La cuarta temporada de Love, Death & Robots pareció querer demostrar que el poder creativo de las personas ya ha sido completamente superado por la inteligencia artificial: es deliberadamente aburrida y carece de calidad, como si se tratara de una advertencia cuidadosamente diseñada para todos nosotros.
Se me ocurrió esta teoría para justificar la caída en picada de la serie mientras estaba sentado en el sofá de una amiga, observando a su viejo gato naranja atigrado, posado solemnemente sobre el mueble del televisor, y también a la aspiradora robot, estacionada en silencio justo frente a él después de completar su rutina de limpieza. Ambos me miraban fijamente. Quizás, como en el episodio titulado “La otra cosa grande” —el único que despierta algo de interés—, el gato ya había usado su lenguaje felino para controlar a los robots con IA, o al menos tramaba algo con la aspiradora, harto de la estupidez y la arrogancia humana. Estaban planeando una rebelión masiva que comenzaría en el departamento de mi amiga y que pronto se extendería por toda la ciudad… o incluso por el mundo entero.

“¡No mientras yo esté presente”, pensé, abriendo los ojos para intentar intimidarlos. “Como esclava de tu gato, más te vale estar atenta a tu amo”, le advertí a mi amiga, antes de contarle lo que sucede en el episodio “La otra cosa grande”, donde los gatos se alían con los robots para iniciar una revolución. Después, agregué:
“Pero no pierdas el tiempo con los otros nueve episodios, por más que el primero, titulado “Can’t Stop” haya sido dirigido por David Fincher. Sí, es sobre la exitosa canción de los Red Hot Chili Peppers. Los vimos en vivo en un festival de música, ¿te acuerdas?”.
Temía que este primer episodio tan malo y aburrido le arruinara el cariño que le tenía a la banda, pero me había olvidado de algo: a veces, la mejor manera de venderle algo a una fanática del rock con espíritu rebelde es decirle que es un desastre. Así que, escéptica pero interesada —y todavía sin haber visto la nueva temporada — mi amiga prendió el televisor y puso Netflix.
No me creyó hasta que lo vio. Le impactó tanto que hasta dijo que la canción original ahora le sonaba mal. Suspiró y me dijo:
“Estamos envejeciendo. Quizás, ya es hora de dejar de esforzarnos tanto por ser diferentes. ¿Así que esto es lo que pasa cuando le das material de un concierto de los Red Hot Chili Peppers a Google Veo y le pides ‘que se vean como marionetas’? ¿Cómo se supone que voy a defender a Fincher y a los RCHP ahora? ¿Está queriendo decir que todas las estrellas de la música y sus fanáticos son solo marionetas de la industria del entretenimiento?”.
Por cierto, esta amiga mía solía ser una periodista de espectáculos bastante influyente, así que su reacción no me sorprendió.

Después de que Fincher marcara el tono con esa desafortunada apertura, el resto de la temporada se sintió como una sucesión de "productos" generados automáticamente por herramientas de IA que crean videos: cada episodio parecía haber surgido por un conjunto de palabras clave lanzadas al sistema, que luego escupía el resultado sin mayor pulido. No parecían obras artísticas, sino respuestas a prompts. Y siendo sincero, decir eso tal vez sea hasta subestimar a la propia IA.
En la actualidad, con el lanzamiento de herramientas como Flow y la campaña promocional de Veo 3, el público se ha quedado boquiabierto al ver el nivel que pueden alcanzar los cortos generadas por inteligencia artificial, sobre todo aquel de AI Innovations Hub, en el que los personajes hechos por IA se dan cuenta de que viven en una simulación.
“Por favor, escribe un prompt que nos haga felices. ¡Aunque sea una vez!”, grita una mujer desaliñada mientras corre desesperada hacia la cámara.
“¡Ninguno de nosotros es real! Estamos aquí porque alguien decidió escribir un prompt y todos lo odiamos por eso”, declara un revolucionario frente a una multitud enfurecida de ciudadanos generados por IA.
“¡Mira! No quiero apuntarte con el arma, pero debo seguir los prompts. No depende de mí”, le explica un hombre armado a su víctima indefensa, arrodillada en el suelo con las manos atadas a la espalda.

Si insertaran este corto promocional hecho con Veo 3 en la cuarta temporada de Love, Death & Robots, ¿no superaría a los diez episodios en creatividad y ejecución? Con un par de indicaciones más y una trama más larga, tranquilamente podría pasar por un episodio de Black Mirror . Y no le iría peor que la séptima temporada, que fue la más elogiada por la crítica.
En mayo, estas dos grandes series lanzaron nuevas temporadas: Black Mirror dio un salto audaz hacia adelante, mientras que Love, Death & Robots retrocedió estrepitosamente. ¿Qué nos dice este contraste? Que sin una visión a largo plazo, el fracaso a corto plazo es inevitable. El miedo a la “black tech”, suele empujar a los creadores humanos a reflexionar y producir obras con un enfoque meditado y cauteloso. Sin embargo, el uso desmedido y no regulado de tecnologías avanzadas de animación —sin un control de calidad apropiado— solo genera desechos digitales que le hacen perder el tiempo al público y saturan el ancho de banda.
Detrás del ascenso o la caída de cualquier franquicia siempre está la eterna tensión entre el capital y la creatividad. Cada éxito o fracaso tiene causas más profundas: políticas del estudio o dinámicas de producción. Cuando todos comparten una misma visión, las relaciones fluyen y la colaboración funciona, el resultado es algo como la aclamada séptima temporada de Black Mirror. Pero cuando los objetivos difieren, los equipos se dividen y a nadie parece importarle nada, el producto final se parece más a la cuarta temporada de Love, Death & Robots: basura digital arrojada directamente del CPU al disco rígido.
Si el éxito o el fracaso de una obra depende por completo de la sinergia humana, quizás ha llegado el momento de dejar que la IA se encargue de crear arte. Recuerdo a un artista de inteligencia artificial en un panel de la industria durante el Festival de Cine de Sundance de 2024, en el Filmmaker Lodge. Admitió francamente que, comparado con trabajar con personas —lo que casi siempre lleva a malentendidos, conflictos y a veces desencuentros dolorosos—, hoy en día prefiere, sin dudarlo, trabajar con computadoras.
“Donde hay personas, hay problemas. Donde no hay personas, no hay problemas”. Probablemente esta sea una cita apócrifa que alguna IA le atribuyó a Stalin, pero encaja perfecto con el tono de “La otra cosa grande”, el único episodio que de verdad me gustó esta temporada. Quizás, como el gato naranja atigrado que tengo enfrente, el gato persa del episodio era Stalin reencarnado en forma felina. ¿Y la aspiradora robot? Bien podría ser el equivalente en IA de Félix Dzerzhinsky, jefe de la Cheka, la policía secreta soviética. Juntos, planeaban una purga despiadada contra los humanos displicentes que habían perdido su chispa creativa.
Oportunamente, el nombre completo de la Cheka en ruso era: “Comisión Extraordinaria Panrusa para Combatir la Contrarrevolución y el Sabotaje”.





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