Tesis sobre una domesticación: las formas audiovisuales de la falsa docilidad Spoilers

Tesis sobre una domesticación | FICX – Festival Internacional de Cine de  Gijón / Xixón

Tesis sobre una domesticación fue, desde el inicio de su producción, una de las películas argentinas más anticipadas. No solo se trataba del regreso de Camila Sosa Villada a las pantallas grandes en calidad de actriz, sino también de la adaptación de su novela mejor. Desde el título hasta la composición espacial de la historia, no hubo elemento del libro que no fuese halagado hasta el cansancio. Hace unos días, el filme debutó en el Bafici e, igualando la capacidad de asombrar de su predecesora, no dejó a ningún espectador indiferente.

Varias cosas cambian en la traslación de la página al audiovisual, pero el espíritu indomable y pasional del relato continúa intacto. Una actriz travesti se casa con un abogado gay exitoso. Ambos deciden adoptar un niño de seis años, VIH positivo. Y eso es apenas la parte superficial de la diégesis. En ella subyace un tira y afloje siempre cambiante entre la pareja que bascula erráticamente entre el amor y el odio, la violencia y la ternura. En síntesis, y como el título indica, se trata de las idas y vueltas de una domesticación. Pero ya conocemos de memoria los logros temáticos de este monstruo de Villada. Ahora, ¿Por qué la cinta brilla de igual manera?

Thesis on a Domestication (2024) | MUBI

El tratamiento visual de la domesticación

En primer lugar, cabe destacar la forma en la que la película construye el teatro y la teatralidad que son el palpitar de la protagonista. La sala y el camarín en los que trabaja no la muestran en su labor actoral, sino, al contrario, la captan en otro tipo de situaciones donde su estatus de femme fatale tambalea ante las exigencias de su oficio. Las conversaciones con productores en las que el personaje de Villada debe definir su futuro, los ensayos fatigosos, los momentos carnales. Las butacas y el escenario edifican una morada que evita el cliché de ser un lugar seguro para quien actúa/ser un hábitat para abandonar el yo y, al contrario, muestra a la actriz vulnerable a pesar de su sólida “máscara” de seguridad.


Otro logro inmenso del filme: la entrada al teatro está unida a la entrada de la casa de ella. Un trabajo precioso del equipo que acompañó al director Javier Van de Couter en la aventura fílmica. Los dos mundos colisionan y se homogeneizan según el carácter de cada escena. A veces se acoplan en armonía perfecta, y otras veces se ensamblan a la fuerza, resultado de los intentos de la actriz por dar cierta noción de equilibrio prototípico a una existencia que es irregular en todas sus aristas. De todas formas, su hogar representa el espacio donde su carnalidad aflora en su mayor “pulcritud”. En ese departamento con pocos muebles y una opulenta vista a la ciudad, su marido es lentamente domesticado a través del sexo, y ambos consiguen escapar de la claustrofobia del deber ser matrimonio prototípico.


Distinto es el caso de su lugar de origen, el cual se vuelve protagonista absoluto del relato cuando la pareja visita a los padres de la actriz. Es decir, todas las zonas de Tesis sobre una domesticación están preparadas con sumo cuidado y detallismo, pero aquellas casitas en la zona más rural de Córdoba son lo mejor en su balance de frescura y hermetismo. La casa de la madre se nos presenta por vez primera en lo que aparenta ser una tierna reunión familiar, pero esta no tarda en revelar el reproche de la progenitora con respecto al género de su hija. En lo del padre, el ambiente parece ser descontracturado, hasta que su cuñada la discrimina desde los conceptos que Villada tanto resalta como intrínsecos a la existencia trans a lo largo de su obra: el asco a las enfermedades de transmisión sexual, la homofobia, entre otros.


Lo mejor de este apartado rural es, sin duda alguna, la caracterización del sexo. En su departamento y en el teatro hay cierto refinamiento del acto carnal, reforzado por el uso de, por ejemplo, un arnés y las luces de la ciudad en el caso de su cuarto, y de la pulcritud de la sala donde actúa cuando del auditorio se trata. En cambio, las relaciones sexuales que mantiene en las visitas a sus progenitores desbordan crudeza. Son secas, casi propias de un animal que sigue sus instintos. Claro está, las escenas en las que la Villada hecha ficción visita a su salvador son la frutilla del filme, ya que logran mostrarla desprovista de todo el artificio que usa como escudo en cada interacción con un otro. Pero no vale la pena desglosarla a fondo y spoilearla, porque solo esas secuencias hacen valer el visionado entero de la película.


Dejando de lado los aspectos espaciales y saltando al montaje, hay que aplaudir el manejo de los cortes que generan comicidad al intercalar las escenas sexuales y las familiares con transiciones abruptas. El guion acompaña este movimiento, y no teme pasar del drama a la comedia de un momento a otro. Así, ambas herramientas técnicas tejen una producción sumamente humana, donde el tema central son las estratagemas tanto transparentes como deshonestas que hacen a la domesticación, pero todo lo que rodea ese eje es dinámico y orgánico.


También, el sonido. La elección de intensificar los ruidos corporales al máximo en los intercambios sexuales renueva cierto hastío por la predominancia de este tipo de contenido en el cine contemporáneo. Dos títulos que hicieron ruido en las últimas ediciones de los Oscars, Poor Things y Anora, desbordan carnalidad y la ponen en el centro de su propuesta. Pero, ¿Cuándo es arte y cuando es pornografía? ¿Cuándo es necesario y cuando fetiche de quien sostiene la cámara? La respuesta varía según cada quien, pero, en Tesis sobre una domesticación, sabemos que el sexo tiene su razón de ser, demostrada en la decisión de desproveerlo de su escenificación tradicional. La vida de la actriz que le da latencia a la adaptación es descarnada de todas las obligaciones sociales, y su existencia íntima sigue la misma línea.


Lo único que puede criticarse, más como un deseo que como un señalamiento objetivo, es la falta de profundización en el pasado traumático de la protagonista. Sí, es cierto que la única escena que lo cubre logra escenificarlo con total claridad, pero no deja de ser la punta de un ovillo cuya extensión tácita suscita curiosidad.


A falta de la multiplicidad de puntos de vista que hacen a la novela, la domesticación de Javier Van de Couter se deja ver en cada uno de los intercambios que nutren (o hambrunan) a la ella de Camila Sosa Villada. Nada sobra. Desde los diálogos explícitos hasta las miradas, todas las interacciones ayudan a la construcción de los diversos amansamientos. Camila fuerza la domesticación de su marido, quien suele guardar silencio ante las desventuras de una mujer que respira desenfreno, y termina prestándose a la sumisión sexual de su pareja. Por otro lado, el hijo adoptado por el dúo domestica a Camila, obligándola a encuadrarse en las limitaciones de la madre prototipo.


En una de las últimas escenas, los vínculos alcanzan su mayor grado de tensión. Por mucho que lo intente, la actriz ya no puede separar la existencia carnal de la maternal: los compañeros de su hijo le mostraron un video de ella desnuda, y aunque su primer instinto fue defenderla en el colegio, le aparta la caricia. Esos minutos en los que entra a su casa con la lentitud de quien se sabe víctima absoluta reflejan la rotura del enmascaramiento. Cuando su marido la mira luego de la tragedia, apenas reconocemos la calidez que lo distinguió durante el filme entero. Por último, el corte impecablemente abrupto en la distancia de una pareja que no se reconoce antes de dormir. Si Camila ya había puesto en tinta lo inteligentísimo de una domesticación sin docilidad, la adaptación audiovisual le puso los cuerpos incómodos en cada cuadro, y le agregó un enorme valor.

LIGHT

Ilumina y aumenta su visibilidad — ¡sé el primero!

Comentarios 28
Tendencias
Novedades
comments

¡Comparte lo que piensas!

Sé la primera persona en comenzar una conversación.