El cineasta francés Éric Rohmer ha concebido muchas de sus películas como parte de una serie. Lejos del universo de precuelas y secuelas que inunda el cine actual, el gesto del director consiste en agrupar diversas películas bajo una premisa o problemática común. Narrativamente cada película es independiente y presenta una nueva arista en torno a la idea que atraviesa la serie. Rohmer crea un delicado equilibrio entre lo singular y lo múltiple donde la particularidad de cada relato se resignifica al dialogar con el resto de la serie.
Su filmografía comienza en la década del 60 –en la década anterior había filmado algunos cortometrajes y ejercido la crítica cinematográfica en la revista Cahiers du cinéma, emblema de la nouvelle vague- y su primera serie será titulada Seis cuentos morales que recién concluirá a comienzos de la década del 70, algunos de los títulos más notables de esta etapa son: La coleccionista (1967), Mi noche con Maud (1969) y La rodilla de Clara (1970). En la década del 70 y hasta el comienzo de la década siguiente sus películas se agruparán en torno a la serie Comedias y proverbios que dará títulos como La mujer del aviador (1981), Pauline en la playa (1983) y El rayo verde (1986). Finalmente en la década de los 90 se dedicará a realizar una serie de cuatro películas agrupadas bajo el título Cuentos de las cuatro estaciones: Cuento de primavera (1990), Cuento de invierno (1992), Cuento de verano (1996) y Cuento de otoño (1998). Con motivo de la llegada del invierno al hemisferio sur Cuentos de invierno será la película evocada en este texto.

I.
El relato comienza durante las vacaciones de verano. Félice conoce a Charles y viven un intenso romance. Los jóvenes se despiden en una estación de tren con la promesa de escribirse. Es Charles quien anota la dirección de Félice, él no tiene un domicilio fijo, recorre la región buscando trabajos temporales en la cocina de hoteles y restaurantes. El idilio estará atravesado por una pausa hasta que los amantes puedan volver a encontrarse. Pero han pasado cinco años y aún no ha ocurrido, Félice ha criado sola a la hija que tuvo con Charles que ignora que es padre. Félice despierta en la casa de Loïc, un bibliotecario con el que mantiene una relación algo ambigua, mientras que el hombre está enamorado de ella y tiene planes para el futuro, Félice no parece segura de continuar con la relación y prefiere que el vínculo se convierta en una amistad. Pero aquel no será el único hombre en la vida de Félice, con Maxence, el dueño de la peluquería en la que trabaja, mantiene un vínculo sentimental. El hombre es algo mayor y deja a su esposa para comenzar una relación seria con Félice. Félice se debate entre los dos hombres. Las diferencias entre Loïc y Maxence son notables, mientras que Loïc está abocado a la tarea intelectual, Maxence se interesa por las cosas bellas de lo cotidiano. Es natural que cada uno de ellos tenga una visión diferente sobre el mundo y las relaciones. En lo único que parecen coincidir es en su amor por Félice y el deseo de permanecer junto a ella. Los hombres no se verán jamás pero están al tanto de la existencia de su rival y sus movimientos.
Félice se debatirá entre una vida en provincias junto a Maxence y una vida en los suburbios de París junto a Loïs y cercana a su madre y amistades. Su indeterminación y el modo en que oscila entre ambos hombres se debe a que no está realmente interesada en ninguno de los dos. Al igual que muchas de las protagonistas de Rohmer, sobre todo a Delphine de El rayo verde, Félice tomará decisiones que no tardará en revertir rápidamente. Es así como los viajes en tren se multiplican: en ocasiones la conducirán de París a los suburbios -del trabajo a la casa de Loïs- en otras de la casa materna a la ciudad de Nevers y a su nueva vida con Maxence. La indecisión trae consigo un movimiento constante que Félice en ocasiones hará junto a su pequeña hija, un trajinar constante de bolsos y mochilas. Félice descubre que siempre ha vivido en casa de otrxs. Pero el movimiento no excluye la espera, Félice aguarda y desea la posibilidad de volver a encontrarse con Charles. Luego de algunos meses de su separación, Félice descubre que cometió un error al compartir su dirección, ella lo llamará lapsus. Este lapsus tendrá la fuerza suficiente para sellar un destino: la imposibilidad de encontrar al hombre que ama y al padre de su hija. El movimiento de Félice no es más que una forma de afrontar la espera, de hacer más llevadera la impaciencia.

II.
La confusión de Félice repentinamente sufrirá una transformación. La muchacha le cuenta a Loïs -practicante católico pero alejado de la idea de milagro- que al entrar en una iglesia en Nevers experimentó por primera vez algo cercano a una iluminación, en palabras de Félice se trata de un momento de lucidez que nunca había experimentado. Ella, alejada de lo religioso, encuentra en una visita casual a una iglesia un momento para la reflexión que le permite ordenar sus ideas. Rohmer representa el momento en que Félice entra en la catedral siguiendo a su hija que insiste con ver el pesebre pero el gesto de introspección es escatimado al espectadxr que recién lo conocerá a partir del diálogo que mantiene Félice y Loïs. De este modo la profunda transformación que experimenta el personaje se revelará de forma repentina. El director parece querer decirnos: a pesar de la cercanía que el espectadxr mantenga con los personajes siempre hay un aspecto de su interior que resulta impenetrable. Y aquello inasible se trata ni más ni menos de un aspecto capaz de cambiar su visión del mundo.
La tendencia de Loïs al análisis teórico y a la sobre interpretación aleja a Félice y ahora se manifiesta aún más profundamente, en medio de una discusión Félice reprochará a su compañero “sólo crees en lo que está escrito”. En cambio su visión del mundo se ancla fuertemente en la experiencia dejando de lado la interpretación conceptual. Este modo de habitar el mundo involucra al cuerpo e implica la necesidad de comprobar y experimentar las consecuencias de las decisiones y no tomarlas con antelación en un plano meramente teórico. A ese modo en apariencia caótico y arbitrario Loïs lo comparará con el movimiento incesante de una veleta pero para Félice se trata de un modo de ser y estar en el mundo. Respetando sus principales marcas de estilo Rohmer dará mayor importancia al diálogo que las acciones, los personajes recurren a la palabra para hacerse entender y para comprenderse a sí mismxs. Pero el modo en el que recurren a ella será particular, en el caso de Félice la palabra viene luego de la experiencia, es evocada para articular lo vivido y constituye una instancia posterior a la experiencia. Lo contrario ocurrirá con Loïs, para él la palabra organiza el mundo, ayuda a conocerlo y aporta indicios sobre cómo habitarlo. En Cuento de invierno aquello que parecía improbable y hasta imposible puede suceder del modo más corriente, como si se tratara de un milagro navideño.




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