realidades que se abría cada vez que dormía. Las películas que tanto amaba no eran solo historias, eran mundos esperando ser vividos. Mundos que lo necesitaban.

Esa noche, Elías no encendió la televisión. Tomó la bala entre sus dedos y se sentó frente al espejo. Observó su reflejo por un largo rato. Ya no era el mismo. Había algo en su mirada: decisión, valentía… y una chispa de incertidumbre.

Cuando volvió a cerrar los ojos, no sintió miedo. Sintió emoción.

Cuando volvió a cerrar los ojos, no sintió miedo. Sintió emoción.

Porque ahora sabía que cada vez que despertara, no sería en su cama…

…sino en una nueva historia por contar.

Elías volvió a despertar. Esta vez, no había polvo ni desierto.

Abrió los ojos y sintió frío. Estaba de pie, en medio de un pasillo metálico iluminado por luces tenues de color azul. Un zumbido constante vibraba bajo sus pies, como si el suelo respirara. Las paredes, curvas y oscuras, daban la sensación de estar dentro de una máquina viva. Al fondo, una compuerta se abrió con un siseo.

"Bienvenido a la nave ARK-9," dijo una voz robótica, “Oficial Elías, hemos salido del hiperespacio.”

—No… otra vez —susurró, pero sin sorpresa. Ya lo sabía. Otra película. Otro mundo.

El uniforme espacial se ajustaba perfectamente a su cuerpo. Un dispositivo holográfico brillaba en su muñeca, mostrando coordenadas y una alarma parpadeante en rojo: “S.O.S – Misión fallida. Rastro biológico hostil a bordo.”

No estaba en un western esta vez. Estaba en una cinta de ciencia ficción.

Y, al igual que en Dustville, todos lo miraban como si supiera qué hacer. La tripulación —pálidos, asustados, temblorosos— lo llamaba “Capitán”, y esperaban órdenes. Elías respiró hondo, tratando de controlar su ansiedad. Si había aprendido algo en Dustville, era que debía actuar, ser parte del papel, hasta descubrir la salida… si es que había una.

La nave era un laberinto de pasillos oscuros, puertas automáticas y cámaras que lo seguían como ojos invisibles. En los informes, hablaban de una criatura que había subido durante una misión de exploración. Un parásito alienígena que tomaba la forma de sus víctimas.

Uno a uno, los miembros de la tripulación comenzaron a desaparecer. No quedaban rastros. Solo sombras proyectadas en las paredes y susurros en los comunicadores. Pero lo peor no era el miedo. Era la sensación de que todo ya estaba escrito.

Como si cada paso suyo ya formara parte de un guion que nunca había leído.

Una noche —o lo que parecía una noche en el espacio— encontró un archivo oculto. Una grabación donde él mismo, con otro uniforme, decía:

“Si estás viendo esto, significa que ya estás atrapado. Esto no es una película. Es un ciclo. Cada mundo es una prueba. No busques una salida. Encuentra la razón. Recuerda: cuando despiertes… no estarás despierto.”

La grabación se cortó. Y la criatura se reveló.

Elías luchó como pudo. Con armas futuristas, con inteligencia, con todo lo aprendido. Al final, activó la autodestrucción de la nave. Prefirió explotar el mundo ficticio antes que dejarse atrapar.

Cuando abrió los ojos otra vez…

Estaba en una sala de interrogatorio. Traje gris, esposas en las muñecas, y una luz blanca sobre su rostro.

Un agente con gafas oscuras le dijo:

—Sr. Elías, necesitamos que nos diga cómo escapó del experimento de inmersión. No puede seguir saltando de película en película.

Él sonrió. Porque por primera vez, no tenía miedo.

Sabía que esto también formaba parte de una historia.

Y él… ya era el protagonista.

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