La Casa de los Árboles Quietos.  

Elías dejó de hablar el día que su hermana Clara cayó al río.

No hubo gritos, ni llanto. Solo el silencio, espeso como el agua que se la llevó. Desde entonces, la casa se volvió más gris. Su madre apenas dormía, su padre ya ni pasaba. Y Elías… Elías caminaba entre los días como si flotara, evitando el jardín del fondo, donde el viejo fresno se alzaba, inmenso y quieto, como un testigo mudo.

Una noche, cuando el insomnio le raspaba el pecho, escuchó un crujido. No un trueno, sino algo más vivo, más antiguo. Se asomó a la ventana y vio luz. El fresno… tenía ventanas diminutas, como ojos encendidos, y una puerta abierta en el tronco.

Con los pies descalzos y el corazón en la boca, Elías cruzó el jardín y entró.

Adentro no había raíces ni oscuridad, sino escaleras que subían y subían, hasta llegar a una sala circular, con casas pequeñas colgando de las ramas, como nidos de luz. Allí lo esperaba Quendyr, una figura alta y curva, hecha de madera, hojas y humo. No era un monstruo, aunque daba miedo. Era algo más.

—Soy el guardián de las historias que nadie quiere contar —dijo con voz de bosque.

Cada noche, Quendyr le contaba un cuento. Uno con una niña que salvaba a un pájaro herido y otro con un niño que quería volar tan alto que olvidó cómo bajar. Historias hermosas… hasta que empezaron a doler.

Porque en cada historia había una culpa. Una pérdida. Un secreto.

Y en cada una, Elías se reconocía.

—¿Por qué me mostrás esto? —preguntó una noche, al fin rompiendo el silencio.

—Porque Clara no duerme. Espera. Y vos también.

Entonces lo entendió: el árbol no era un refugio. Era un espejo.

En la última noche, Quendyr le tendió un fruto brillante, tembloroso, como hecho de recuerdos.

—Este es el momento que no quisiste mirar. Si lo tomás, ya no serás el mismo.

Elías lo sostuvo. Y vio. Vio el río, el juego, la risa de Clara, el grito que no alcanzó. La piedra que él lanzó sin saber. El resbalón. La mano que casi la alcanzó.

Lloró como nunca antes. Y el árbol también. Llovía dentro del tronco. Llovía verdad.

Cuando volvió a su casa, ya no era el mismo. Le habló a su madre, con voz quebrada pero firme. Le pidió volver al hospital. A ver a Clara.

Se sentó junto a su cama, la miró.

—Clara —susurró—, no fue tu culpa. Ni mía. Fue el mundo, y ahora quiero que despierte con vos.

Ella no respondió. Pero por primera vez en meses, movió los dedos.

Y en el jardín, el fresno respiró.

Pero a la noche siguiente, la puerta del árbol seguía abierta. Y Elías ya no estaba en su cama.

Solo su ropa, doblada con cuidado, y una nota con su letra:
"Ahora me toca contar mi historia."

En lo alto del fresno, una nueva casa de luz había brotado.

Y dentro, alguien lloraba mientras comenzaba a narrar.

LIGHT

Ilumina y aumenta su visibilidad — ¡sé el primero!

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