Joker es la mejor película de superhéroes que he visto. Y no lo digo a la ligera: The Dark Knight de Nolan es una maravilla, pero esta cinta tan desconcertante cambia completamente un género en pantalla como Frank Miller lo cambió, en las páginas, con The Dark Knight Returns.Joker nace de las cenizas del DCEU. Warner Bros. apostó todo para competir con el universo fílmico de Marvel y, en el proceso, perdió el alma. Cuando el MCU empezó a crecer, los ejecutivos de DC optaron por abandonar proyectos más personales y de corte autoral (como la trilogía de The Dark Knight de Nolan o el Man of Steel de Snyder). Para tratar de emular los logros de los universos compartidos, DC sacrificó mucha libertad creativa, creó una profunda división entre fans, se ganó el repudio de los críticos y se metió en un -millonario, hay que decirlo- callejón sin salida. Así que, después del enorme bodrio que fue Suicide Squad (2016) los ejecutivos vieron en Todd Phillips una esperanza.
Phillips empezó a perseguir financiamientos para realizar un nuevo sueño de provocación: un estudio de personaje digno de las cintas setenteras y ochenteras que pavimentaron su imaginación de niño. Películas como Mean Streets (1973), Serpico (1973), Death Wish (1974), One Flew Over the Cuckoo’s Nest (1975), The Network (1976), Taxi Driver (1976) y The King of Comedy (1982).

Ahora bien, es evidente que ningún gran estudio, en estos momentos de imágenes conservadoras, aceptaría financiar una película como Straw Dogs (1971). Y, en este plan maquiavélico confesado, Phillips se volteó hacia personajes de cómics que podrían entrar en un thriller psicológico de este tipo. Entonces, considerando el bodrio que hizo Jared Leto, el desafortunado director le propuso a DC crear una película en solitario de The Joker, el máximo némesis de Batman y rey bufón del crimen por casi ochenta años. Inmediatamente, sorteando una enorme cantidad de obstáculos, Phillips logró lo impensable: que DC abandonara su necesidad obsesiva de emular los logros de Marvel y que Joaquin Phoenix aceptara protagonizar una película basada en cómics (cuando ya le habían ofrecido ser Bruce Banner y Steven Strange).El resultado es una película que se hizo con enorme libertad, que no necesitó basarse en ningún arco de cómic y que tiene a uno de los más grandes actores de las últimas décadas en pantalla. Claro, esto no basta para hacer una buena película y Todd Phillips es un director que, a pesar de sus grandes pretensiones, no tiene la sensibilidad, profundidad y elocuencia del Scorsese que trató de emular. Sin embargo, Joker es una película sumamente interesante a pesar de su director; una película que no tiene por qué existir fuera del género que le dio vida; una película que, al inmiscuirse poco con el material de los cómics, crea una visión original, desgarradora y necesaria de un personaje esencial para la cultura popular contemporánea.

Joker cuenta la historia de Arthur Fleck, un hombre recientemente liberado del manicomio que se gana la vida como payaso de alquiler. Su trabajo le permite hacer lo que su madre siempre le prescribió como destino: repartir alegría en el mundo y poner una sonrisa en la cara de todos. Ella lo llama, incluso, “Happy” porque “siempre ha sido un niño muy feliz”.
Arthur desempeña su trabajo con singular entusiasmo: va a hospitales para niños y baila (imitando el singular estilo de Ray Bolger en The Wizard of Oz de 1939), juega con carteles en la calle, trata de ser feliz en todas sus pequeñas actividades. Pero la vida no le regresa las sonrisas: niños abusivos lo golpean a cada esquina, compañeros de trabajo lo engañan y nadie parece entenderlo.Arthur tiene, además, una condición que lo vuelve más extraño: cuando está nervioso, triste o exaltado, se ríe sin control. Y la gente no lo entiende. Nadie lo entiende. A veces, por las noches, trata de cumplir ese sueño imposible de ser un comediante de stand-up. Fantasea con un material inocente, mientras su madre le dice que es un buen chico, lo llama Happy, y ven juntos el famoso programa de Murray Franklin (Robert De Niro), en el que Arthur sueña debutar (con proyecciones muy cercanas, claro, a Rupert Pupkin). También piensa que su vecina, Sophie Dumond (Sazie Beets), coquetea con él. ¿Qué más va a pensar este hombre frustrado y ensimismado? Ella parece ser la única personas amable en un mundo en el que nadie le sonríe
Ciudad Gótica, mientras tanto, se hunde en la miseria: una huelga del departamento de sanidad evita que las calles estén limpias; los servicios de salud se desbaratan; y toda la estructura que ayuda a los que más ayuda necesitan parece derrumbarse. Mientras tanto, un millonario altivo (una mezcla de Trump con el desprecio condescendiente de un político demócrata) quiere postularse como alcalde
Cada vez más aislado, cada vez más violento, cada vez menos medicado, Arthur comienza a perder el piso. Todo se derrumba a su alrededor y nadie parece estar de su lado. Incluso la madre amorosa que tanto lo anima parece esconder cosas. ¿Qué pasa cuando un hombre tan inseguro y tan inestable es empujado al límite? ¿Qué pasa cuando la maldad causa consecuencias apremiantes que escurren de los altos puestos de gobierno hasta el subsuelo apestoso de una ciudad? ¿Qué pasa cuando se exprime demasiado la sanidad, la cordura, la paciencia de los enfermos mentales que deberían vivir medicados, tratados o aislados? ¿Qué pasa cuando una sociedad se pudre tanto que cualquier chispa puede llevarla al caos?



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