El muñeco Asesino 

Cuando tenía 7 años, vivía con mis papás en un apartamento antiguo de una casona de Chapinero, esos de pasillos estrechos y muros desconchados que resuenan cuando caminas. Una noche, una tormenta brutal sacudía Bogotá: truenos desgarrando el cielo y relámpagos iluminando la sala. Yo, aterrado, busqué refugio frente al televisor pensando que un dibujo infantil me calmaría. Pero lo que apareció fue Child’s Play (1988), el clásico donde un asesino en serie transfiere su alma a un muñeco de juguete a través de magia vudú.

La escena que vi me heló: Chucky levantando su cabeza 180°, moviéndose sin pilas, y con esos botones que brillaban en la penumbra de la pantalla. Registré su voz: “Hi, I’m Chucky, wanna play?”, llena de burla y amenaza. La risa afilada se me grabó en la garganta. A mis 7 años, pensé: “¿Cómo un muñeco puede moverse solo y querer matarme?”.

De pronto, mientras veía cómo Chucky atacaba con un martillo a la niñera, escuché un crujido fuerte en mi casa. Fue como si alguien tirara una maceta en el pasillo. El televisor proyectaba sombras que danzaban sobre los muros envejecidos. Sentí que el muñeco estaba saliendo de la pantalla, caminando por nuestro corredor, acercándose a mi cuarto.

Con el corazón retumbando en mi pecho, toqué la puerta para gritar por mi mamá, pero la voz se me atoró. Entró corriendo y apagó la tele. “El viento movió algo”, dijo, intentando calmarme. Pero yo no veía un patrón como ese en los crujidos. Para mí, era Chucky moviéndose de verdad.

Esa noche no dormí. Me metí entre sábanas hasta la cabeza, con una linterna en mano, por si lograba ver aquella figura de overol y cicatrices. Cada sombra me parecía el muñeco, cada soplo de viento un susurro burlón. Pensé que por cualquier rendija podía colarse una pequeña mano con un cuchillo diminuto.

Al día siguiente, en el colegio de Chapinero, conté mi experiencia como si hubiera vivido una película. Mis compañeros se rieron y me llamaron “dramático”. Pero para mí fue real: sentí el miedo punzante, delante de mí, no detrás de una pantalla. Porque en esa casa antigua de Bogotá, los sonidos —una tabla movida por la corriente de aire, un cuadro mal colgado, el eco seco de un mueble— eran perfectos para fabricar un villano de juguete.

Con los años entendí cómo funciona el terror en el cine: la animatrónica de Chucky, ese diseño inspirado en muñecos reales, y su evolución durante la película —volviéndose más humano mientras el alma del asesino se agota— están muy bien logrados . Pero a mis 7 años, no me importaba entender eso. Lo que me marcó fue esa sensación: Chucky podía alcanzar mi realidad. Porque un muñeco en un pasillo oscuro, con la luz de relámpagos, puede aterrarte.

Hoy, cuando escucho un crujido en la noche o veo un muñeco viejo, siento un cosquilleo en la nuca. Me río, pensando en cómo mi mente de niño unió cine y casa, para convertir una tormenta bogotana en una escena de terror. Y supongo que lo más curioso es que nunca pasó nada: solo ruidos, sombras, y un televisor viejo. Pero por un rato, entre rayos, pasillos y risa malévola, Chucky fue tan real que lo creí posible.

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