QUERELLE es la última película que el alemán Rainer Werner Fassbinder dirigió en 1982 antes de su muerte, y ha declarado que es la más importante de su vida. Si bien casi todos sus films presentan personajes homosexuales, en este caso son los protagonistas, al igual que en su clásica LAS AMARGAS LÁGRIMAS DE PETRA VON KANT, realizada diez años antes, en 1972. Fassbinder, figura fundamental del Nuevo Cine Alemán, cierra su filmografía con esta obra profundamente simbólica y provocadora, que se aleja de los realismos sociales que marcaron su carrera, para adentrarse en un universo estilizado, teatral y cargado de pulsiones internas.
Basada en la novela Querelle de Brest del escritor francés Jean Genet, la película cuenta la historia de un marinero llamado Querelle, que llega a la ciudad portuaria de Brest para reencontrarse con su hermano Robert, con quien mantiene una relación ambigua y tensa. Robert está involucrado sentimentalmente con Lysiane, la dueña del bar Feria, un lugar que funciona como epicentro de la acción y punto de encuentro para marineros, criminales y amantes. Lysiane regenta el bar junto a su exmarido Nono, un hombre dominante y sádico, que representa una figura autoritaria con la que Querelle entra en conflicto desde el primer momento.
Es precisamente en ese espacio cargado de erotismo y tensión donde Querelle tiene su primera experiencia homosexual, luego de perder intencionalmente un juego de dados frente a Nono, lo que lo obliga a ser penetrado como parte del ritual del bar. Aunque en un principio se muestra negado y distante, esta experiencia lo marca profundamente y despierta en él un deseo que hasta entonces había estado reprimido o disfrazado bajo una fachada de virilidad y violencia. El cuerpo y el deseo aparecen aquí como territorios en disputa, en un universo donde la traición, el poder y el amor se confunden y se superponen constantemente.
Visualmente, QUERELLE está construida como una fantasía homoerótica de luces, escenografías artificiales y composiciones pictóricas que remiten más al teatro que al cine convencional. Fassbinder toma distancia del realismo y se sumerge en un lenguaje visual altamente estilizado, que refuerza la dimensión onírica y simbólica del relato. Cada plano parece deliberadamente calculado para provocar, seducir o incomodar, invitando al espectador a entrar en una experiencia sensorial antes que narrativa.
Lejos de ser solo una historia de deseo homosexual, QUERELLE se convierte en una reflexión sobre la identidad, el crimen, el amor como forma de dominio y el cuerpo como campo de batalla. Fassbinder logra con esta película un testamento final que es tan bello como perturbador, tan personal como abstracto. En ella no solo adapta a Genet, sino que lo reinterpreta desde su propia sensibilidad, haciendo del filme una obra única en su filmografía.

Toda la Isla de Brest que habita la película está construida desde una lógica queer que se extiende más allá de los personajes y atraviesa todos los elementos visuales. Las columnas de los edificios tienen forma de pene y los muros están repletos de graffitis con dibujos de falos erectos y en plena eyaculación. Este diseño deliberado no apunta a la provocación gratuita, sino a la construcción de un mundo donde la sexualidad masculina —particularmente la homosexualidad— es la norma, el paisaje y la atmósfera. Fassbinder crea así un entorno completamente estilizado, que remite a una especie de cómic erótico, pero que también funciona como un espacio simbólico donde el deseo se expresa sin intermediarios. No hay lugar para el realismo; todo en QUERELLE responde a una lógica onírica y teatral, donde los colores saturados, los escenarios de cartón pintado y los vestuarios marcadamente artificiales potencian la idea de que estamos dentro de una fantasía homoerótica.
No se trata, por tanto, de una película en la que los personajes homosexuales son un complemento decorativo, un alivio cómico (comic relief) o una presencia marginal. Aquí, los personajes queer son el centro mismo del relato, no solo desde la narrativa, sino también desde lo visual y lo simbólico. La homosexualidad no es un tema, es el lenguaje de todo el universo fílmico.

El estreno de QUERELLE en 1982 fue casualmente recibido con controversia. La película salió a la luz en paralelo a la expansión de la epidemia del sida, un contexto histórico en el que la representación del deseo homosexual estaba fuertemente marcada por el estigma y el miedo. En este sentido, la propuesta de Fassbinder fue radical. A diferencia de otras películas contemporáneas como CRUISING (1980) de William Friedkin —que si bien abordó el universo gay desde una óptica oscura, nunca se entregó por completo a él—; QUERELLE representa el deseo entre hombres sin esconderlo, sin suavizarlo ni demonizarlo. Hay múltiples escenas de sexo y, aunque desde una perspectiva actual puedan parecer estilizadas o incluso veladas, en su momento fueron audaces e incómodas para muchos espectadores.
Pero quizás lo más notable es que la homosexualidad no aparece tratada como una anomalía, una enfermedad —como se creía por esos tiempos— ni una amenaza. Fassbinder se niega a patologizar el deseo. En cambio, construye un retrato de la represión, del conflicto interno y de cómo la sociedad oprime —con violencia, vergüenza o marginalidad— a quienes deciden expresar lo que sienten.

Los personajes de QUERELLE no solo están bien construidos, sino que funcionan como extensiones vivas del universo simbólico que propone Fassbinder. Querelle, interpretado por Brad Davis, es un hombre que parece estar completamente establecido en su deseo y en su forma de habitar el mundo. No se muestra afectado por las miradas ajenas ni por los rumores que circulan en torno a su sexualidad o a sus actos. Su presencia es física, decidida, casi impenetrable, pero bajo esa superficie se esconde una tensión interna que se manifiesta a través del silencio, de la mirada esquiva, de los gestos contenidos. En contraposición, su hermano Robert es emocionalmente más inestable, un hombre que no puede aceptar lo que siente y que sufre por el peso de las habladurías. Su conflicto es más evidente, más visceral, y funciona como un espejo distorsionado de Querelle, como si ambos fueran partes escindidas de una misma identidad.

Lysiane, interpretada por una magnética Jeanne Moreau, aporta una dimensión más clásica y cinematográfica al conjunto. Su personaje, cargado de sensualidad y misterio, remite directamente a la figura de la femme fatale del cine negro de los años cuarenta, pero resignificada en un contexto donde el deseo no se limita a lo heterosexual. Lysiane no solo es un personaje de transición entre los mundos masculinos de Querelle y Robert, sino que también encarna un tipo de poder femenino que observa, manipula y resiste desde las sombras.
En conjunto, el reparto se mantiene a la altura del universo narrativo, entregando interpretaciones que no buscan el realismo, sino que dialogan con el artificio del entorno visual. Cada actor parece consciente de que habita un mundo irreal, casi alegórico, y actúa en consecuencia.

QUERELLE se ha convertido en un ícono para la comunidad LGBT+ por su manera de representar a los hombres homosexuales desde otro lugar. Aquí no hay amaneramientos forzados ni caricaturas, sino cuerpos musculosos, rostros duros, obreros, marineros. El deseo entre ellos se filtra entre negocios ilícitos, asesinatos y silencios cargados de tensión. Rainer Werner Fassbinder propone, así, una tragedia queer, en la que el crimen y la pasión se confunden hasta volverse indistinguibles.
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