Si yo hubiera escrito The Surfer... Spoilers

Crecí en muchos lugares, y pocos de ellos merecen ser llamados “hogar”. Estuvo el pueblo ultraconservador donde me dijeron que me iba a ir al infierno por mi corte de pelo pixie (porque eso, claramente, me convertía en lesbiana, y las lesbianas se iban al infierno 🙄), el pueblo ultraconsumista donde me hice famosa por simpatizar con el comunismo, o el pueblo miserable que solo me dejó el recuerdo de ver cómo un animal atropellado se pudría lentamente junto a un campo de maíz durante meses…


No me es ajena la idea de que la palabra “hogar” puede traer consigo un toque de horror, y cuando empecé a ver The Surfer, estaba segura de que ese sería el tema que iba a explorar. Me emocionaba la idea de que por fin una película reconociera la emoción de venir de ese tipo de lugar, que expusiera la situación para que otras personas pudieran verlo… Pero The Surfer no fue eso. No es una mala película (usar el calor abrasador del interior de Australia para generar tensión fue una elección inspirada), pero no fue lo que esperaba.


Así que hoy no estoy aquí para hablar de The Surfer, al menos no de la película que vimos. Estoy aquí para darles mi propia versión, porque si Lorcan Finnegan no logró transmitir mi visión artística, no me queda otra que intentarlo yo misma.


Reinterpretación

Esto va a ser un proceso en dos partes, porque, aunque la película no terminó como yo esperaba, hubo suficientes elementos que encajan con mi visión… si entrecierras los ojos un poco.

Y así comenzamos con la reinterpretación.


La historia arranca con Nic Cage como el surfista que lleva a su hijo a la playa donde creció solo para que los lugareños lo echen de inmediato. Aunque nació allí, a nadie le importa. Él no vive ahí ni tampoco actúa ni habla como alguno de ellos, ya que su familia se mudó a EE.UU. después de que su padre murió (¿o se suicidó…?).


Aunque Finnegan no lo haya notado, ahí ya están sembradas las semillas del horror: el surfista está “en casa”, pero el hogar no es como él lo recuerda.


Pronto descubrimos por qué está tan desesperado, por qué se aferra con tantas ganas a la idea de comprar la antigua casa de su abuelo y volver a la playa donde creció: está a punto de perder su trabajo, parece que su hijo no lo respeta mucho, su esposa lo dejó y está esperando un hijo con otra persona.


El llamado del hogar es como una canción de cuna en una película de terror. Te promete que si vuelves al último lugar donde la vida era buena y simple, todo volverá a ser así. Sería tonto de tu parte escucharlo.


Sin embargo, el surfista no ve cómo la nostalgia lo está seduciendo hasta atraparlo, y durante los siguientes días infernales, es acosado, rechazado y termina perdiéndolo todo: la tabla de surf de su padre, luego el reloj de su padre, y finalmente hasta su mente y sentido de identidad. Es una historia absorbente, con actuaciones brillantes… pero podría haber una capa más de ansiedad mientras vemos cómo se desmorona su mundo.


Cada objeto que pierde no es solo un objeto: son sus recuerdos felices, recuerdos que se vienen abajo a medida que descubre la verdad sobre ese lugar al que llama hogar. Pero ya ha perdido tanto. Por eso vuelve. Esos recuerdos eran el último cimiento inestable que lo mantenía en pie.

Y cuando desaparecen, también desaparecen sus esperanzas, sus sueños... su último resto de identidad.

El surfista ya no pertenece a ese lugar, si es que alguna vez lo hizo. Pero eso lo lleva a una nueva pregunta: ahora que ha visto la verdad sobre su ciudad natal, ¿enfrenta la realidad y se va, o elige la ignorancia y se queda?


Bueno, si miramos la película, hay un momento que ya podría servir como respuesta. Después de ser torturado y manipulado psicológicamente hasta hacerle creer que no tenía hogar, le dan pruebas de quién era, de quién es. Descubre que su vida no fue solo una alucinación, que tiene un auto, un trabajo, una familia… Pero ¿qué hace con esa información? Llora por la casa de su abuelo, que está justo fuera de su alcance.


Incluso cuando la realidad regresa, el surfista rechaza una realidad más profunda. No puede dejar atrás el hogar que alguna vez conoció, ni siquiera puede aceptar que en realidad nunca lo conoció. Hay otras playas, otros pueblos, otros lugares donde encontrar paz y reconstruirse, y sin embargo se aferra a ese hogar, como si ignorar su toxicidad pudiera salvarlo.

Es una ilusión que será su ruina.

Reinvención

Y aquí llegamos a la segunda parte, porque queda poco de la historia original que aún se ajuste a mi visión. Las últimas escenas que conservaría son simplemente necesarias para que avance la trama: el surfista se enfurece, enfrenta a los lugareños, y descubre que toda su tortura fue una prueba, una que pasó. Demostró ser uno de ellos, violento y enojado, y ahora lo ayudarán a conseguir todo lo que desea. Solo falta que lo marquen y se someta a un rito de iniciación bajo el efecto de drogas.

Y así comienza mi reinvención.


El primer cambio ocurriría a lo largo de toda la película: el surfista, atrapado durante días en el estacionamiento de la playa, se iría quemando cada vez más por el sol. Parte de esto es una broma, claro, porque no lo vemos usar protector solar ni una sola vez en The Surfer. Si algo aprendí de la TV australiana es que se toman muy en serio el tema del protector solar (y con razón). Pero más allá del chiste, lo presentaría de una manera en la que pudieran colarse otros significados: la vergüenza del surfista por sus orígenes, o quizás como símbolo de la presión creciente a medida que su nostalgia choca con la realidad.

Entre las quemaduras solares y todo lo demás que le sucede (pisar vidrio, deshidratarse, comer comida podrida de la basura… no creo que sea necesario seguir), las drogas y el ritual lo empujarían finalmente al límite. Pero esta vez no hacia la rabia, sino hacia una enfermedad catatónica.


El surfista se desmayaría y despertaría en un hospital, el mismo en el que nació. En términos de orígenes, este es el punto más lejano al que se puede llegar. Y sí, según tengo entendido, los hospitales australianos no están nada mal, pero siempre hay algo. Quizás vea una canilla que gotea o un guante que no llegó a la basura. No importa qué tan insignificante sea: es la gota que rebalsa el vaso.


Su hogar no es tan bueno como pensaba. Él no es tan bueno como pensaba, porque en su mente, su hogar era lo único que le quedaba.


Y así, como su padre, va a la playa, y se quita la vida para escapar de una realidad insoportable.

Es un final miserable, lo sé. Un ciclo interminable de anhelo, desesperación y dolor...
Pero habría un rayo de esperanza al final. Así como el surfista encontró a su padre, su hijo lo encontraría a él. Pero esta vez, en lugar de repetir el patrón, el vagabundo (otro personaje que aparece en la película y que perdió a su hijo) se acercaría y lo abrazaría.

El hogar no es un lugar. Es la gente que nos ama y se preocupa por nosotros. El surfista no lo entendió, pero quizás el muchacho aún esté a tiempo.

En la escena final, veríamos una ola que rompe sobre el cuerpo del surfista mientras el vagabundo y el niño esperan a la policía. Recordaríamos el monólogo inicial sobre una ola, nacida en medio del océano, viajando quién sabe cuánto tiempo, solo para romperse contra la orilla en un fugaz momento de violencia. Y veríamos la ola alejarse, hundiéndose nuevamente en el mar. Incluso después de esa breve violencia, la ola vuelve al lugar de donde vino, esperando renacer.

Quizás ahora, al fin, el surfista esté en casa.


Algunas personas podrían pensar que una película fracasa cuando no logra generar el impacto emocional que esperaban de ella, pero se equivocan. Por mucho que The Surfer no haya cumplido con mis expectativas, me dio un punto de partida, un problema por resolver, y al hacerlo, se convirtió en mi inspiración. ¿Escribiría mi versión completa de la historia? No. No sé lo suficiente sobre Australia ni sobre la cultura del surf como para empezar. Pero sí podría tomar mis ideas y convertirlas en algo nuevo, algo que signifique mucho más para mí, y por eso, estoy agradecida.

Tal vez mi versión de la historia no te haya gustado. Si es así, solo espero que al menos haya sido lo bastante buena como para inspirarte a crear tu propia versión. Si una obra artística no logra ser amada, lo mejor que puede hacer es… inspirarte.

Gracias por leer ☺️


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