A pesar de que FOLLE... FOLLE... ¡FÓLLEME TIM! (1978) fue su primera experiencia en términos de largometraje —siempre nombrado como un filme menor y muy difícil de hallar en la actualidad—, se considera que el verdadero punto de partida de la filmografía de Pedro Almodóvar es PEPI, LUCI, BOM Y OTRAS CHICAS DEL MONTÓN (1980).
Con más de treinta películas a lo largo de cuatro décadas, el director manchego se ha convertido en una de las figuras más prolíficas, singulares e icónicas del cine español —y también del cine mundial—. En esta película inaugural, ya pueden vislumbrarse las semillas de su estilo: una visión estética provocadora, personajes al margen de la norma y situaciones que desafían las convenciones sociales. Elementos que, con el tiempo, se volverán recurrentes en su obra.
- A través del análisis de esta película y sus múltiples dimensiones, intentaremos entender cómo se construye ese universo almodovariano que, desde sus inicios, mezcla lo kitsch con lo político, lo íntimo con lo extremo y lo marginal con una potencia expresiva única.
Ambientada en el Madrid contracultural de los años ochenta, PEPI, LUCI, BOM Y OTRAS CHICAS DEL MONTÓN presenta una narrativa centrada en tres mujeres cuyas vidas se entrelazan en situaciones tan absurdas como transgresoras. Pepi (Carmen Maura), una joven despreocupada, se convierte inesperadamente en figura publicitaria; Luci (Eva Siva), ama de casa reprimida, descubre una inclinación masoquista que trastoca su rutina doméstica; y Bom (Alaska), cantante punk y lesbiana, introduce a Luci en nuevas formas de experimentar el deseo. La trama, que se articula en torno a un eje de venganza —o doble venganza—, se despliega con un tono irreverente y provocador que anticipa el estilo característico de Pedro Almodóvar. Esta ópera prima establece las bases de su imaginario estético y narrativo.
Parte de la idea de que la ley no es segura, y mucho menos lo es la norma. Desde el inicio, la historia subvierte cualquier ilusión de orden: un policía —símbolo del control, la autoridad y el supuesto resguardo social— comete un delito atroz, y es una mujer, víctima de su deseo desenfrenado, quien emprende una venganza que no busca justicia institucional sino reparación simbólica.
En apenas una hora y veinte minutos, el deseo se desborda en todas sus formas, cuerpos y gestos. No hay una única forma de desear: lo que aparece es un muestrario amplio, vibrante, queer, donde lo heteronormativo queda en el margen, casi anecdótico. Son las identidades disidentes las que protagonizan la escena, haciendo de lo anormal el nuevo centro narrativo.
A su vez, el filme introduce las sexualidades diversas, libre de tabúes, que atraviesa cada escena: fluida, múltiple, desbordante, sin culpa ni castigo. El deseo se vive sin etiquetas fijas ni jerarquías impuestas.

PEPI, LUCI, BOM Y OTRAS CHICAS DEL MONTÓN rompe estereotipos desde el primer plano. Mujeres con barba, otras de apariencia delicada que albergan fantasías sexuales extremas, todas habitan cuerpos y deseos que el cine —y particularmente el cine español— había ignorado o censurado. No solo el cine, la sociedad en general. Es importarla situarla después del franquismo. Aquí se les da no solo visibilidad a aquellas personas, sino protagonismo y profundidad.
La mujer ocupa un lugar nunca antes representado, y con ello se instala uno de los ejes centrales de la obra de Pedro Almodóvar: la creación de personajes femeninos fuera de norma. Lesbianas, drogadictas, desfachatadas, con una belleza particular, no convencional. Con el tiempo, y a través de una estética reconocible, nace un concepto propio: la 'Chica Almodóvar', figura clave de su universo fílmico.
Mujeres desbordadas, desequilibradas, al filo de lo emocional y lo social, rodeadas de hombres y personas queer que no buscan controlarlas —a diferencia del personaje masculino más presente: el marido de Luci— , sino acompañarlas, reflejarlas o simplemente habitar su mismo caos.

Los personajes de las tres mujeres protagonistas van a fiestas desbordadas, bailes frenéticos, consumen alcohol y drogas. El descontrol no es una excepción, es el estado natural de las cosas. Pepi (Carmen Maura) y Bom (Alaska) le enseñan ese mundo a Luci (Eva Siva) donde nada está previsto, reina la incertidumbre y la transgresión. Como aquella escena en medio del caos de una fiesta, donde se produce un concurso absurdo: quién tiene el pene más largo. El premio, aún más perturbador: el hombre ganador elige a la mujer más sumisa entre las tres —Luci— para que le practique una felación. Todo se mueve en los márgenes, en lo borderline, empujando los límites de lo representable, del buen gusto, de la moral y del deseo.
La marginalidad no se limita a lo visual ni a la elección de personajes: se encarna en los discursos, en las voces que rara vez tienen espacio en la sociedad. La película les da palabra, les da tiempo en pantalla. Esta sensibilidad por lo excluido resuena en el cine contemporáneo de Sean Baker, quien ha sabido trasladarla con fuerza al contexto estadounidense.
Carmen Maura —más allá de participar anteriormente en FOLLE... FOLLE... ¡FÓLLEME TIM!— inicia aquí su camino como una de las actrices fetiches de Pedro Almodóvar, encarnando personajes intensos, contradictorios, imposibles de clasificar. Su presencia se volverá central en futuras obras. También, en una participación especial, aparece la argentina Cecilia Roth, otra figura recurrente, que también protagonizará su filme más celebrado: TODO SOBRE MI MADRE (1999). Ambas conforman una suerte de constelación actoral que da forma y cuerpo a ese universo disidente y visceral que el director construye película tras película.

PEPI, LUCI, BOM Y OTRAS CHICAS DEL MONTÓN está profundamente atravesada por la música under, que funciona no solo como ambientación sonora, sino como pulsión vital de los personajes. Desde el punk más sucio hasta finalizar con un bolero melancólico, la banda sonora es un cruce de estilos tan caótico y libre como quienes la interpretan. Varios personajes forman parte de una banda que irrumpe con números musicales desprolijos, vibrantes, desde los primeros minutos del filme. En una de las escenas más llamativas, se presentan en un teatro pequeño, decadente, donde la función es conducida por una drag queen desalineada. Ese gesto escénico de lo fallido, lo improvisado, lo queer, dialoga con todo lo que la película viene proponiendo.
El arte —ya sea música, cine o pintura— es uno de los motores fundamentales en el universo almodovariano. Así como les da voz a los cuerpos marginados, también les da un canal de expresión, una forma de resistir, de canalizar el caos, de existir fuera de la norma.
Como dijo la gran directora argentina Lucrecia Martel durante su discurso en el Festival Internacional de Cine de Venecia en el año 2019: “Sus películas (…) nos liberaron de la claridad de los lazos familiares. Nos reconciliaron con la estupidez, con los refranes incomprensibles, con los malentendidos. Mucho antes de que las mujeres, los homosexuales, las trans, nos hartáramos en masa del miserable lugar que teníamos en la historia, Pedro ya nos había hecho heroínas. Ya había reivindicado el derecho a inventarnos a nosotras mismas. Ya había puesto las prótesis de mamas, los dildos, al lado de un cucharón, o una olla de vapor, al mismo nivel que cualquier cosa útil.”
Películas mencionadas en este artículo:
Lisardo Quevedo | Director de cine | Creador de contenido
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