No cierres los ojos 

No sé si a vos te pasa, pero yo tengo épocas en las que sueño cosas tan raras que me levanto más cansada de lo que me acosté. Lo curioso es que casi nunca me acuerdo de los detalles. Pero esta vez fue distinto. Esta vez, lo que soñé, no solo que lo recuerdo… sino que me dejó pensando todo el día.

Esa noche me había quedado mirando una peli vieja, de esas de terror que daban en Space los viernes, cuando todos dormían y vos te sentías grande solo por aguantar los gritos y los efectos. Elegí una de “Pesadilla en Elm Street”. No sé si fue por nostalgia o masoquismo, pero la puse. No llegué ni al final, porque me venció el sueño en el sillón, con la tele encendida y el control remoto apoyado sobre la panza.

Me desperté en la oscuridad total. El televisor estaba apagado, pero juraría que no lo apagué. El silencio era tan profundo que escuchaba hasta el zumbido de la heladera y mis propias respiraciones. Me levanté, atontada, para ir a la cama, pero ahí fue cuando las cosas empezaron a ponerse raras.

El pasillo hacia mi pieza se estiraba y se estiraba, como si la casa fuera el pasillo de un colegio abandonado, con la luz titilando y el piso frío. Todo tenía un olor raro, a metal, a humedad, como si la realidad se hubiera mezclado con una pesadilla. Y ahí, entre sombras, vi una figura con un sombrero gastado y el suéter de rayas rojas y verdes.

Me quedé helada. “No, no puede ser”, pensé. Pero era él. Freddy Krueger. No la versión de memes ni la caricatura que ahora usan para remeras vintage. Era el Freddy que da miedo, con la piel quemada y los ojos de loco, sonriendo como si ya supiera qué iba a pasar.

—¡Bienvenida a mi mundo, Gabriela! —me dijo, arrastrando las palabras como un cuchillo sobre la mesa.

Me quise mover, gritar, hacer cualquier cosa, pero los pies no me respondían. Freddy se acercó, el brillo de sus cuchillas reluciendo con una luz que venía de ningún lado. Sentí un frío en la nuca y las rodillas flojas, como cuando sos chica y te cuentan que si decís “Bloody Mary” frente al espejo, aparece de verdad.

—Pensaste que ya no asustaba, ¿no? —me susurró, mientras giraba las cuchillas en el aire—. ¿Qué pasó con esa nena que no podía dormir después de mis películas?

Tragué saliva, tratando de no mostrar miedo. Pensé que capaz si me convencía de que era solo un sueño, me podía despertar. Freddy se inclinó, a centímetros de mi cara, y sentí el olor a humo, a carne quemada.

—Te olvidaste de mí… pero yo nunca me olvido de mis chicas favoritas —dijo, y apoyó una garra fría sobre mi mejilla.

El corazón me latía tan fuerte que pensé que iba a explotar. Traté de recordar todo lo que dicen en las pelis: no le muestres miedo, enfrentalo, recordá que es un sueño. Así que respiré hondo y, aunque temblaba entera, lo miré fijo.

—No te tengo miedo, Freddy —le dije, aunque era mentira.

Él se rió, una risa grave y metálica que hizo temblar las paredes.

—Eso decís ahora. Pero tarde o temprano, todos vuelven a soñar conmigo…

Y con un movimiento brusco, Freddy alzó la mano y sentí el filo rozando mi cuello. Cerré los ojos, esperando el golpe… pero no pasó nada. Al abrirlos, estaba en mi cama, con el control remoto en la mano y la tele dando la estática de madrugada.

Salté del colchón. Todo estaba igual, pero sentía el ardor en la mejilla, justo donde Freddy me había tocado. Fui al baño, me miré al espejo y ahí estaba: una línea roja, fina, como un rasguño. Tragué saliva otra vez. Porque entendí que, a veces, los monstruos de los 90 solo necesitan una puerta abierta… y yo se la había dejado.

Esa noche, dormí con la luz prendida. Y, aunque diga que ya soy grande para esas cosas, no volví a ver una peli de Freddy nunca más.

LIGHT

Ilumina y aumenta su visibilidad — ¡sé el primero!

Comentarios
Tendencias
Novedades
comments

¡Comparte lo que piensas!

Sé la primera persona en comenzar una conversación.