BAFICI - El pesimismo radical de Sami Kafati 

Este año el Buenos Aires Festival de Cine Independiente (BAFICI) le dedica un foco a algunas restauraciones recientes de la Cineteca Nacional de Chile. La selección es ecléctica, y como en el catálogo no figura ningún texto introductorio del foco, o ninguna explicación de cómo y por qué estas películas, la única forma de enterarse de cómo aparecieron estas ideas es enganchando las funciones presentadas por Marcelo Morales, director de la cinemateca. Hay dos de Raul Ruiz, de quien, por varios milagros del presente y de la historia, siempre hay más películas que ver, Abastecimiento de 1973 y Nadie dijo nada, de 1971. Luego, varias rarezas: Nosferatu, una escenita criolla, de Hernán Castellano Girón, escondida durante la dictadura, terminada en los 90s y exhibida el año pasado; Esperando a Godoy, de de Cristian Sanchez, Rodrigo Gonzalez y Sergio Navarro (1973-2024); La gota escarlata de John Ford, película perdida y encontrada en un depósito de Santiago de Chile, vista en público por primera vez en el país durante festival de cine recuperado Más allá del olvido, y la extraña No hay tierra sin dueño, de Sami Kafati.

Aunque forme parte de la selección de la Cineteca Chilena, No hay tierra sin dueño es una película hondureña, filmada en Honduras, por un director de ascendencia palestina. La película es un misterio, y hay poca información de la película en internet. La función a la que fui no fue presentada, y después de vista comenzó un juego de especulaciones e investigaciones entre los presentes para entender un poco más de lo que acabábamos de ver. Hay algo del giro de la programación hacia los interiores del archivo que forma parte de estos misterios. Hace varios años que, en festivales y en salas de retrospectivas, la historia del cine se ha ampliado. Lo que considerábamos películas es ahora mucho más: las cosas que no se habían visto, las re-ediciones, los fragmentos, todo comenzó a circular en estos espacios junto con las películas de retrospectivas más tradicionales. Es un proceso que nos llevará a lugares inadivinables, y demanda acomodar un poco el ojo. O, más que acomodar el ojo, nos obliga de alguna manera a confiar primero en el ojo, sin la información.

Al ver No hay tierra sin dueño, sin mucha más información que una fecha (2003), es difícil entender cuándo fue filmada. Hay algo que está desfasado temporalmente: los hombres visten y se mueven de una manera que podría corresponder a cualquier momento del siglo XX, y la tecnología que se ve en la película tampoco aporta grandes datos (se escucha, sobre todo, radio). El espacio es rural: la hacienda de un terrateniente cruel, don Calixto, y sus alrededores. Esos alrededores son sólo un concepto, Don Calixto es como una especie de Cronos pero del espacio, un hombre que devora todo: sus hijos, la tierra en la que viven. Todo lo que toca la luz le pertenece.

La película recorre el problema de la tierra, pero lo hace de una forma como atomizada, con una estructura extraña: no se queda con los unos o los otros, sino que los mira a todos, en secuencias largas y detalladas. En realidad, la estructura de la película es la de una gran novela familiar, esas que recorren casi los siglos y las generaciones, pero condensada en unos pocos días. Los trabajadores y los dependientes de Calixto viven en espacios que supuestamente le pertenecen, y algunos están más contentos que otros la situación. Para el hijo del capataz de la hacienda, que está de novio con una hija ilegítima de Calixto que espera un hijo suyo, vivir bajo los caprichos de este caudillo no es la vida que quiere para sus hijos. Quiere cobrar su propio dinero, decidir sus propias cuentas, mandarlos a estudiar, cosas que bajo la ley de Calixto y su proveeduría de deudas eternas es imposible. Hay una escena en la película que es recurrente en la literatura y el cine de trabajadores de ingenios, cosechas, trabajos precarios de principios del siglo XX, incluso en en Informe sobre el Estado de la Clase Obrera de juan Bialet Massé: el día de pago se ajustan las cuentas con la proveeduría. El negocio es obviamente de Calixto, y todo el mundo depende de él para comer y beber cualquier cosa. El día de pago, Calixto decide cuánto del salario se retiene para pagar las deudas con la proveeduría, que jamás se terminarán. Con el trabajo de otros, Calixto se paga a él mismo.

Las mujeres son las únicas que parecen aportar un poco más de datos sobre el momento histórico, junto quizás con los extranjeros. Hay una secuencia muy larga, la primera en la que vemos a la familia terrateniente (antes habíamos visto secuencias desde el punto de vista de los trabajadores), la secuencia de una fiesta de cumpleaños, en que las mujeres visten vestidos con hombreras y peinados batidos. Estamos, nos damos cuenta, a mediados de los 80s o principios de los 90s. Las mujeres hablan todo el tiempo de ir a Miami a comprar ropa, y de poner sus dólares en bancos extranjeros con banqueros y enviados del gobierno de Estados Unidos que están ahí. La época, que continúa pero ahí comienza, es la del neoliberalismo económico, la de un plan sistemático de endeudamiento del país y de venta de los recursos naturales por unas coimas grandes a los locales. Calixto pertenece a esa clase: la clase que vende el país. El dinero grande lo saca de la tierra, el dinero de la caja de los trabajadores.

Hablando con una amiga al final de la película me entero de que la película se montó en los 90s, pero como Katafi murió en el proceso de edición, no se estrenó hasta el 2003. Una película que tardó casi 20 años en salir a la luz, y otros más de 20 para volverse a ver. Katafi, me entero, es el cineasta más famoso de Honduras, y dirigió la primera película hondureña, Mi amigo ángel, de 1962, que puede verse en YouTube gracias a una digitalización de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. Katafi hizo varios documentales, y esta es su única película larga de ficción, y la gran película Hondureña en la historia.

Katafi estudió en Roma, no en el Centro Sperimentale sino en la LUISS – Libera Università Internazionale degli Studi Sociali. Hay algo del cine social de la época que la película comparte. Hay una voluntad grande de describir el conflicto en sus detalles, con todos sus integrantes y, sobre todo, centrarse en la economía de las relaciones entre ellos. Como Calixto tiene a varias mujeres trabajando para él en calidad de empleadas y trabajadoras sexuales, y como tiene a varios hombres trabajando para él en calidad de capataces y asesinos a sueldo. La forma en la que Calixto se ha hecho rico, y se hará más rico, es clara en la película y los procesos de acumulación de tierra y capital aparecen en cada escena. La película, aunque de ficción, hace pensar un poco en el cine de Helena Lumbreras, sobre todo en El campo para el hombre, esa manera directa y poética de acercarse al problema de la tierra y de la gente que la trabaja. Pero a diferencia de Lumbreras, lo de Katafi es de un pesimismo absoluto, radical. Hay una sensación, viendo No hay tierra sin dueño, de que no hay nada que hacer. Este círculo de violencia y propiedad es imparable, y todo termina lo peor posible. Es un pesimismo que puede resultar un poco aplastante: si no hay nada que hacer, ¿para qué hacer películas? Sin embargo, el odio que hay en estas imágenes quizás produce un movimiento. Es el lo que pasa con pesimismo radical: el que no tiene nada que perder puede ir contra todo y contra todos.

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