No sé cuántas horas llevaba despierto. Solo sé que llegué a casa arrastrando los pies, con los ojos rojos y la mente al borde del colapso después de un día eterno. El tipo de día que te drena hasta el alma. Cerré la puerta, dejé caer el maletín en el suelo y me tiré al sofá como si fuera un náufrago llegando a tierra firme.
Prendí la televisión sin pensar mucho. Inception estaba en la lista de recomendados. “Una vez más”, me dije. La había visto decenas de veces, pero nunca me cansaba. Ese juego entre lo real y lo onírico tenía algo que me llamaba. Siempre sentí que la película escondía un mensaje que solo pocos podían entender.
Me acomodé en el sillón, sin saber si estaba más dormido que despierto. El sueño me acechaba desde hace rato, y justo en la escena del hotel, cuando Arthur flotaba por los pasillos sin gravedad, sentí cómo mis párpados se volvían de plomo. Los cerré por unos segundos… solo unos segundos.
Pero al abrirlos, ya no estaba en mi sala.
Estaba en medio de una ciudad lluviosa.
No entendía nada. Miré mis manos. Traje gris, empapado. A lo lejos, un tren cruzaba a toda velocidad. La ciudad se sentía… irreal. Como si el aire mismo estuviera editado. Las personas pasaban a mi lado, algunas con los rostros borrosos, otras con miradas fijas, penetrantes. Era como estar dentro de un sueño.
O dentro de la película.
—Estás soñando —dijo una voz detrás de mí.
Era Arthur. Igualito. Hasta el peinado.
—¿Qué…?
—No hay tiempo para explicaciones. Esto es el nivel uno. Si no bajas, te vas a quedar atrapado.
Me lanzó un maletín. Lo reconocí de inmediato: era el dispositivo para compartir sueños. Dudé un segundo… pero algo en mi mente decía: hazlo. Apreté el botón.
Oscuridad. Caída libre.
Y desperté… en una cafetería parisina.
El aroma a café recién hecho, el sonido de platos, conversaciones cruzadas en francés. Frente a mí, una mujer con el rostro cubierto por una bufanda hablaba rápido, como si me conociera.
—Estás en el nivel dos. No debes quedarte mucho tiempo aquí, o el subconsciente te encontrará.
—¿Quién eres?
Ella no respondió. En cambio, me entregó una peonza. Mi totem.
—Si gira eternamente… nunca despertaste —susurró.
Intenté hacer más preguntas, pero la calle explotó en mil pedazos. Gente gritando, cristales volando en cámara lenta. Corrí sin rumbo. Entré en un baño público. Cerré la puerta. Me miré al espejo…
Y vi a Cobb.
Yo era Cobb.
Pero no lo era.
Era yo dentro de Cobb, soñando con ser él. O él soñando conmigo. No lo sabía. El piso empezó a moverse, como si la gravedad fallara. Volví a caer.
Desperté en mi sala. De nuevo. Sudando. Jadeando. Inception seguía reproduciéndose.
Me levanté, aún con el corazón a mil, y fui al baño. Pero algo no estaba bien. Me miré en el espejo… y mi reflejo no se movió.
Estaba quieto. Sonriendo.
—¿Quién sueña ahora? —susurró mi reflejo, mientras yo no podía moverme.
Toqué el espejo. Era frío. El reflejo me imitó… segundos tarde.
—¿Despertaste… o seguiste soñando? —volvió a decir. Y entonces el baño colapsó. Paredes derritiéndose como cera, el suelo desapareciendo bajo mis pies.
Caí.
Otra vez.
Desperté en una sala blanca, con tubos, luces fluorescentes. Un hombre con bata blanca me observaba mientras anotaba en una libreta. Llevaba una credencial colgando: “Dr. N. Paige, Neuropsiquiatra”.
—¿Otra vez soñando con películas, eh? —dijo con una media sonrisa.
—¿Dónde estoy?
—Eso deberías decírmelo tú. Llevas seis años repitiendo la misma historia, una y otra vez. Inception, sueños, niveles… ¿Lo recuerdas?
—Eso es imposible —respondí—. Acabo de llegar del trabajo. Vi la película hace un rato…
—¿Trabajo? ¿Qué trabajo? Nunca has salido de aquí —dijo el doctor, y me mostró un archivo. Había una foto mía. Cabello más largo. Ojeras profundas. Diagnóstico: “Psicosis esquizoide inducida por trauma”.
No entendía nada. O más bien… entendía todo demasiado.
De repente, el doctor empezó a desvanecerse. Como polvo digital. La habitación blanca se convirtió en un túnel sin fin. Corrí. Corrí. Corrí hasta que vi una luz al final. Y entonces desperté…
…en mi sofá.
Inception no estaba en la pantalla. Ni siquiera la TV estaba encendida.
Todo estaba oscuro.
Silencio.
Hasta que escuché la misma voz, suave, detrás de mí, casi un susurro:
—Despierta.
Volteé de golpe. Nadie.
Y entonces comprendí que hay un sueño del que nunca se despierta… porque quizás, esa “realidad” en la que crees vivir…
Nunca existió.
¿Y tú? ¿Qué tan seguro estás de que estás despierto?



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