“El Día Después de Mañana”: La Película de Desastres que, Entre Exageraciones y Aciertos, Nos Puso a Pensar en el Futuro
Casi dos décadas después de su estreno, “El Día Después de Mañana” sigue siendo esa película de desastres que te atrapa en el sofá una tarde de domingo. No es una obra maestra del cine, seamos sinceros. La trama es predecible, los diálogos a veces dan un poco de pena ajena y el heroísmo del personaje de Dennis Quaid, que cruza un Estados Unidos congelado para salvar a su hijo, es más que increíble. Pero, a pesar de todo, hay algo en esta cinta de Roland Emmerich que la mantiene vigente y que, de alguna manera, se adelantó a su tiempo.
Cuando se estrenó en 2004, muchos la vimos como una exageración total, una fantasía apocalíptica de Hollywood. ¿Una nueva Edad de Hielo en cuestión de días? ¿Tornados destruyendo Los Ángeles y un tsunami congelando Nueva York? Sonaba a ciencia ficción de la más pura. Y sí, los científicos no tardaron en señalar que la velocidad con la que ocurre el desastre en la película es científicamente imposible. Un cambio climático de esa magnitud tomaría décadas, si no siglos, en desarrollarse, no un par de semanas.
Sin embargo, y aquí es donde la cosa se pone interesante, la película no iba tan desencaminada en el fondo del asunto. La idea central, que el calentamiento global puede alterar las corrientes oceánicas y provocar cambios climáticos drásticos, tiene una base científica real. La película habla de la Corriente del Atlántico Norte (AMOC por sus siglas en inglés), y resulta que los científicos de verdad están preocupados por su debilitamiento. Si bien no nos vamos a congelar de la noche a la mañana como en la película, un colapso de esta corriente sí que podría tener consecuencias graves, como inviernos mucho más fríos en Europa y cambios en los patrones de lluvia a nivel mundial.
Lo que “El Día Después de Mañana” hizo, y quizás ese sea su mayor legado, fue poner el cambio climático en la conversación de la gente común. Antes de esta película, para muchos era un tema lejano, algo de lo que hablaban los científicos y los políticos. Pero ver la Estatua de la Libertad cubierta de nieve y hielo fue un golpe visual que impactó a la cultura popular. De repente, tus tíos y tus amigos hablaban del calentamiento global en la sobremesa.
La película también “predijo”, de alguna manera, la terquedad de algunos gobiernos a la hora de tomarse en serio las advertencias científicas. ¿Recuerdan al vicepresidente que se burla de las predicciones del climatólogo Jack Hall al principio de la película? Esa escena ha envejecido sorprendentemente bien, reflejando la resistencia que ha existido en ciertos círculos de poder para aceptar la urgencia de la crisis climática.
Y hay otro detalle profético, casi irónico, que no podemos pasar por alto: la imagen de los estadounidenses cruzando la frontera con México para escapar del desastre. En un giro de los acontecimientos, los que normalmente eran vistos como los que recibían inmigrantes, se convertían en los que buscaban refugio. Una escena que, en el contexto político actual, resuena de una manera muy particular.
En resumen, “El Día Después de Mañana” es una película que hay que ver con dos pares de gafas. Con las de espectador que busca entretenimiento, es una película de desastres efectiva, con efectos especiales que en su momento fueron espectaculares. Pero con las gafas de alguien que vive en este planeta en pleno siglo XXI, es un recordatorio, aunque exagerado y dramatizado, de que nuestras acciones tienen consecuencias. No, no veremos un tsunami congelando nuestras ciudades la semana que viene, pero la película acertó en lo fundamental: el clima es un sistema frágil y estamos jugando con él de una manera peligrosa. Y por eso, más allá de sus fallos, sigue siendo una película relevante.


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