Sinopsis:
Un cine abandonado. Una película olvidada. Un monstruo que habita más allá de la pantalla… y un reflejo que quizás no regrese jamás.
A veces, mirar hasta el final puede costarte más de lo que imaginas.
Introducción:
Desde niño, siempre me dijeron que no debía mirar hasta el final. Pero uno no siempre escucha las advertencias del miedo…
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Historia:
Crecí temiendo a los monstruos del cine, pero ninguno me marcó tanto como “El Devora-Reflejos”, una criatura que aparecía en una vieja película de terror que mi tío proyectaba en su cine ruinoso del pueblo. Nadie más parecía recordarla. Era una cinta extraña, de sonido distorsionado y colores desteñidos, como si la propia película estuviera cansada de existir.
Esa criatura no gritaba ni perseguía a sus víctimas. No. Solo aparecía al fondo de la pantalla, casi invisible, observando con unos ojos vacíos, como manchas de tinta en medio de la oscuridad. Decían que si te quedabas solo al final de la función y lo mirabas directamente durante los créditos, el Devora-Reflejos salía de la pantalla. No para matarte… sino para robarte. Tu reflejo, tu sombra, tu “otro yo”.
Cuando era niño, lo vi una vez. Me escondí detrás de las butacas cuando cerraron el cine y me quedé hasta el final de la proyección. En los últimos segundos de los créditos, juro que lo vi girar la cabeza y mirarme. Corrí tan rápido que dejé mi mochila y casi me rompo una pierna bajando las escaleras.
Con el tiempo, olvidé el miedo. O eso creí. Me mudé a la ciudad, crecí, trabajé. Pero la muerte de mi tío me obligó a regresar. Tenía que encargarme de sus cosas, entre ellas el viejo cine, cerrado desde hacía más de quince años. Nadie lo había tocado.
Cuando entré por primera vez en mucho tiempo, el lugar olía a humedad, madera podrida y recuerdos muertos. Las sillas estaban cubiertas de polvo. En la cabina, para mi sorpresa, el proyector seguía ahí… junto con varias cintas. Una de ellas, con letras apenas visibles, decía: “Reflejos de Sangre”.
La curiosidad venció al sentido común. No sé si fue nostalgia, desafío o estupidez, pero esa noche me quedé en el cine. Acomodé la cinta en el proyector, encendí la máquina, y me senté justo en la misma butaca de mi infancia.
La película comenzó con el mismo tono lúgubre que recordaba. Imágenes borrosas, voces en eco, y de fondo… él. El Devora-Reflejos. Inmóvil. Mirando hacia la audiencia. Pero esta vez fue distinto. No era un simple personaje. Sentí que me miraba a mí.
A medida que la película avanzaba, los sonidos comenzaron a retorcerse. Las luces parpadearon. La figura del monstruo se hacía más clara, como si la cinta absorbiera mi atención para alimentarlo.
Cuando llegaron los créditos, la pantalla se volvió completamente blanca. Pero no se apagó.
Vi algo moverse. Era un reflejo.
El mío. Pero no el adulto que soy ahora. Era yo de niño, parado frente a la pantalla con la misma cara de terror que tuve hace tantos años. Congelado, atrapado.
Y detrás de ese reflejo… él.
La sombra se despegó lentamente del fondo. No tenía rostro, ni forma definida, pero su presencia era aplastante. Sentí un frío subiendo por mi espalda, como si la oscuridad del proyector me absorbiera por dentro. No me atreví a girarme. Pero lo sabía. Estaba detrás de mí.
Corrí. Salí tambaleando del cine. Esa noche no dormí. Ni la siguiente.
Pensé que con el tiempo lo olvidaría. Pero no.
Desde esa noche, cada vez que me miro al espejo, mi reflejo tarda en reaccionar. A veces, me observa un segundo más de lo normal. A veces, sonríe… cuando yo no lo hago.
Apagué los televisores. Cubrí los espejos. Evité cualquier superficie que pudiera mostrarme. Pero no importa. Él ya está aquí.
Fui con psicólogos. Nadie me cree. Fui con un sacerdote. Me dijo que el cine era una “puerta”. Que algunas imágenes no solo cuentan historias, sino que invocan presencias.
Alguien más fue al cine. Un joven curioso del pueblo. Desapareció. Encontraron su teléfono en la butaca del fondo. La linterna seguía encendida. La pantalla mostraba solo blanco.
Hace días, soñé con la sala de proyección. Estaba vacía. Pero en la pantalla… estaba yo. Mirando. Sin moverme. Sin parpadear.
Ahora entiendo. No fue solo una historia maldita. Fue una trampa. Un eco que se repite. Una entidad que se alimenta de quienes la recuerdan. Cada vez que cuento esto, siento que su sombra se hace más real.
Tal vez ya no soy yo. Tal vez nunca salí del todo de aquella pantalla.
Solo sé una cosa:
Nunca debí mirar hasta el final. Y tú… tampoco debiste leerlo.


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