Mi amigo el Krampus  

De niña yo no creía en Santa Claus, yo creía en el Krampus. ¿Por qué creía más en un monstruo que en el hombre del traje rojo? Quizás por el hecho de que sabía que había monstruos peores que él o sólo porque me daba tristeza que no tuviera su propia fiesta.

Por aquellos tiempos yo debía tener unos ocho años y vivía en el orfanato de la ciudad. Después de muchos maltratos y gritos mis padres habían decidido que no querían cargar más conmigo y me habían abandonado allí. En el orfanato no me agredían de ninguna forma, las cuidadoras eran amables y los niños querían jugar conmigo. Pero, aún así no podía evitar pensar que había acabado en el lugar destinado a los niños indeseados. Mi mero nacimiento había sido un error y era una niña mala que debía ser castigada. Eso era lo que siempre me habían dicho mis padres. Por esa razón ¿Quién iba a querer adoptarme?

En fin, con el paso de los meses llegamos a principios de diciembre, por lo que todos los niños estaban emocionados por la llegada de la Navidad. Todos menos yo. En mi casa nunca había celebrado navidad y ahora que vivía en un orfanato de pocos recursos lo dudaba. A pesar de que todos me aseguraban de que la iba a pasar muy bien. En una de esas noches mientras todos escribían sus cartas a Santa a uno de mis compañeros le dió por contar historias y una de ellas fue la del Krampus: monstruo mitad cabra, mitad demonio, que castigaba a los niños desobedientes y sin espíritu navideño. Los golpeaba con una rama de abedul y a los que eran peores se los llevaba en un saco para comérselos. Esa noche muchos se acostaron asustados, pero yo estaba pensativa. Los demás niños juraron ser buenos para recibir regalos de Santa y claro, para también evitar que el Krampus los visitará; excepto yo. Yo pedí que el monstruo viniera y me llevará.

Era mala y por lo tanto lo merecía. Así que, desde esa noche lo espere y los días que siguieron al cinco y seis de diciembre me aseguré de portarme muy mal para que no hubiera duda de que tenía que ser castigada.

La noche del seis no me dieron chocolate caliente por haber roto una ventana, pero uno de mis compañeros me llevó una taza a escondidas. Sin embargo, no lo tomé porque estaba ansiosa por la visita del Krampus. Me preguntaba cómo me castigaría, si había sido tan mala como para que me devorara. A las doce en punto mientras dormía, escuché el ruido de cencerros y cadenas oxidadas. Entonces, al pie de mi cama apareció una criatura con pelaje negro, orejas puntiagudas, grandes cuernos, patas de cabra, lengua larga y ojos oscuros. Estaba vestido con un abrigo rojo, similar al de Santa y en su espalda llevaba un saco.

Yo estaba paralizada sin saber que decir o hacer. La bestia me miró fijo y soltó un gruñido. Me escondí bajo las sábanas ¿Iba a llevarme por fin?. Estuve así por un largo rato, hasta que, cuando volví a asomar la cabeza descubrí que se había ido. No me azotó ni me llevó en su saco, no podía entender porqué. Pero eso no evito que siguiera llamándolo los días siguientes.

Cada noche era diferente: a veces se me quedaba viendo fijo y empezaba a hacer muecas para asustarme; otras sonaba muy fuerte los cencerros que era imposible dormir, se tomaba mi chocolate aunque al parecer no le gustaba el dulce. Yo le relataba las travesuras que había hecho para ver si así me castigaba, pero sólo conseguí gruñidos y trozos de carbón. Cuando quise meterme en su saco me sacó de una sacudida. No dejaba de preguntarme cuando me llevaría, pero nunca lo hizo. Hasta que la duodécima y última noche al pie de mi cama, mirándome serio, con voz ronca me dijo:

—Tus padres son los malos, niña. Te hicieron sufrir y lo peor de todo es que te hicieron creer que lo merecías.

—Entonces, quizás debería asustar a mis padres.— le dije.

Él soltó un bufido parecido a una risa.

—Si, quizás lo haga— me respondió.— Eres una niña buena. Deja de llamar al monstruo porque no lo mereces— fue lo último que me dijo antes de darse la media vuelta y desaparecer.

Esa noche entendí varias cosas. Una de ellas fue que uno solía pensar que los padres nos amaban por sobre todas las cosas, por el sólo hecho de ser sus hijos. En mi caso no fue así. Ellos resultaron ser los verdaderos monstruos, incluso más que la criatura que si lo era y que aún así nunca me hizo daño, sino que, en cambio me dió una valiosa lección.

A los días que siguieron después del doce deje de hacer travesuras y me animé a pasar más tiempo con mis compañeros Celebré con alegría mi primera navidad y al año siguiente una buena familia me adoptó, finalmente pude ser feliz. Nunca volví a ver al Krampus, pero siempre le estaré agradecida. De hecho, como no tenía su propia fiesta empecé a dejarle tazas de chocolate amargo los primeros doce días de diciembre. Una por cada día. Muchos dirían que mi experiencia fue sólo un sueño o producto de la imaginación de una niña solitaria, pero años después las tazas vacías que aparecen al pie de mi cama me siguen convenciendo de lo contrario.

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