Mazel tov: qué bello es vivir 

Mazel Tov es una expresión ídish cuya traducción sería "felicidad". Es, justamente, lo que menos encuentra Darío (Adrián Suar) cuando decide regresar por unos días a Buenos Aires para asistir al cumpleaños de su hermana y al bar mitzvá de su sobrina. Porque Darío lo dice antes de viajar: "voy a recomponer los vínculos con mis cuatro hermanos". Pero un hecho inesperado altera los planes: el padre de la familia muere abruptamente. Un viaje de celebración se convierte entonces en una mezcla de emociones: el reencuentro, el duelo por el padre, la alegría del casamiento y la bronca por las historias pasadas.

Crítica de Mazel Tov: Un retrato sobre las tradiciones y la hermandad

Como el dulce de leche o el colectivo, Suar es lo más argentino que hay. Podríamos pensar que con Suar pasa algo muy maradoniano: se lo ama o se lo odia. Se lo defiende o se lo ataca. Basta con leer algunas notas y comentarios en Letterboxd sobre esta, su segunda película como director: hay bronca y burla, pero también amor, emoción y agradecimiento. Probablemente porque, como pocos directores y productores del país, Suar nunca desvió su atención de lo que el público quiere o demanda. Un público que, en buena parte, él mismo logró forjar y construir.

Pero Mazel Tov, aunque conserva todos los condimentos de lo que podríamos llamar "marca Suar", asume un riesgo más: hay un intento deliberado de cambiar el tono, de abordar un tema más cercano y personal. Cuando Darío regresa a Buenos Aires, se enfrenta con la mirada de su hermano mayor, Gabriel (Fernán Mirás, impecable), que se quedó en la ciudad al mando de la mueblería familiar, mientras él probaba suerte en Estados Unidos. Si bien el nombre Gabriel —que en la tradición judía significa "hombre de fuerza"— remite a poder y determinación, el personaje tiene una fuerza contenida, acallada por las palabras, acomplejado por la presencia de su mujer y convertido en un vendedor huraño que trata de cuidar a sus hermanos como puede. Pero el hermano que vuelve trae consigo vientos de cambio: quiere movilizar y sacudir los cimientos de una familia que parece estancada o atravesada por una especie de maldición, encarnada en Daniela (Natalie Pérez): la tsure, esa piedra que se carga como un presagio, una especie de mal destino (como en Un hombre serio, de los hermanos Coen, con el metaforico disco Abraxas, que circula frenéticamente por la historia).

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A Suar le interesa la conexión emocional con su público. La puesta en escena de la película trabaja en esa dirección y, lo que no es poco, lo logra: la escena final, con una catarsis entre hermanos, es de una emoción pocas veces vista en el cine argentino reciente, tan poco propenso a los desbordes lingüísticos. Suar parece seguir la premisa narrativa de Billy Wilder: a mayor complejidad de diálogos, mayor sencillez en la puesta. Y, como siempre, lo que se destaca son las actuaciones: una marca de su cine y un interés que lo ha llevado de la televisión al teatro en los últimos años. Desde la aparición especial de Rodolfo Ranni, junto a sus hijos Ariadna Asturzzi y Esteban Bligiardi como la familia Rosemberg, hasta Pablo Fábregas, Benjamín Rojas (el otro Roitman) y Lorena Vega. Suar se apoya en la solidez de todos ellos con confianza ciega, para evitar así tener que recurrir a los guiones de fórmula, las motivaciones claras o toda esa batería de recursos que se enseñan en los manuales de guión para “escribir un guión exitoso”.

En conversación con Teleshow , el cineasta destacó que aunque su vida puede  inspirar matices de la historia, quiso conectar con experiencias familiares  universales - Infobae

Pensaba mientras miraba la película en el lugar central que tiene el dinero. Un tema sensible en nuestra época, donde se dice que “no hay plata”. El dinero es lo que mueve las relaciones sociales y lo que aleja a las familias. “No puedo creer que nos hayamos convertido en una película que pelea por plata”, dice Daniela. La familia como empresa es una forma muy porteña, muy de clase media argentina, que atraviesa a todas las colectividades que llegaron a Buenos Aires durante la guerra y la posguerra: desde la italiana y la gallega hasta la japonesa y la judía. El conflicto central de Mazel Tov me recordó a ¡Qué bello es vivir!, de Frank Capra: una película que toca una sensibilidad de época en torno a la reconstrucción de un país, y a esa idea de que los sueños muchas veces son difíciles —cuando no imposibles— de alcanzar, pero que siempre vale la pena seguir buscándolos si uno tiene en quién apoyarse cuando está cansado.

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