¿Cuántos directores fueron capaces de dejar atrás films irrelevantes como La mano que mece la cuna o Río salvaje -no justamente sus primeras películas- y decidirse a tomar en serio el cine luego de cumplir los cuarenta años? Curtis Hanson (1945-2016) pudo. La figura del director que pega un salto cualitativo tan notable es extraña. Antes bien, la historia del cine, sobre todo en la industria, está plagada de tristes historias de gente en inexorable decadencia cinematográfica. Hanson, sin embargo, hizo, seguidas, con un aire de estabilidad que genera confianza en el espectador, Los Ángeles al desnudo (L.A. Confidential, 1997), Fin de semana de locura (Wonder Boys, 2000), 8 Mile (2002) y En sus zapatos, que este año cumplirá veinte. La primera de ese cuarteto fue la más festejada por la crítica y premiada y, sin embargo, no aparece hoy como su mayor logro, si bien la actualización y la "glamourización" del policial negro, sin dejar de lado sus costados salvajes -y la conversión de Kim Basinger en algo para recordar y buscar a partir de ese momento-, no son méritos desdeñables. Pero es justamente su carrera posterior, esas tres películas de las que ni siquiera participó en el guion, las que lo convirtieron en una figura excepcional en el contexto del cine industrial del cambio de siglo, con la belleza asordinada de Wonder Boys -otra adaptación novelesca al igual que En sus zapatos- como su sutil cumbre.
Hanson era alguien que escuchaba la película que tenía entre manos y la hacía crecer aprovechando las posibilidades que tenía a mano. Esto es evidentemente visible -audible- en En sus zapatos, en la que luego de fijar estereotipos chirriantes como el del personaje de Cameron Diaz en la primera media hora, estabiliza su película y se le anima a la fluidez con una historia poseedora de una alta cantidad de elementos de riesgo de naufragio, de convertirse en un sucedáneo de mala ficción televisiva, llena de plot points que son como grumos y tan supuestamente vertiginosos como vacíos. ¿Cómo hace Hanson para que los elementos de conflicto no asuman el frente del relato? Los disuelve en el tiempo cinematográfico. Hanson crea momentos cinematográficos, se anima a relajarse en el cine, mejor dicho, en cine. Un ejemplo: la escena en el restaurante japonés, el verdadero primer encuentro entre Rose Feller (Toni Collette) y Simon Stein (Mark Feuerstein), expone solamente la comunicación que comienza entre ellos. Asistimos entonces, junto con Rose, a una revelación: Simon es encantador. A esa revelación llegamos mediante gestos, palabras, sobre todo a través de la mirada asertiva del personaje, que se desenvuelve ante la cámara, ante una cámara que no empaqueta. La cámara de Hanson es púdica, transparente, paciente. Hanson no quiere hacerse visible, y es la demostración de que, parafraseando a Kael, un director que piensa no es un director mentalmente desprotegido. Un director que piensa puede permitirse hacer una película noble como En sus zapatos, incluso a partir de una historia nada sofisticada.
En el Museo Albertina, en Viena, está La liebre (1502) de Alberto Durero, un dibujo de 25 x 22,5 cm, una evidente obra maestra. No se trata aquí de comparar la calidad de La liebre con la de En sus zapatos, sino de pensar una manera de ver esta película. Por sus dimensiones y su detalle, La liebre puede abarcarse con miradas profundas, incisivas, hasta microscópicas. La liebre de Durero invita a ese tipo de miradas, a encontrarle los trazos, a ver cómo triunfó, hasta en los más mínimos detalles, uno de los más grandes dibujantes de animales de la historia. En sus zapatos invita a ser mirada de cerca. Y no sólo por sus dimensiones -a pesar de lo que cobran las actrices de una película así, está lejos de ser una película grandota- sino además porque los trazos de Hanson son visibles, honestos, frontales. Es tan poco engañadora, tan transparente la manufactura de Hanson que se notan fácilmente los detalles, incluso las cosas fuera de lugar: la madrastra de las protagonistas, si bien no es un mal personaje, es poco verosímil como esposa y sus trazos son gruesos (en La liebre es remarcable la casi absoluta hechura a base de trazos finos) o la repetición de características de Maggie (Cameron Diaz) en la primera media hora. Por otra parte, al ser una película transparente, luminosa y que no abruma con flashbacks innecesarios ni con estiramientos de conflictos generadores de suspenso plástico ni con cámaras que vuelan en vano (tan presentes en mucha decadente comedia romántica industrial de esos años, y siguen; ausentes en esta comedia sobre la amistad entre hermanas), se nota con claridad la exactitud de algunos pequeños trazos, como el “okay” de Shirley MacLaine ante el primer acercamiento físico de su pretendiente, o el viaje desde la desconfianza hasta la recuperada complicidad entre las hermanas Maggie y Rose, mostrado con pequeños gestos y mínimos diálogos, con alguna línea como “¿todavía es muy pronto para hacer chistes sobre eso?”, digna de una película de Billy Wilder. Justamente, Wilder le dijo a Hanson que luego de LA. Confidential seguramente iba a querer hacer una comedia, y no se equivocó. El propio Hanson declaró -en una entrevista publicada en la revista inglesa Empire- admirar a Wilder y a Howard Hawks por su capacidad de pasar de un género a otro. En esos años de gloria Hanson estuvo probando distintos géneros, y en En sus zapatos fue capaz incluso de cambiar de tono sin que se note y con cada cambio apuntalar mejor la estructura del relato.
Y finalmente, Hanson demostraba que exponer y hasta denunciar los males de sobreproducción, banalización, irritación y estupidización de buena parte de su cine contemporáneo podía incluso hacerse desde adentro de la gastada maquinaria industrial de relatos. Con una película tanto más defendible en cuanto es evidentemente despareja, visiblemente imperfecta, Hanson nos decía que era posible volver a hacer cine con el género, con estrellas, con encanto, con emoción. Su receta era la honestidad industrial, era la imitación del modelo y el esfuerzo por copiar cada pelo y bigote de la liebre. En 2005, Hanson nos daba la buena noticia es que no todos se habían olvidado de los zapatos de Billy Wilder. La mala noticia era que En sus zapatos anduvo por debajo de las expectativas en su país de origen, el mismo en el cual el viejo Billy no pudo hacer una sola película en sus últimas dos décadas de vida. Decisiones como la de Hanson, quien luego de ganar mucho dinero con artefactos como La mano que mece la cuna y Río salvaje, prefirió no seguir escalando posiciones financieras y sí probar suerte con el cine que le gustaba, son las que homenajean a los grandes directores del pasado, esos que tuvieron la suerte, hasta la década del sesenta del siglo pasado, de conectar con un público al que le gustaba ir al cine porque era el arte más relevante de su tiempo y porque le gustaban las películas.



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