CTHULHU 

De niño tenía una amiga peculiar, silenciosa y de mirada inquieta, que adoraba leer los libros del hermano mayor, un joven que, según los vecinos, había perdido la razón. Murmuraba nombres imposibles en sueños, escribía símbolos en las paredes, y finalmente desapareció sin dejar más rastro que una biblioteca desordenada.

Una tarde, buscando entre los estantes, encontramos un libro sin título, con un símbolo retorcido grabado en la cubierta. Dentro estaban los escritos del hermano, mezclados con relatos oscuros sobre un ser llamado Cthulhu. Leímos en voz baja, riendo al principio, fingiendo que era solo una historia. Pero algo cambió.

Fue después de esa lectura cuando la desesperación comenzó a rozarme, sentía que una presencia me llamaba desde el fondo del mar. Soñaba con abismos sin nombre, donde una sombra inmensa me aguardaba con paciencia eterna. Era un llamado tan antiguo como el miedo, un eco húmedo y oscuro entre las olas de mi subconsciente.

Años después, ya adulto, al salir de la universidad, el mundo me recibió con desencanto. Mi novia me dejó, el empleo resultó ser un espejismo, y la renta se convirtió en una desesperación que regresaba, implacable, al final de cada mes. Dormir se volvió mi último refugio, pero ni siquiera allí encontraba consuelo: las pesadillas me reclamaban como a un hijo pródigo que nunca dejó de pertenecerles. La presión constante terminó por quebrarme el cuerpo: me diagnosticaron lupus, y poco después llegó el coronavirus, obligándome a recluirme por días, aislado incluso del consuelo de la rutina. En medio de aquel encierro forzado, me aferré a lo único que me ofrecía una ilusión de sentido: los libros. Me refugiaba en la filosofía y en el estudio del comportamiento humano, tratando de encontrar, entre líneas, una explicación para el absurdo.

Fue una noche, en el límite de la desesperación, cuando lo sentí de nuevo. El mar me envolvía, denso y helado, pero yo podía respirar bajo sus aguas negras. Todo era oscuridad, salvo dos ojos titilando en la distancia: vastos, antiguos, de un rojo intenso. Y entonces lo vi.

Era un monstruo de contornos vagamente antropoides, pero con una cabeza de pulpo: de su rostro brotaba una maraña de tentáculos que se retorcían en silencio. Su cuerpo, escamoso y elástico, sugería una fuerza tan ajena a la vida humana que resultaba insoportable mirarlo. Tenía cuatro extremidades armadas con garras enormes, y en la espalda, dos alas largas y estrechas, como membranas de pesadilla. Toda su carne era una masa gelatinosa, traslúcida y palpitante, una materia ajena a la Tierra. Comprendí, de golpe, que su mera presencia bastaba para quebrar el sentido del tiempo, y por un instante mi mente bordeó la locura. Sentí… escalofrío. Un estremecimiento lento, como si algo dentro de mí reconociera lo que estaba viendo y supiera —con certeza aterradora— que jamás debí haber llegado allí.

Entonces, una voz que no era voz estalló en mi mente, no con palabras, sino como una grieta en el pensamiento, una fisura helada más antigua que el tiempo: —Los humanos… criaturas curiosas. En su vanidad se proclaman favoritos de Dios, hechos a su imagen. Se repiten ese cuento como un mantra ciego, creyendo que basta para justificar su arrogancia y crueldad. Dime, pequeño trozo de carne, ¿realmente crees que tu dolor importa al universo?

—¿Quién... quién eres? —balbuceé. Pero lo supe. Ya lo sabía desde siempre. Era el nombre que me susurraban los sueños ahogados.

—Soy Cthulhu. He visto galaxias pudrirse sin que nadie las llore. He sentido civilizaciones enteras nacer como espuma y morir como polvo, sin más eco que su vanidad. Los hombres rezan a su propio reflejo y creen que el cosmos escucha. Pero dime… ¿Cuántos dioses hay por cada grano de arena en el fondo del océano?

No me salían las palabras, sentí que me hundía más, como si las preguntas mismas me arrastraran hacia su centro. Entonces, como si su sombra me rodeara por completo, sentí la presión de su juicio:

—Responde bien esta única pregunta, y te dejaré en paz… por ahora. Pero si fallas, perturbaré tu mente de tal manera que preferirás la muerte. Escucha con atención, pequeño simio pensante:

¿Qué valor tiene la voluntad humana cuando sabe que todo está condenado a desvanecerse? ¿Es heroísmo… o simple necedad?

El mar tembló. Los ojos rojos fósiles aguardaban mi respuesta.

Tragué saliva. No era valentía lo que me sostuvo, sino resignación. Y musité, con voz trémula pero clara:

—Tal vez… es ambas. Pero si el universo es indiferente y el final está asegurado, entonces la única victoria real es mantenernos íntegros en medio del sinsentido. Después de todo, el ser humano es la única criatura que se avergüenza de lo que hace… o que al menos entiende cuándo debería hacerlo. Esa vergüenza es su consciencia. Su rastro. Su desafío. Puede que no seamos nada, pero al menos somos lo bastante estúpidos como para intentarlo.

Sus tentáculos se alzaron con lentitud, como serpientes flotando en un juicio silencioso.

No supe si aprobaba mi respuesta… o si ya había sido condenado desde antes de nacer.

—La fe… es la carcajada que el vacío lanza cuando ve al hombre rezar —retumbó la voz de Cthulhu dentro de mi mente—. Cada hombre teme a sus monstruos, sin saber que fue él quien los creó. ¿No es irónico? El animal que se cree el rey del universo, temblando ante su propio reflejo en el agua negra.

Sentí que algo me tocaba la espalda. Me giré. No había nada. Pero sabía que no estaba solo. Ya nunca lo estaría.

Desperté sobresaltado, con un hilo de sangre en la nariz, las sábanas empapadas en sudor y el nombre de Cthulhu latiendo aún detrás de mis ojos. Desde entonces, ya no duermo igual. Porque sé que no fue un sueño. Fue una advertencia.

Finalmente, sé algo con certeza: esta historia se ha dispersado por medio del eco. No necesita altares ni rituales. Le basta con palabras. Con ojos que se atreven a leer. Con mentes que, aunque sea por un instante, se abren. Al leer esta historia te condenaste. Y si tú, lector, eres de aquellos de mente débil pronto sentirás un leve escalofrío en la nuca, una presión detrás de los ojos y lo más posible es que te perturbe. Todo dependerá de si sabes responder.

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