El Último Café del Olimpo 

En una esquina olvidada de la ciudad, escondida entre un taller mecánico lleno de herramientas oxidadas y una librería que había cerrado sus puertas para siempre, se encontraba una pequeña cafetería que no aparecía en Google Maps ni en ninguna guía turística. El cartel colgante, gastado por el tiempo y el viento, mostraba en letras doradas y algo deslucidas la palabra “Olimpo”. Al cruzar la puerta, el aroma intenso y cálido del café tostado se mezclaba con el olor del cuero viejo y las anécdotas susurradas de tiempos que parecían inalcanzables.


Cada viernes por la tarde, ese lugar se convertía en un refugio para los antiguos miembros de La Guardia del Alba, el escuadrón de superhéroes que, décadas atrás, había salvado al mundo más veces de las que alguien se atrevía a recordar o contar. Aquellos héroes, ahora envejecidos y gastados por el paso del tiempo, mantenían viva la llama de su pasado entre las paredes llenas de polvo y recuerdos.


Estaban todos menos uno.


—¿Alguien ha sabido algo de Vórtice? —preguntó Sombra, una mujer cuya melena blanca flotaba sutilmente cuando caminaba, como si nunca hubiera tocado el suelo del todo.


—Lo último que escuché es que se había retirado a Paraguay y ahora cría gallinas —respondió Torquemotor, conocido antaño como el Hombre de los Mil Engranajes, mientras ajustaba con una llave inglesa su brazo prostético, que emitía suaves chirridos mecánicos.


—Gallinas… —repitió Cascabel con una mezcla de incredulidad y humor. Ella, que alguna vez había sido temida por su risa hipersónica capaz de derribar muros, ahora apoyaba su peso en un bastón que silbaba con cada paso cansado.


Los años habían hecho lo que ni los villanos ni las guerras lograron: doblar sus espaldas, enfriar sus pasiones y relegar los trajes brillantes a cajas olvidadas bajo las camas. Sin embargo, cada uno de ellos conservaba algo vivo en su interior. A veces una cicatriz, otras una pesadilla, y siempre, un recuerdo.


Esa tarde, sin embargo, algo cambió la rutina. A las 17:02, el timbre sobre la puerta sonó y un adolescente entró jadeando, con el rostro pálido, marcado por el miedo, y los ojos llenos de urgencia.


—¿Aquí es donde estaban los héroes? ¿La Guardia? —preguntó con voz temblorosa.


Los veteranos se miraron en silencio, dejando que la pregunta colgara en el aire como una sombra que regresaba del pasado.


—Eso fue hace mucho, chico —gruñó Torquemotor, sin apartar la vista de su prótesis.


—¡Pero necesito ayuda! —exclamó el joven—. ¡Una criatura salió del subsuelo! ¡Mi madre está atrapada! ¡No hay señal de nadie! ¡Nadie me cree!


El silencio que siguió fue absoluto. Sombra dejó su taza de té sobre la mesa, se levantó lentamente y preguntó:


—¿Dónde?


—En el barrio viejo, cerca del metro abandonado —respondió el chico, sin perder el aliento.


—Torquemotor, ¿tu furgoneta todavía funciona? —inquirió ella mientras flotaba con ligereza hacia la puerta.


—Arranca mejor que yo —replicó él, levantándose con un gruñido y recogiendo del perchero una chaqueta que aún llevaba el símbolo oxidado de su antiguo equipo.


Uno a uno, los demás también se pusieron de pie. Cascabel abrió un viejo estuche negro que llevaba siempre por costumbre. Dentro, su antiguo comunicador aún tenía batería de emergencia.


—Una última vez, ¿eh? —murmuró con una sonrisa torcida.


—No es una última vez —dijo Sombra mientras cruzaban la puerta hacia el atardecer—. Es simplemente la siguiente.


Así, con los huesos que crujían más que sus viejos enemigos, los antiguos dioses del Olimpo descendieron una vez más al mundo de los mortales, dispuestos a recordarle al miedo que no todo estaba perdido.


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