CHIMUELO Y HIPO 

Soy Luis Axt. Y no sé si fue la música, los paisajes, o el fuego en los ojos de un dragón… pero Cómo Entrenar a tu Dragón me tocó en un lugar que pocas películas alcanzan.

La primera vez que vi algo de esta historia, no fue en el cine. Fue en la televisión, de chico, en esos canales donde pasaban series animadas. Recuerdo que me quedaba quieto, como hipnotizado, cada vez que aparecía Hipo, Astrid, o sobre todo, Chimuelo. Había algo en esos dibujos que me atrapaba, que me hablaba de un mundo que yo no conocía, pero que de alguna manera sentía como propio.

No entendía del todo por qué. Solo sabía que, cada vez que aparecía esa música épica, algo en mí se despertaba. Veía cómo Hipo miraba distinto, cómo dudaba, cómo trataba de hacer las cosas a su manera. Y entendía esa necesidad de demostrar que uno puede ser valiente sin ser violento. Que hay otra forma de cambiar las cosas, incluso cuando nadie cree en vos.

Muchos años después, gracias a Peliplat y Multiplex, volví a sentarme frente a esa historia. Esta vez en una sala grande, con el sonido envolviéndome y esa pantalla que te hace sentir parte de lo que ves. No sabía que necesitaba volver a verla. No sabía que algo en mí estaba por cambiar otra vez.

Yo no soy Hipo. No nací en un pueblo vikingo. No tengo un dragón.

Pero entendí cada una de sus miradas.

Entendí lo que es crecer sintiéndote distinto. Ese peso que uno siente cuando el mundo espera que seas fuerte, frío, duro… y vos solo querés entender, conectar, hacer las cosas a tu manera. Entendí lo que es tener miedo de decepcionar. De no encajar. De elegir un camino propio, aunque te duela el rechazo.

Y entonces aparece él.
Chimuelo.

Negro, misterioso, incomprendido. Tan temido como tierno. Tan solo como uno se puede sentir en medio de una multitud.
Y juntos, hacen lo imposible.

No con espadas.
No con gritos.
Sino con empatía.
Con respeto.
Con confianza.

Y en ese vínculo, encontré algo que me conmovió profundamente. Porque Cómo Entrenar a tu Dragón nunca fue solo una película de fantasía. Fue una historia sobre crecer. Sobre amar. Sobre soltar.

Fue una historia que me dijo que confiar es saltar al vacío. Que volar es cerrar los ojos y dejarse llevar. Que el amor de verdad también sabe dejar ir, aunque se rompa todo adentro.

Hubo una parte —no recuerdo si fue cuando Hipo acaricia a Chimuelo por primera vez, o cuando se despiden en silencio— en la que una lágrima bajó sin que la invite.
Y no fue tristeza. Fue agradecimiento.

Agradecimiento porque, por un momento, volví a sentir que se puede volar sin alas.
Que uno no está solo, aunque a veces lo parezca.
Que está bien tener miedo, mientras no dejes que ese miedo te detenga.

Gracias, Cómo Entrenar a tu Dragón, por recordarme que se puede cambiar el mundo, incluso si te sentís chiquito, callado, raro.
Gracias, Chimuelo, por enseñarme que la verdadera fuerza está en mirar al otro y decir: “Confío en vos”.

Gracias, Peliplat, por traerla de vuelta.
Y gracias, Multiplex, por esa magia que solo el cine grande puede dar.

Porque hay películas que se disfrutan.
Y hay películas que se llevan adentro para siempre.

Yo no soy Hipo.
Pero como él… también estoy aprendiendo a volar.

Gracias

LIGHT

Ilumina y aumenta su visibilidad — ¡sé el primero!

Comentarios 2
Tendencias
Novedades
comments

¡Comparte lo que piensas!

Sé la primera persona en comenzar una conversación.