"El Velo y el Dragón"*

"*En lo más profundo del Bosque de Thirandel, donde los árboles susurraban secretos antiguos y las luciérnagas dibujaban runas en el aire nocturno, vivía una joven llamada Elira. No era una hechicera, ni una princesa, ni una heroína de leyenda. Era simplemente una recolectora de hierbas, hija del bosque y amiga de las criaturas que en él habitaban. Pero el destino rara vez respeta la simplicidad"
Una noche de luna nueva, mientras recogía pétalos de lunares una flor que sólo brotaba bajo cielos sin luna" encontró una piedra. No una cualquiera: esta brillaba con una luz interior, como si un corazón de fuego latiera en su centro. Elira la tocó, y el mundo se desvaneció.
Cuando abrió los ojos, ya no estaba en el bosque. Estaba en una ciudad sumergida en el crepúsculo eterno, donde las torres flotaban y los canales estaban hechos de niebla líquida. Figuras envueltas en capas de sombra caminaban sin hacer ruido, y nadie parecía notarla. Un susurro acarició su oído: “Has despertado al Ojo del Velo. Ahora verás lo que otros no deben ver.”
Asustada, pero curiosa, Elira caminó por las calles extrañas hasta encontrar un espejo suspendido en el aire. Al mirarse en él, no vio su reflejo, sino a un dragón encadenado en una caverna de hielo, sus ojos pidiendo auxilio. Detrás del dragón, una figura encapuchada alzaba una daga de cristal.
El espejo estalló.
Despertó de nuevo en el bosque, jadeando, la piedra todavía en su mano. Pero ahora, su alrededor era distinto. Las hojas hablaban, literalmente. Susurraban advertencias. “El Guardián se ha movido… el Velo se debilita…”
Elira entendió que había sido elegida, aunque no sabía para qué. Y con esa piedra brillante el Ojo del Velo colgando de su cuello, emprendió un camino que la llevaría más allá de las fronteras del mundo visible. Donde los sueños eran reales, y las pesadillas... también.
No sabía si lograría salvar al dragón, ni quién era la figura de la daga. Pero una cosa era segura: ya no era solo una recolectora. Elira era ahora una caminante entre mundos, la única que podía ver más allá del velo.
Y en su mirada, se encendía la chispa de una nueva leyenda
Con la piedra colgando de su cuello, Elira no podía quitarse la sensación de que el mundo a su alrededor había cambiado para siempre. Cada paso que daba parecía resonar en el aire, como si el bosque estuviera observándola, juzgándola, esperando algo. Las hojas, antes suaves y apacibles, ahora murmuraban sin cesar, como si quisieran alertarla de lo que se venía.
Una mañana, mientras se adentraba más en el corazón del bosque en busca de respuestas, una sombra se deslizó entre los árboles. No era un animal, ni una figura humana, sino algo mucho más antiguo: una criatura alada, con ojos dorados que brillaban con la misma luz cálida que emanaba de la piedra en su cuello.
“Has sido tocada por el Velo”, dijo la criatura, su voz un susurro que se fusionaba con el viento. “Y el Guardián no dejará que pase desapercibido.”
Elira se quedó paralizada. No había visto nada parecido en su vida, pero algo en sus ojos la tranquilizó, como si esa criatura, a pesar de su apariencia imponente, no fuera una amenaza.
“¿Quién eres?”, preguntó Elira, su voz temblorosa.
“Soy un ángel caído, un antiguo protector del bosque”, respondió la criatura, sus alas extendiéndose lentamente para revelar un brillo plateado en su plumaje. “Mi nombre es Tharion, y he sido enviado para guiarte en lo que está por venir.”
Elira sintió un estremecimiento al escuchar esas palabras. ¿Guía? ¿Por qué ella? Estaba a punto de preguntar más, cuando un rugido lejano hizo que el aire temblara, un sonido tan profundo y antiguo que parecía arrancado de las mismas entrañas del mundo.
“Es él”, dijo Tharion con preocupación. “El Guardián está cerca. Debemos irnos, antes de que nos encuentre.”
Sin pensarlo, Elira asintió, y siguió a Tharion mientras este la guiaba por caminos que se torcían y se desvanecían a medida que los recorrían. El bosque se volvía cada vez más denso, los árboles más altos, sus raíces más profundas. El Ojo del Velo brillaba con más intensidad, como si sintiera el peligro que acechaba.
Finalmente, llegaron a un claro. En su centro, una antigua estatua de piedra representaba a un dragón encadenado, su cuerpo retorcido en una forma tan realista que parecía estar vivo, aún dormido en su prisión de piedra.
“Este es el lugar”, dijo Tharion, su voz grave. “Aquí es donde el destino de Elira será sellado. El Guardián vendrá por ti.”
Elira miró la estatua con un nudo en el estómago. Sabía que tenía que hacer algo, pero no sabía qué. ¿Cómo podría enfrentarse a lo que venía? Y, lo más importante, ¿quién era ella realmente en todo esto?
La respuesta vino en forma de un susurro dentro de su mente, como si el propio Ojo del Velo le hablara.
“Despierta al dragón. Solo él puede romper la maldición. Solo él puede salvar al Velo.”
Con las manos temblorosas, Elira tocó la piedra del dragón en la estatua. Al instante, un resplandor de."


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