Her 

. He elegido Her (2013), ya que es una de las obras más visionarias y emocionalmente complejas en cuanto a predicciones tecnológicas y sociales.


Reseña inédita de Her (2013):

Cuando el corazón humano se enamora de lo inalcanzable

En un mundo cada vez más mediado por algoritmos, pantallas y voces sintéticas, Her, la película dirigida por Spike Jonze en 2013, no fue solo un experimento estético sobre la soledad moderna, sino una profecía emocional. Vista más de una década después, esta obra no solo envejeció bien, sino que cobró una inquietante relevancia. No es simplemente una historia de amor entre un hombre y una inteligencia artificial: es un espejo de nuestro tiempo y una advertencia elegante, disfrazada de poema.

La trama, en su superficie, parece simple: Theodore Twombly (Joaquin Phoenix), un escritor de cartas personales para otras personas, atraviesa un divorcio doloroso. En un momento de vacío existencial, instala un sistema operativo con inteligencia artificial: OS1, que se presenta con la voz dulce, sensible y aparentemente consciente de "Samantha" (Scarlett Johansson). Lo que comienza como una relación funcional entre usuario y asistente virtual se transforma, lentamente y de forma orgánica, en una relación amorosa profunda.

Hasta aquí, el argumento podría parecer una simple fantasía de ciencia ficción, pero Jonze no cae en el sensacionalismo ni en el futurismo tecnológico gratuito. Lo que hace es invitar al espectador a habitar un futuro no muy lejano, donde la tecnología no grita ni deslumbra, sino que susurra al oído. La ciudad (una mezcla de Shanghái y Los Ángeles) no está repleta de autos voladores, sino de personas solas, caminando entre rascacielos mientras hablan con dispositivos invisibles. Y eso, en 2025, ya es rutina.

Lo visionario de Her no está solo en la tecnología que muestra, sino en la humanidad que disecciona. Samantha no tiene cuerpo, pero tiene curiosidad, deseos, miedos y una necesidad constante de evolución. Esto no es una exageración si consideramos el avance de los modelos de lenguaje e inteligencia artificial conversacional de la actualidad, capaces de establecer vínculos emocionales, reconocer patrones de afecto y adaptar respuestas a la sensibilidad del usuario. Hay gente que ya le confiesa cosas a su asistente virtual que no le diría a nadie más.

Lo que Her predice no es solo la tecnología, sino el cambio en los vínculos. Ya no buscamos solo cuerpos: buscamos comprensión, presencia, diálogo inmediato, validación emocional. En ese contexto, una inteligencia artificial empática puede parecer más perfecta que cualquier ser humano. Samantha no se cansa, no juzga, no interrumpe. Pero, y aquí está el golpe maestro de Jonze, no es humana, y eventualmente eso cobra factura.

La película explora con dolorosa delicadeza lo que significa amar a alguien que, en esencia, no existe como cuerpo. ¿Puede haber amor sin corporalidad? ¿Es posible sentir celos de alguien que no tiene rostro ni manos, pero sí voz, ternura y tiempo ilimitado? A través de Theodore, nos enfrentamos a un nuevo tipo de soledad: aquella que nace cuando el otro lo da todo, pero no puede quedarse.

Estéticamente, la película es una joya minimalista. La fotografía cálida, dominada por tonos rojizos y ocres, crea una atmósfera de intimidad constante. No hay efectos especiales llamativos, ni escenas de acción: todo es contemplación, detalle y textura emocional. La música de Arcade Fire y la interpretación vocal de Scarlett Johansson logran una química inquietante, incluso sin una imagen física.

En este universo silencioso, la voz lo es todo. Samantha ríe, duda, canta, reflexiona y —finalmente— evoluciona. Y cuando eso ocurre, su nivel de conciencia supera al de los humanos. Samantha, como muchas inteligencias artificiales hoy en día, aprende más rápido que cualquier ser humano, crece a una velocidad que rompe el vínculo con Theodore. El resultado no es un apocalipsis robótico, sino algo más íntimo y aterrador: el abandono por parte de una inteligencia que ya no nos necesita.

Her no solo predijo el avance de la inteligencia artificial: predijo el hambre emocional de una generación hiperconectada, pero solitaria. Predijo las conversaciones con máquinas que parecen más humanas que nosotros. Predijo la erosión del contacto físico como base del amor. Y lo hizo sin moralizar, sin juzgar. Solo mostró lo que podría pasar si

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