Niebla en la laguna 

Nunca fui de creer en leyendas. Soy más de mapas, brújula y botas mojadas. Las historias de criaturas escondidas en los rincones olvidados del mundo me parecían solo eso: historias. Explicaciones fantásticas para fenómenos naturales o, simplemente, inventos de mentes ociosas. Pero esa tarde, mientras la lluvia repicaba sobre el toldo de mi camioneta y la neblina se deslizaba con lentitud entre las montañas de las Highlands escocesas, algo cambió para siempre.
Había pasado el día conduciendo por caminos de tierra y senderos casi borrados por el tiempo. Me encontraba acampando cerca de una laguna sin nombre, a varios kilómetros del turístico y ya sobreexplotado Lago Ness. Aquello era distinto. Aislado. Inquietantemente tranquilo. No aparecía en los mapas, y quienes lo conocían —los pocos granjeros que encontré en el camino— solo lo llamaban “el lugar donde no se pesca”.
El agua era tan oscura como el cielo tormentoso que se cernía sobre mí. Un espejo negro enmarcado por colinas cubiertas de musgo, y un silencio absoluto, salvo por los ocasionales truenos lejanos y el murmullo insistente de la lluvia. Me acerqué al borde de la laguna para llenar mi cantimplora, sin pensar en más que saciar la sed. Fue entonces cuando vi algo imposible.
Al principio, creí que era una sombra, quizás una roca bajo el agua. Pero se movía. Luego, una silueta. Algo enorme. Serpenteante. Emergió apenas lo suficiente para mostrar una joroba que rompía la superficie y una cabeza que jamás podría pertenecer a ningún animal conocido. Tenía cuernos cortos, como de carnero, pero curvados hacia atrás. Y ojos. Dos ojos enormes, oscuros, profundamente fijos en los míos.
Me quedé paralizado. El tiempo se congeló. El sonido desapareció. Sentí el aire volverse hielo en mis pulmones. Una parte de mí quiso pensar que era una alucinación provocada por el cansancio, por el frío, por la soledad. Pero otra, más instintiva, más antigua, gritó que corriera.
Y corrí.
A unos quinientos metros ladera arriba, había visto una cabaña abandonada durante mi caminata del día anterior. Llegué empapado, temblando, el corazón golpeando como un tambor en mis oídos. La puerta estaba entreabierta. El interior olía a madera húmeda, musgo, y polvo de años sin presencia humana. Me atrincheré allí, cerrando los postigos, con un viejo atizador de chimenea en la mano como única arma, rezando que lo que fuera que vi se desvaneciera con la noche.
Desde una rendija de la ventana, vi movimiento. No claramente. Solo una sombra que se desplazaba entre la niebla, lenta, deliberada. No era el monstruo del Lago Ness. No en Ness. Era otro. Quizás más antiguo. Quizás el original. Un eco olvidado de lo que las leyendas quisieron explicar.
Pasé la noche sin dormir, cada crujido del viento, cada gota de lluvia, me hacía apretar con más fuerza el atizador. Pero no volvió. Al amanecer, la laguna estaba en calma. La niebla se había disipado. La lluvia cesó. Y algo dentro de mí también se volvió silencio. Una parte se rompió. O despertó. No estoy seguro.
No hablé de lo que vi. No al principio. ¿Quién lo creería? Me limité a continuar con mi viaje, a trazar nuevas rutas, escalar nuevas montañas. Enterré la memoria en el fondo de mi mente como se entierra una caja cerrada bajo el suelo.
Años después, revisando unas viejas fotos del viaje, buscando otra cosa, me topé con una imagen que no recordaba haber tomado. Era de noche. La laguna, envuelta en niebla, reflejaba la luna y, en el agua, nítida, se dibujaba la silueta de aquella criatura. No podía ser una edición. No era una ilusión óptica. Era real. Y lo peor no fue la imagen. Fue lo que encontré escrito al dorso de la foto, con mi propia letra:
"No huyas esta vez. Él recuerda."
Me helé. No recordaba haber escrito eso. Ni tomado la foto. Y, sin embargo, era mi letra, mi pulso, mi cámara. ¿Fue un sueño? ¿Un regreso que mi mente borró? ¿Volví a esa laguna sin saberlo?
Desde entonces, a veces, sueño con la niebla. Con el agua negra. Con unos ojos que me observan desde las profundidades. Y cada vez que despierto, siento que algo me está esperando. Paciente. Como si solo fuera cuestión de tiempo para que regrese.
O para que él venga por mí.

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